-Usted defiende que investigadores básicos y clínicos trabajen de la mano. ¿Cuáles son las ventajas?
-Yo trabajé con animales y los fármacos van dirigidos al hombre. Nosotros aprendimos entonces que lo ideal sería trabajar codo con codo con los clínicos; defendemos una investigación que pueda tener repercusión directa en el paciente. Uno de nuestros laboratorios en el área de Cardiología del Hospital Gregorio Marañón de Madrid está puerta con puerta con el servicio de Medicina Interna. De esta forma el cirujano nos ofrece información que nosotros necesitamos. Esto que parece sencillo supuso cuatro años de trabajo, un encaje de bolillos.
-¿Conclusiones de esa experiencia?
-Entendieron que hay un protocolo detrás de cada actuación y una línea de investigación que puede llevar a que conozcamos mejor, como es el caso, una arritmia o qué es la fibrilación auricular. Por supuesto que trabajamos con modelos animales, pero yo quiero ser cauto porque hay muchos compañeros que quieren dar el salto de un modelo animal o de una célula en cultivo al paciente, y el paciente es el paciente. Un ejemplo del éxito es que la sociedad europea y las tres americanas de cardiología han llamado a mi equipo para escribir con ellos la guía de fibrilación auricular: soy el único que figuro allí, un investigador básico. El investigador básico tienen que saber hablar con el paciente de la calle, con el médico y con el clínico porque si no somos capaces de entendernos y encontrar puntos de unión pues ni el mensaje mío como médico llega al paciente ni voy a conseguir hacer esa investigación.
-Entonces los laboratorios deberían estar en los hospitales...
-Las facultades de Medicina deben estar lo más pegadas posible a un gran hospital para que el muchacho que está aprendiendo anatomía, fisiología... pueda atravesar un corredor y tratar con unos pacientes para comprobar en la cabecera de la cama de un enfermo cuál es la realidad de eso que le estamos enseñando. Esto es muy importante.