«Paco Furaco»

 
«Paco Furaco»
«Paco Furaco» 

CELSO PEYROUX Y en éstas que -a los sones del tambor, de la gaita y de toda una parafernalia para recibirlo- llega de Cabárceno el muy pintado, fornido, elegante y semental «Paco Furaco». Trae consigo la ardiente y amorosa misión de cortejar, seducir, calentar hormonas y montar a las gemelas que habitan, desde hace varios años, en los montes de Fernanchín, entre los concejos de Proaza y Santo Adriano.

Después de tantos años, las huérfanas viajeras afincadas en estos valles van a conocer varón. Llega de Cantabria con sus trescientos kilos y pico, el Tom Cruisse de los osos. El Adonis de la fauna de nuestra Cordillera. El galán con el mejor perfil hormonal y la más óptima y reproductiva esperma de los Pirineos a esta parte. El próximo martes aterriza en su «jet» el príncipe azul llegado de su palacio de invierno, donde los alimentos sucedáneos del bosque le son servidos a mantel puesto día tras día, con piscina para las tardes calurosas del verano, cancha de tenis y un furaco donde poder amar sin que nadie le perturbe. Toda la prensa rosa acudirá a la cita y los «paparazzi» harán su abril con exclusivas para todo el mundo.
Como no hay mal que por bien no venga, algunas de las osas más osadas de nuestros montes -con el conveniente permiso de Carlos Zapico, director de la FO(LL)A- querrán ser preñadas, al igual que sus primas, «Paca» y «Tola» por el donjuán surgido de la niebla que incluso llega sedado.

Lo que entiendo muy mal es que siendo «Paco Furaco» un plantígrado híbrido del Norte y Este de Europa pueda un día -si sus concubinas quedan preñadas con la ayuda de su precioso y preciso semen- potenciar una descendencia pura de oso pardo cantábrico. Mejor los galanes que viven en libertad por estos valles comiendo castañas, bellotas, arándanos, manzanas, alguna panoya, panales de miel y una cabra que otra. Si viviera don Eladio, el cura de Barrio de Somoza -quien mejor conocía a estos animales- no aceptaría este noviazgo concupiscente y se pondría a leer el breviario o a mirar las piernas de una moza.


Y todo esto por medio peso; esto es, por dos polvos. Los mozos foráneos siempre fueron muy bien vistos y mejor recibidos por las rapazas de casa.

¡Hala, gallu, que ya son tuyes yel que venga dentrás que cuerra! ¡Menudo pichadeoro!

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