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Las tribulaciones de un empresario avilesino en tiempos de crisis

Javier Fernández Font, propietario de Alusin, narra la angustiosa lucha para mantener el negocio a flote en las peores condiciones de mercado

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Javier Fernández Font.
Javier Fernández Font. ricardo solís

Francisco L. JIMÉNEZ
Cuarenta y seis de los sesenta y dos años que tiene el avilesino Javier Fernández Font se los ha pasado trabajando, treinta como empleado por cuenta ajena en la firma AMG y los últimos dieciséis como empresario al frente de Alusin, una firma con medio centenar de trabajadores especializada en todo tipo de construcciones a base de aluminio. La jornada laboral ordinaria de este hombre empieza a las ocho de la mañana y acaba a las nueve de la noche; muchos años y muchas horas de taller y oficina, de viajes y de despachos... Lo que se dice un empresario con experiencia. Y en todo este tiempo, según relata, jamás se había enfrentado a una situación tan desquiciante como la crisis que estrangula la economía y tiene en jaque al tejido empresarial. «Es lo nunca visto. La parálisis es absoluta; la falta de perspectivas, agobiante; la incapacidad de los políticos para dar respuestas, frustrante», se desahoga.

Septiembre de 2008. El gobierno negaba la crisis, pero en los medios empresariales ya se le veían las orejas al lobo. Javier Fernández Font decide enviar una carta a colaboradores, clientes y proveedores en la que analiza el contexto económico y hace una declaración de intenciones. La carta, muy celebrada por quienes la recibieron, contiene párrafos como los que siguen. «La crisis no ha hecho más que empezar, son muchos los que cifran su duración en dos o tres años, pero la realidad es bien distinta. El declive no ha concluido, todavía queda mucho por ver», anticipaba entonces. Hoy opina que, en efecto, harán falta entre cinco años y una década para salir del pozo. «Una empresa metalúrgica vive de los proyectos que salen de los gabinetes de arquitectura e ingeniería. Estos días he hecho una gira visitando algunos de los más importantes del país y me he encontrado con que no tienen nada en cartera y he visto que donde trabajaban cuarenta personas hoy sólo están dos. Ese es el panorama», describe.

Ante el reto de la crisis, el empresario declaraba: «Vamos a tratar de convertir cualquier amenaza en oportunidad, queremos aliar la tecnología con el negocio y el talento con la gestión. Es mi obligación como empresario luchar. A por ellos». Esta forma ilusionante de ver el mundo es lo que explica, junto a otros méritos, que Javier Fernández Font sea el vicepresidente del Club de la Innovación de Asturias.

Año y medio después de aquella arenga, el dueño de Alusin sigue al pie del cañón, pero admite que, a veces, tiene momentos de debilidad. «Hay momentos de bajón, días en que te apetece mandarlo todo al carajo. Pero me niego, no me da la gana. No llevo luchando toda una vida para ahora rendirme ahora. Soy empresario y mi obligación es ganar dinero para tener mejores máquinas, un equipo humano mejor formado, más empleados... Porque todo eso genera riqueza para la comunidad en forma de empleo y recaudación de impuestos», relata.

«La crisis traspasa el plano profesional y afecta a la persona que hay dentro del empresario. Si ya antes llevaba la empresa en la cabeza conmigo a todas partes, ahora es una obsesión. Las preocupaciones son más intensas que nunca: esa factura pendiente que no acabas de cobrar, las dificultades para obtener financiación, poder pagar la nómina cada mes, conseguir un contrato... A veces esos problemas me quitan hasta el sueño y, como mínimo, me agrian el humor», se sincera.

Y eso que en Alusin aún no han tenido que reducir plantilla: «Pero todo llegará porque cuando los números crujen no hay tu tía, y eso es un drama. Mis trabajadores son como de la familia, se han casado, se han hipotecado, han tenido hijos estando conmigo... Los hemos formado en los mejores centros europeos -y eso cuesta un capital- para que sean los mejores en sus puestos y no quiero ni pensar en tener que decidir sobre cuántos y quiénes han de ser despedidos. Lo sentiría por ellos y por mi, porque para mi empresa sería un revés perder semejantes recursos humanos».

Con todo, lo que más cabrea a Javier Fernández Font no son las dificultades económicas -«esas forman parte del juego empresarial», admite- sino la respuesta que están dando a las mismas las administraciones y la clase política. Eso sí que le enerva.

«Alguien tiene que parar este partido porque se ha vuelto loco, hay que pedir un tiempo muerto y recomponer el equipo. ¿No se dan cuenta los que mandan de que si seguimos por este derrotero va a pegar todo un fogonazo tremendo que nos arrasará? Según yo lo veo, éstos deberían ser tiempos de economía de guerra, de políticas de reconstrucción. ¿Y qué nos ofrecen Zapatero y compañía? Pues verborrea, desfiles de encorbatados, polémicas a santo de los trajes de éste o aquél y ahora la garzonada. ¡Ya basta, por favor; bajen de la nube y conecten de una vez con las demandas reales de la calle!», descarga con evidente malestar el empresario.

A juicio de Fernández Font, hay un abismo entre la realidad que ven los empresarios y los políticos. Y pone un ejemplo al respecto de cómo se las gasta el mercado en estos días convulsos. «Hemos perdido un contrato hace mes y medio por valor de 800.000 euros, lo cual, tal y como están las cosas es una muy mala noticia. Pero bueno, como no queda más remedio que aceptar las cosas como vienen, el día que me encontré en un acto con el empresario -y amigo- que se hizo con la obra me dirigí a él para felicitarle y lo que me encontré fue a un hombre desolado que, sin valor para aguantarme la mirada, me dijo "mira Javier, siento haberte hecho esta faena porque todos sabemos que tu empresa tiene mejor perfil que la mía para hacerse cargo de un proyecto de estas características, pero no me quedó más remedio que ir a por él porque sino tengo que cerrar y mandar para casa a cincuenta personas. Lo siento"».

Fernández Font reflexiona sobre lo anterior: «¿Qué ha hecho en realidad este colega al ir a muerte a por ese contrato? Pues poner el muro donde corre el riesgo de estrellarse diez metros más adelante, ganar algo de tiempo. Pero, ¿el hecho de haber logrado un contrato in extremis va a librarle de la catástrofe? Lo dudo. O cambia el panorama global o el barco en el que vamos todos, tarde o temprano, se hundirá».

Volviendo a la clase política, Fernández Font se pregunta qué ejemplo se está dando a la juventud -«no me extraña que las nuevas generaciones bien formadas huyan de España a ganarse fuera los garbanzos», lamenta-, por qué ante una situación económica excepcional no se adoptan medidas igualmente extraordinarias o por qué se hacen gestiones públicas ejemplares «como el nuevo Hospital Central de Asturias» y otra veces se despilfarran los impuestos o se gastan con criterios de dudosa utilidad pública. «Nos merecemos otros treinta años de prosperidad como las que nos dio la Transición y eso sólo es posible si los que mandan hoy, ya sean políticos o sindicalistas, son capaces de dejar de pensar como garrapatas para, dejando a un lado sus odios, llegar a consensos y acuerdos que devuelvan la salud a nuestra economía», sentencia.

Fernández Font quiere verle algo bueno a estos tiempos de oscuridad, un clavo aunque sea ardiendo a donde seguir asido. Él lo ha encontrado en el hecho de que lo único seguro de las crisis es que todas tienen un final. «Y cuando eso ocurra el mercado será otro, el modelo de negocio habrá cambiado y los más audaces y dinámicos saldremos fortalecidos y seremos líderes de nuestros sectores. En eso estamos, por eso sigo trabajando cada día».

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