Blog 
100 días de soledad
RSS - Blog de José Díaz

El autor

Blog 100 días de soledad - José Díaz

José Díaz

José Díaz encontró en el Parque de Redes las puertas de un paraíso íntimo. Fue hace diez años cuando localizó una cabaña que le abrió las veredas de uno de los parajes donde seres humanos, fauna y vegetación mantienen suscrita la vieja alianza del equilibrio y del respeto

Sobre este blog de Asturias

Intentaré recluirme en mi cabaña durante un largo periodo de 100 días, siendo autosuficiente y desonectándome absolutamente del mundo real y sus avances. No tendré electricidad, ni móvil, ni televisión, ni ordenador, ni reloj... Solo yo con la naturaleza


Archivo

  • 08
    Octubre
    2015

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Oviedo asturias

    En busca de El Roblón

    Jueves 8 de octubre. Día veintiocho

     

    A través del Velux el cielo se ve limpio, no hay rastro de nubes. Habrá que aprovechar para lavar ropa sucia y tenderla cuando el sol empiece a asomar por aquí. Qué bien me viene secarme yo también. Toda la tarde de ayer fue húmeda y parece que te quedas con ella dentro. Ahora es la época en la que viene bien soleyarse, como dicen por Caleao, cuando el astro rey hace menos daño y más alimenta. Y todos los animales lo saben menos nosotros. Mientras ellos huyen del incesante y abrasador sol del verano, las playas se llenan a rebosar de personas que tienen tanta ansia por broncearse que se exponen sin sentido, eso sí, utilizando ungüentos que acaban envenenándonos. ¿O creemos que por la piel, uno de los órganos del cuerpo, no nos invaden los químicos con los que están hechos? Yo siempre recordé un principio básico de los naturistas, que tiene una lógica aplastante, que dice que no eches al cuerpo lo que no comerías. No tendría más sentido imitar comportamientos animales (mucho más racionales, en ocasiones, que nosotros) y disfrutar del sol tempranero y el del atardecer.

    De comer haré algo rápido y sano. Pasta con verduras, y le echaré todo lo verde y rojo que encuentre por la cabaña, menos la ropa de monte y unos calzoncillos de camuflaje que tengo. Quiero salir temprano de paseo, bien cargado de trastos, a grabar en el interior del bosque. Voy camino del Roblón, un roble centenario que asoma valiente y elegantemente su tronco ya seco por encima del resto. Aún así tiene todavía mucha vida por delante. ¿Qué no vería pasar por sus alrededores este majestuoso árbol? Se hace extraño imaginar que más de diez generaciones hayan podido disfrutar de él. Qué suerte poder vivir tantas primaveras esplendorosas, veranos tranquilos y otoños coloridos, y qué duro resistir los implacables inviernos.

    Aunque desde cualquier lugar algo que domine el valle la ubicación del Roblón se aprecia claramente, una vez que te internas en el bosque la cosa cambia. Me costó mucho encontrarlo y eso que anteayer ya lo había hecho. Ni siquiera me paré a pensarlo, armé el drone y como por arte de magia, entre un alboroto de ramas despegué sin muchos problemas, sabiendo que lo difícil sería la vuelta. Sobrevolé al amo del bosque de todas las formas, en círculos, de arriba abajo, alejándome y acercándome. Le dediqué más de veinte minutos de vuelo, lo que son dos baterías completas, lo que evidentemente me obligó a hacer dos despegues y dos aterrizajes. No sé cómo libré, pues en una de esas maniobras llegué a guillotinar una rama y a punto estuve de perder el control. En una toma cenital, descubrí que está totalmente hueco, desde su base a la copa, formando un tubo cónico de madera casi perfecto.

    De vuelta, tras la tensión de los vuelos, me senté en un prado, que resiste aún las presiones de los árboles que lo rodean por completo, a saborear el momento. Como por arte de magia, y anunciando su acercamiento con el ruido de las hojas, se presentó una corza joven a 15 metros de mí. Al no estar preparado tuve que hacer contorsionismo para ajustar la cámara, evitando hacer movimientos que no fueran ralentizados. La juventud y falta de experiencia de este bellísimo ejemplar le hizo no temerme, incluso ignorándome mientras comía. Fue uno de los mejores encuentros que he tenido con un corzo en toda mi vida, lo que no es poco, sabiendo que mi archivo de fotos de este animal sobrepasa la decena de mil.

    No hubo en el resto del día nada suficientemente relevante que no quedara eclipsado por este maravilloso encuentro.

    En busca de El Roblón

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook