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100 días de soledad
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Blog 100 días de soledad - José Díaz

José Díaz

José Díaz encontró en el Parque de Redes las puertas de un paraíso íntimo. Fue hace diez años cuando localizó una cabaña que le abrió las veredas de uno de los parajes donde seres humanos, fauna y vegetación mantienen suscrita la vieja alianza del equilibrio y del respeto

Sobre este blog de Asturias

Intentaré recluirme en mi cabaña durante un largo periodo de 100 días, siendo autosuficiente y desonectándome absolutamente del mundo real y sus avances. No tendré electricidad, ni móvil, ni televisión, ni ordenador, ni reloj... Solo yo con la naturaleza


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  • 18
    Noviembre
    2015

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    Oviedo asturias

    "En esta cabaña se siente una soledad mayúscula"

    Miércoles 18 de noviembre. Día sesenta y nueve

    Aunque dejé casi todo preparado ayer noche, menos mal que lo hice así, tarde mucho tiempo en salir de La Fresnosa con destino a La Carricera. Prefiero no pensar mucho el rodeo que tengo que dar para poder llevar a Atila. Hay muchos obstáculos que él no podría superar. Para hacerse una idea, y utilizando la esfera de un reloj, como referencia, mi cabaña estará en el 12 y La Carricera en el 1. Este trayecto tardo habitualmente una hora y media en hacerlo. Pues hoy tendré que hacerlo en el sentido contrario a las agujas del reloj, saliendo de aquí en sentido contrario, bordeando una montaña bastante voluminosa y llegando a La Carricera por el lado contrario al habitual. Además, en vez de subir directamente, tengo que hacer dos descensos para volver a recuperar  más tarde la altura perdida.

    Vamos con bastante peso, calculo que Atila llevará unos 60 kilos y yo unos 20. Tengo que ser condescendiente con él y ayudarle lo que pueda.

    Bajamos, subimos y volvimos a bajar para llegar a coger la pista de Bamba y fuimos bastante bien hasta ahí. A partir de ese momento, empiezo una subida por una pista muy pronunciada que Atila se le hizo demasiado dura. El último tramo subía ya tirando de la cuerda, como si llevase a rastras a un niño que se niega a seguir caminando. Estaba descompuesto, los ojos se le salían de sus órbitas, chorreaba sudor y no paraba de jadear. Acabamos llegando al destino muy tarde, pero con tiempo suficiente para preparar la cabaña para la noche, acopiar un poco de leña y salir a buscar un buen sitio para las esperas al lobo.

    En esta cabaña, que se encuentra a casi 1.500 metros de altura, se siente la soledad con mayúsculas. Es una zona muy abierta, en la que el viento suena a alta montaña y cuando aquí nieva lo hace muy en serio.

    Justo antes de oscurecer, fui a la fuente y llevé conmigo a Atila para que bebiera. Mientras y llenaba lentamente una garrafa, lo dejé atado en una vieja bañera a modo de bebedero que hay. No sé como, pero cuando me di cuenta Atila galopaba alocadamente hacia el fondo del valle. Dejé la garrafa y corrí, o mejor dicho, galopé hacia la cabaña para coger la bolsa de su comida. Lo hice y salí valle abajo hasta que lo vi a lo lejos. Hice el meneo de la bolsa, recurso que ya utilicé varias veces en situaciones parecidas, y el muy inocente vino como un corderín. Salvé, no sé que hubiera tenido que hacer si no hubiese vuelto, prefiero no pensarlo.

     

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