EUGENIO SUÁREZ
En la comedia de Muñoz Seca, una de las obras maestras de la literatura humorística, «La venganza de Don Mendo», el protagonista, encarcelado por la perversidad de su amante, filosofa sobre el paso del tiempo y de los días, dice: «Todos iguales para mí seréis / trece, catorce, quince y dieciséis», una de las fechas en que iba a ser emparedado. Desde mucho antes se fijan plazos que coincidan con números redondos para dar énfasis a las celebraciones. Ahora han caído los 80 años desde que se proclamó la IIª República española, que nadie trajo sino que vino ella sola para sorpresa de muchos y -todo hay que decirlo- para satisfacción de la mayoría, harta de un régimen indiferente a los problemas de los súbditos. Como ahora.
Fallaron los pilares en que se sustentaba: la Iglesia con firmes raíces, nutrida por quienes huían de la miseria rural y entraban en los seminarios y conventos. El Ejército no estaba conforme con la tanda de desastres que venía encajando y la inevitable corrupción de un cuadro de mandos sobredimensionado. En este aspecto hay que apuntarle un tanto al político Manuel Azaña que planeó una reforma necesaria. Daba a elegir la posibilidad del retiro con el sueldo íntegro.
España es un curioso país desbordante, más que de contradicciones, de imprecisiones. La milenaria Monarquía es derribada sin que se levantara un dedo para defenderla. Llega una ilusionada República y nos pilla en paños menores, la prueba es su Constitución, como casi todas, redactada aprisa y corriendo, llena de contradicciones y balbuceos, donde se declara que se renuncia a la guerra como si se descartara el pedrisco en el campo.
Nos va la impostura y el engaño, empezando por defraudarnos a nosotros mismos. En estos días, la actitud más beligerante en la conmemoración, ha sido la de Izquierda Unida y el PC, cuando los comunistas apenas tuvieron papel en aquel capítulo, cosa poco extraña, habida cuenta de que la Unión Soviética se consolida a poco más de 14 años de su toma del poder en Rusia. Casi un siglo después, en esta tierra, se ensalza, premia y jalea a un superviviente, Carrillo, asesino emérito, echado de todas partes menos de esas Universidades e instituciones y ciudad prohijadora adoptiva de un sujeto que ni en la ancianidad tiene un instante de recapitulación sobre el fracaso y los graves errores de su vida.
La manipulación y el engaño -o la falta de verdad- conforman la historia reciente del país y no solo fabrica una versión monolítica y falsa de los sucedido sino que retuerce los hechos y falsifica los libros que leerán los descendientes. Nada hay que oponer a que se solemnice ese 80 aniversario aunque sea a costa de arrumbar otras fechas, más remotas, que pudieran ser lazo de unión entre todos los ciudadanos. No falta mucho para que se postergue la fecha del 2 de Mayo, simbólico error que pagamos caro. Ni siquiera esta tierra asturiana festeja la memoria reconfortante de la dudosa batalla de Covadonga, y parece que solo ha dado dos hijos señalados: Jovellanos y el mentado Carrillo, olvidando, incluso que el general Rafael del Riego, con su insurrección, abrió el melón de la modernidad colaborando a la definitiva pérdida del imperio colonial. A veces considero el triste sino el de aquel joven oficial revoltoso cuyo nombre da apodo al himno más ramplón y ridículo posible.
El régimen anterior -en el que vivimos la mayor parte de los españoles, que no valíamos menos que los que salvaron la vida en la escapatoria- acabó transitoriamente con los partidos. Falange no fue una formación política, sino un pretexto de moda en los tiempos del fascismo, nazismo y estalinismo. No hubo partidos ni tendencias monárquicas, ni republicanas. Tampoco se le ocurrió a nadie hablar de franquismo, es algo que se inventó después de su muerte. Ni hubo, ni hay ahora unas siglas monárquicas o republicanas, quizás porque la verdad aplastante es que son conceptos y símbolos que poco significan. El mundo intenta desembarazarse de albardas pesadas, pero los intereses creados impiden llegar al punto que ya alcanzaron los Estados Unidos, con todas sus sombras y lacras: elegir a los administradores del bien común, que no pertenece a los jerarcas o simpatizantes de las banderías, sino al conjunto de los ciudadanos.
Estamos inmersos en vísperas electorales y el espectáculo es deprimente. Con escaso pudor se expone la rebatiña de los cargos y sin descartar que muchos, quizás la mayoría, quieran representar al pueblo honradamente y de buena fe, los activos y maniobreros son quienes ven un pesebre poco exigente con los méritos y bastante espléndido en los resultados. La verdad es que poco se habla de una Tercera República, que solo significan dos palabras de escaso contenido real. No es descartable, porque de alguna forma habrá que llamar a los rectores. Pero -al margen de la penuria desatada por la crisis que confiemos sea transitoria- lo que ansía el ciudadano, imagino, es una administración honesta, poder elegir, como en los USA, al senador, el diputado, el juez del Distrito, el jefe de policía o sheriff, el alcalde, entre las personas conocidas de mayor solvencia presumible. Eso es servir a la cosa pública, a la República que no lleva ese nombre en el único país que la practica desde hace casi dos siglos. Lo celebraríamos comiendo: aquí fabada, cocido en Madrid, gazpacho en muchas partes y butifarra en Cataluña. En la variedad está el gusto.