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100 días de soledad
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Blog 100 días de soledad - José Díaz

José Díaz

José Díaz encontró en el Parque de Redes las puertas de un paraíso íntimo. Fue hace diez años cuando localizó una cabaña que le abrió las veredas de uno de los parajes donde seres humanos, fauna y vegetación mantienen suscrita la vieja alianza del equilibrio y del respeto

Sobre este blog de Asturias

Intentaré recluirme en mi cabaña durante un largo periodo de 100 días, siendo autosuficiente y desonectándome absolutamente del mundo real y sus avances. No tendré electricidad, ni móvil, ni televisión, ni ordenador, ni reloj... Solo yo con la naturaleza


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  • 16
    Octubre
    2015

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    Oviedo asturias

    "Volví a vivir tiempos de niño"

    Viernes 16 de octubre. Día treinta y seis

    Al final, opté por ponerle una trampa que tengo de recuerdo, por lo ingeniosa que es, de un antiguo alimañero de la zona. Se trata de un  cajón de madera largo, cerrado con una malla metálica y cuyo sistema hace que una vez que el mustélido llega a una rampa que tiene al final, en donde se pone la comida, ésta activa un sistema muy rudimentario que hace que se cierre la trampilla de entrada. Se la tuve que poner antes del amanecer, al ver que no quería salir de su escondite. Le coloqué unas sardinas de lata, caducadas hace 4 años, que olían de lo lindo, y no aguantó la tentación. Para volver a soltarla lejos del gallinero cargué la trampa en el carretillo y crucé al otro lado del río. Cada vez que me acercaba a ella me amenazaba con algo parecido a unos ladridos un poco más graves. Desapareció en el bosque en unos segundos, tan rápido que no pude controlar dónde se escondía.

    Con esta papeleta solucionada, me voy de excursión todo el día. Salgo en dirección Norte, hacia la parte alta del valle de La Felguerina. Con el sistema de llevar la cámara montada, con trípode, objetivo y batería, no soy capaz de andar cien pasos sin pararme a filmar algo. De hecho, unas horas después de salir, decidí sentarme unas horas a hacer una espera para no consumir las baterías y las tarjetas. Volví a vivir tiempos de niño, cuando me pasaba horas debajo de los avellanos haciendo bastones, arcos y flechas. Corté una vara larga y estuve dándole forma con mi navaja, recordando unos de los momentos más bellos y felices de mi vida, en el pueblo de mis abuelos, San Román de Infiesto. Ver, no vi ningún animal, como tenía previsto que fuese, pero pasé una tarde muy guapa, eso sí, hasta que se escondió el sol, que bajó la temperatura diez o doce grados. Me puse todas las capas que llevaba, la última hora allí, y ya me marché casi de noche totalmente. Tardé más de una hora en volver casi corriendo.

     

    Las gallinas ya estaban durmiendo y Atila me agradeció la visita que le hice con su cena.

    Tras unos chipirones en lata con arroz blanco, me fui a la cama a leer y escribir un poco.

     

     

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