JOSÉ RAMÓN FERNÁNDEZ MOLINA
Arquitecto
Elisa CAMPO
José Ramón Fernández Molina, arquitecto ovetense y buen conocedor del urbanismo avilesino -especialmente el patrimonio industrial- analiza las transformaciones que vive la ciudad de la mano del Niemeyer y los retos pendientes.
-La primera gran transformación de Avilés se produce con el fortísimo ajuste de Ensidesa. Supone un cambio radical y una reducción de empleos y de habitantes. Desde 1955 hasta finales de la década de los sesenta la ciudad creció de forma tremenda, aunque nunca hubo una integración total entre el mundo tradicional y el nuevo. Con esa reconversión, Avilés inicia un proceso de recuperación. El Ayuntamiento descubre que tiene unos valores que poner en valor, como el casco histórico, y lo hace siguiendo el eco de lo que ocurre en otras ciudades como Gijón y Oviedo y a partir de las pequeñas aportaciones que vamos haciendo algunos profesionales.
-¿De qué época estamos hablando?
-Finales de la década de los noventa. Son momentos críticos porque el modelo productivo industrial ha quedado obsoleto. Se sustituye por una acería que no está en Avilés, sino en Corvera. Los hornos altos han desaparecido los cuatro. Eso permite una ciudad más limpia, pero también se pierden más cosas. El Estado promueve el Parque Empresarial y plantea un modelo trasnochado en vez de promover un parque empresarial de última generación especializado en las tecnologías de la información y la comunicación.
-Se mantienen modelos productivos, pero se eliminan las estructuras industriales.
-Se arrasó el patrimonio industrial. Al no creer en él para nada se pretendía un suelo disponible para nuevas actividades, sin tener en cuenta que un edificio industrial podría tener más potencial que los de nueva planta. Hay modelos que están funcionando en otros países, incluso en la propia España, parques empresariales donde se recupera el patrimonio industrial. La Térmica fue un enorme fracaso y la confirmación del modelo de desarrollo banal, obvio y que no aporta grandes cuestiones en cuanto a la sostenibilidad, el medio ambiente ni el debate energético. El optimismo de un desarrollismo sin límites no tiene cabida.
-¿Qué ejemplo hubiera propuesto?
-El que están haciendo los alemanes en la cuenca del Ruhr, es impresionante. Llevan 30 años de desarrollo recuperando grandes espacios degradados. Son los modelos de desarrollo en los que nos tenemos que fijar. En Avilés se fracasó con la Térmica, pero todavía es posible negociar con Arcelor parte del tren de laminación oeste (133.000 metros cuadrados construidos), que permitiría, por ejemplo, una ciudad deportiva.
-Las administraciones optaron por un edificio de nueva planta como foco cultural, el Niemeyer.
-La Térmica fue una gran oportunidad perdida. Luego esperamos un milagro, que de rebote fue Niemeyer. Eso, no nos engañemos, no es una arquitectura de última generación, aunque el brasileño sea un grandísimo arquitecto. Ya está conseguido un efecto visual escultórico parecido al del Guggenheim. Pero me gustaría saber dónde está en Avilés el modelo de soporte que tiene el centro bilbaíno. La Isla de la Innovación tiene un buen modelo de desarrollo, un activo industrial desafectado ordenado por la Administración pública para generar espacios atractivos. Podíamos haber empezado antes. Pero lo que me preocupa es que si no se completa con la recuperación total de la ría, poco hemos hecho. Es un reto muy fuerte donde tampoco se están haciendo las cosas bien. La Autoridad Portuaria está haciendo sus propios planes de espacio portuario sin coordinarse con una idea superior urbanística en clave de nueva ciudad. Hay que tener paciencia y seguir tirando para adelante.