Desde la otra orilla

02.05.2008 | 02:00
Desde la otra orilla
Desde la otra orilla

Abril se despide con aguaceros tan breves como intensos que se van alternando con claros luminosos. Es tiempo de hermosos contrastes. Hay un momento de la tarde en que el cielo se despeja y el sol se extiende por todos los rincones, hasta los más sombríos. Hay un momento en que el olor a tierra mojada al lado del río es otro regalo para los sentidos. Hay un momento en que los manzanos floridos lucen un vigor y una belleza verdaderamente proverbiales. Hay un momento que es obligado disfrutar caminando.


En el referido momento me detengo, Narcea abajo, en la orilla izquierda (¡con perdón!). Frente a mí, la carretera. Se diría que es hora punta. Camiones, autobuses, coches. Bocinas, ruido de motores. A ese lado del río imperan las prisas, las ansias por llegar pronto no se sabe bien adónde, ni a qué. Tal vez al bar de costumbre, tal vez al sofá de cada día, tal vez, creo que en muy pocos casos, a algo no habitual. Tal vez al bostezo que se prolonga hasta la cena. Tal vez a lo que cada cual tenga a bien imaginar.


En esta orilla izquierda acabo de dejar atrás a algunos pescadores que no parecen muy esperanzados. Acuden al río, con toda su impedimenta, como novios despechados que cuentan con un plantón y que confían, sin embargo, en el prodigio del encuentro, como quien ansía el milagro, que en este caso sería la pesca de ese pez tan mágico que viene río arriba al que llamamos salmón.


Me siento sobre un tronco muy cerca de la orilla del río. Observo que las aguas pasan por encima de las raíces de un humeiro que las últimas crecidas dejaron al descubierto. Miro hacia el Norte, hacia Pravia, en espera del tiempo que vendrá, en espera del mayo que se acerca, en espera del esplendor primaveral, que tendrá que ir a más. Con él clamamos que suban más salmones, es decir, que el río se llene de vida y de magia.


Cuando emprendo el camino de regreso, los pescadores ya se han ido. O han cambiado de sitio.


Esta tierra y su cielo esperan por el salmón. Es, por decirlo, al machadiano modo, nuestro milagro de la primavera más anhelado. Y requerido. Que venga. Que vengan.

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