Prisión, de puño y letra

Javier Sainz presenta sus memorias de su paso por la cárcel tras una condena en Avilés por no pagar la pensión a sus hijos. El madrileño considera «injusto» que permaneciese recluido siete meses por una deuda que ascendía a 900 euros

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Javier Sainz, ayer, en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Avilés.
Javier Sainz, ayer, en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Avilés. 

MYRIAM MANCISIDOR «Antes procuraba cambiar de acera si de frente venían por ella personas que yo consideraba marginales; ahora solo lo hago si tienen aspecto de magistrados», sentencia Javier Sainz, un madrileño de 59 años, padre de nueve hijos, que el 13 de marzo de 2009 ingresó en la prisión de Soto del Real con la pena de siete meses y quince días por el impago de una multa de novecientos euros. A Sainz le condenaron en el juzgado de Avilés por un delito de abandono de familia, con el agravante de reincidencia. «Injustamente», repite ahora, incansablemente, este hombre que se vale de argumentos jurídicos para defender su inocencia: «Fui arrojado al abismo por un juez avilesino mediante una providencia, medio que no admite ningún tipo de recurso, en lugar de utilizar un auto que es lo que establece la Ley de Enjuiciamiento Criminal».

Javier Sainz ya ha pasado el peor trago. El 23 de octubre de 2009 recuperó su libertad. Entonces dio forma de libro a un puñado de folios escritos a mano en los que cuenta su paso por la cárcel. «Otro día. Memorias de otro preso» son 260 páginas de emociones traducidas a palabras con un prólogo que nace con una sentencia: «Nadie nace delincuente». Luego Sainz hilvana líneas: su detención, su ingreso en prisión, la primera noche en la cárcel, su primer día entre rejas, el primer contacto con el exterior, su encuentro con Francisco Correa -empresario ligado a la trama de corrupción ligada al Partido Popular y bautizada como Caso Gürtel- en el centro penitenciario... El relato novelado de Javier Sainz se presentará esta tarde, a las siete y media, en el Club LA NUEVA ESPAÑA de Avilés, en la Casa de Cultura. Con Sainz estará el escritor tevergano y colaborador de este diario Celso Peyroux.

Que el libro se presente en Avilés no es fruto de la casualidad. Del juzgado de la ciudad salió su «invitación» a prisión. Su historia delictiva comenzó con un denuncia de su ex pareja, M. F. G., una luanquina con la que engendró dos hijos. Por aquella fecha, confiesa, las cosas no le iban bien económicamente. Javier Sainz ejerció como marchante de cualquier cosa, pero sobre todo dedicó gran parte de sus años al descubrimiento de las perlas cultivadas y de las tallas de marfil japonesas, con las que comercializaba a nivel internacional. También ejerció como anticuario.

«En el momento de la denuncia, al señor magistrado le constaba que yo no tenía ni dinero ni bienes que me pudieran haber sido embargados para forzarme al pago de los 900 euros a los que él me condenó como castigo por haber dejado, al quedarme sin trabajo, de pasar a mis dos hijos asturianos la pensión de trescientos euros al mes a la que estaba obligado judicialmente. Yo sabía que ellos, por otro lado, estaban siendo mantenidos sobradamente en este momento por su madre», manifiesta en su libro este expresidiario que ha calculado cuánto ha costado su paso por la cárcel, sumando el subsidio de 425 euros al mes que reciben los liberados de prisión (cantidad que dejará de percibir el próximo abril). «La cuantía económica de la deuda penada eran 900 euros y el gasto total de pena soportados por la sociedad ha sido de 19.019 euros. Ante esto puedo decir que el juez de Avilés no sólo no me ha castigado sino que me ha regalado y financiado la excursión más apasionante e interesante de toda mi vida», subraya.

Su «excursión» a la cárcel de Soto del Real se prolongó tres semanas. Luego le clasificaron en tercer grado; le destinaron al Victoria Kent, un centro de inserción. Gastó sus horas en patios interiores hasta que recibió el «diploma» de libertad y dos certificados del Ministerio del Interior en los que se especificaba el tiempo exacto que había permanecido en prisión: siete meses y quince días, casi un curso lectivo. Y es que Sainz compara una y otra vez su paso por la cárcel con sus años de estudiante en el colegio La Salle-Maravillas donde se formó durante once años. «Entré en la cárcel por el artículo catorce y todas las experiencias que he vivido han cambiado en parte mis hábitos, mis sentimientos, mis costumbres y, sobre todo, mis miedos, aunque no han podido con mi sentido del humor», reconoce el autor de «Otro día. Memorias de otro preso», que pese a su caparazón se emociona cuando recuerda aquel viernes, 13 de marzo, cuando la Guardia Civil de Tres Cantos (Madrid) requirió su presencia en el cuartel. Acababa de dejar a sus dos hijos pequeños -actualmente con 4 y 7 años- en la guardería y el colegio de La Adrada (Ávila), donde reside con su actual mujer. Viajó a la capital y, acto seguido, entró como preso en la cárcel de Soto del Real. «En ese momento me propuse dejarme llevar por la corriente, pero sin perder nunca de vista la orilla», asegura en su libro .

Ahora recuerda la soledad, los sueños convulsos, el ruido metálico de las puertas al deslizarse, a su compañero de celda, un mulato cubano, la enfermería (Javier Sainz padece del corazón, sufrió tres infartos), el olor de la ropa de aseo que le entregaba periódicamente su mujer, la celda (chabolo, en argot carcelario) de dos metros de ancho por cuatro de largo, el inodoro de acero inoxidable, la litera con un somier rígido, los lamentos escritos en todos los idiomas en las paredes de su cubil... «Recuerdo también a una pareja de travestis que se quería mucho y que veíamos Paco Correa y yo cuando paseábamos por el patio», dice este expresidiario, que alguna vez sintió que su cerebro era incapaz de procesar la falta de libertad.

Por eso lloró en un sinfín de veces: unas por pena, otras por la felicidad que le suponía reencontrarse con sus seres queridos a la puerta de la cárcel. En la prisión, a Javier Sainz lo apodaron «El bigotes»; en la calle, este madrileño ya para siempre ligado a Avilés, se sentía como Jack Nicholson interpretando el día que consiguió salir de la cárcel «por una condena injusta». Tras las rejas le esperaba su hijo Álvaro, su familia. En su iPod sonaba la balada de John and Yoko, los Beatles.


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