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Un rodeo

Intromisión

n Los intentos de venta mediante llamada telefónica a la hora de la siesta deberían estar penalizados

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EUGENIO SUÁREZ Telefonear a cualquiera durante la hora de la siesta debería estar penado con reclusión menor. Es uno de tantos olvidos en la Constitución, que fue redactada con apresuramiento, y se echa de ver. En consecuencia, quedó al relente un derecho fundamental, vulnerado de forma sistemática e inmisericorde. He observado, a lo largo de una prolongada existencia, que los telegramas y las llamadas intempestivas rara vez contienen noticias agradables. Los mayores recordamos la aprensión con que se abrían aquellos mensajes, que venían en papel azul, sobre el que se pegaba la tira blanca conteniendo el ominoso texto. En pueblos y pequeñas comunidades el mensajero anticipaba y atenuaba la infausta novedad. Hoy solo remiten telegramas los juzgados, para anunciar infortunios procesales. Recuerdo el viejo chiste del estudiante gandul que envía un recado telegráfico a la madre: «Suspendidas seis de siete stop prepara papá». La mamá le contestó enseguida: «Papá preparado stop prepárate tu».

El teléfono ha sustituido con ventaja a las antiguas torturas chinas y la voz adiestrada de esforzadas señoritas y varones empleados en precario, intenta endosar algo al prójimo siguiendo procesos aleatorios y azarosos aunque suelen conocer nuestro nombre, facilitado por los enemigos personales que todos tenemos. Marcan las cifras indispensables y sorprenden en el hogar a indefensos ciudadanos de la tercera edad durante las horas de oficina de ellos. Parten de la somera pista de nuestro nombre y, una vez identificados, vuelcan un torrente de información que pretende estimular el soterrado afán consumista. Como el tono es educado y persuasivo escuchamos el planteamiento, que solo caracteres fuertes y determinados consiguen rechazar. En el caso de los jubilatas y caducos que vivimos solos, la llamada -y alguna equivocación- puede ser la única en toda la tarde, lo que es de agradecer.

Antiguamente, la intromisión era más laboriosa. Mucho se ha escrito, con suficiente minuciosidad y justicia, sobre la heroica perseverancia de los vendedores de enciclopedias a domicilio. Yo mismo, en época de prosperidad profesional, adquirí una enciclopedia alemana, en 18 tomos, que jamás ha sido útil. La vendedora vino especialmente recomendada por alguien a quien me importaba complacer y en aras de aquél vínculo amistoso recibí el inútil mamotreto, que aboné al contado. Cuando, tiempo después, le comenté la visita y posterior adquisición, repuso: «No sé de qué me está usted hablando».

Ahora sigue en vigor la etapa telefónica, que coexiste con las proposiciones a través de internet, perfeccionado la técnica coactiva. Inventarán más cosas, no les quepa duda. La Telefónica figura en la vanguardia al proponer multitud de utensilios y prestaciones, donde la acompañan una caterva de nuevas compañías que comparten o parasitan el antiguo y nunca del todo extinguido monopolio. El listín de abonados, un dedo perseverante para marcar números y ciertas instrucciones genéricas son capaces de movilizar un batallón de personas que intentan endosarnos bienes o servicios que no necesitamos.

Lo más refinado y peligroso reside en acceder a la entrevista personal, en la que siguen siendo válidas las viejas técnicas de la enciclopedia. No hace mucho fui persuadido, tras el despliegue del sistema mixto, para remediar una dolorosa carencia en mi formación: me colocaron un curso completo de inglés refinado, en 40 lecciones, contenidas en sendas cintas de vídeo. De ese idioma gran número de ciudadanos, conocemos al dedillo las primeras siete u ocho lecciones, que se repiten con entusiasmo el resto de nuestra vida. Cuando hemos sobrepasado un poco el vocabulario de una azafata, nos invade la pereza por adentrarnos en conocimientos filológicos de mayor calado. Quizás más adelante. Sin meterle el diente a la quinta entrega, pasé año y medio abonando religiosamente los plazos que no parecen tener fin, sin experimentar el menor placer. El material no utilizado es de imposible reciclaje o rescate económico. Regalé la inversión a los hijos menores de la asistenta, pero tengo la impresión de que lo han encontrado anticuado. Además, era en VHS, método de reproducción ya periclitado.

Los aparatos telefónicos convencionales, desde aquellos adosados a la pared a los elegantes y sofisticados de mesa, viven sus días postreros, desbordados por los portátiles, que podrían llegar a ser declarados obligatorios a partir de los siete años de edad. No se ha inventado el filtro eficaz de las llamadas, aparte de la desconexión, y a su través intentarán vendernos el penúltimo modelo, más pequeño, más versátil. Tenía un supletorio vertical en la mesilla de noche y una llamada nocturna hizo que lo buscara a tientas. Era un error y, medio sonámbulo intenté devolverlo a su base, pero lo metí en el vaso de agua. He rechazado la propuesta de la impresora maravillosa, el ordenador con varias docenas de millones de posibilidades, la cámara fotográfica instantánea, todo con capacidad de almacenamiento inagotable en tres generaciones humanas; una parcela en la Costa Esmeralda, tratamientos cosméticos, suscripción a canales televisivos conocidos o inéditos, pólizas de seguro y atractivas propuestas para entrar en posesión de una confortable y bien situada sepultura. Todo ello llamándonos por el apellido y muy frecuente y campechanamente por el nombre de pila. Les sigo la corriente hasta que reúno el coraje necesario para enterarles de que ya no soy un consumidor, sino un consumido, cuyas modestas aspiraciones no desbordan la pretensión de que me dejen dormir la siesta, sin perjuicio para terceros.

eugeniosuarez@terra.es

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