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Blog A mi ritmo - Miguel Angel Martin

Miguel Angel Martin

Describirme me cuesta tanto como estornudar con los ojos abiertos. Trabajo en una editorial de libros de inglés. Actor frustrado, me consuelo con obras de aficionado y con mi familia.

Sobre este blog de Cultura

Escucho música para entender el mundo. Como no sé tocar ningún instrumento, cuento lo que escuchar música es para mi, nada más y nada menos. Digamos que son recuerdos y opiniones con banda sonora.


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  • 11
    Octubre
    2017

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    Música silencio sin fronteras John Martyn Jorge Drexler

    Silencio, ...por favor

    Dejé jugando a mi hijo pequeño con el que, hasta el año pasado, había sido su compañero de clase. Sus padres pudieron mudarse y de paso cambiaron de colegio. En su nueva casa, lo que más me llamó la atención era el silencio que se que sentía cuando interrumpíamos la conversación. Estuve tentado a esconderme en una esquina de aquel jardín y saborear ese descanso a mis oídos, y digo conscientemente saborear, porque me dio la impresión de salivar como los perros de Paulov ante la falta de estímulo auditivo, la nada, la ausencia de ruido, la calma, algo que según mi padre es parte del binomio de la riqueza: “hijo no te canses buscando otras cosas, el verdadero lujo es disponer de espacio y de silencio”. Empiezo a entenderlo desde hace muy poco, porque cuando eres joven, el silencio es el aburrimiento, lo que precede a meterse en la cama y eso no es parte de la infancia. La banda sonora de esos años se revuelca sin filtros entre gritos y ruidos que buscan sin descanso la diversión. Sonidos que a estas alturas de la vida, me hace pensar que cuando somos niños y hasta bien pasada la adolescencia, venimos de serie con el volumen estropeado, a no ser que tengamos tímpanos de titanio y se ablanden cuando cumples los mucho y tantos.

    Parece que cuando te sale esa primera cana, las baladas ya no te parecen tan ñoñas, escuchas sus letras sin torcer el morro, te tocan un nervio inactivo hasta entonces y alimentan la fuerza interior que te anima a recitar con prosodia a Beethoven a aquellos que son aficionados, por ejemplo, al reggaeton, cuando decía aquello de que "Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo",. El problema es que te llenas efectivamente de grandes palabras, mientras te metes en un “fregao” de difícil solución. Unos sienten que esa música es algo que se debe respetar, que es el signo de los nuevos tiempos, mientras que tú no ves por dónde coger algo que tiene como base rítmica algo que se puede resumir en “atún con pan, atún con pan” y cuyas letras tienen la profundidad de la tapa de un bote de mayonesa. Pero está claro que hay opiniones y opiniones, todas respetables y todas tienen su espacio y su tiempo. Retomando un poco la enseñanza paterna, son el lujo de aquel que las disfruta. Hasta ahí perfecto. ¿Pero qué pasa cuando impones tu gusto a todo volumen en un espacio común y en un tiempo que es de todos? Ese espacio y ese tiempo ya no pertenece al que hace más ruido reivindicando lo suyo, porque lo hace dentro del espacio y del tiempo del que no lo disfruta. Alguno dirá que la solución es que uno se ponga auriculares, algo que suele tocarle al más moderado, al más callado, mientras que el otro sigue escuchando sus “atunes con panes” pasado por el "auto-tune" para seguir atronando con un altavoz "bluetooth" cuando estás sin escapatoria en un vagón de metro.

    Te sientes tentado a increparle, pero no eres de los que le guste enfrentarse por algo que crees es evidente. Quieres hacerle ver que sus gustos son respetables, pero no imponibles. En el fondo sabes que es una conversación que no puede tener lugar porque no se van a dar las circunstancias adecuadas y una de las partes se va a encasquillar en su postura a base de hacerse oir más alto que tú y de forma más vehemente, cuando tú sólo quieres que lo apague y respete la paz de los presentes.

    ¿A qué me suena todo esto?

    Releo la descripción de este blog en la que digo que escucho música para entender el mundo. Estos días me tengo que rendir porque escucho muchas cosas y a muchos. Admirables músicos, acróbatas con las palabras, poetas que en cuestión de estrofas te ponen la carne de gallina. Todos ellos movidos por un talento mayúsculo, pero cuando dejan de tocar son humanos y tropiezan en las mismas piedras que yo, pero de forma más notable al ser más conocidos. Al fin y al cabo y como decían los Golpes Bajos "Tu lo eras todo y yo no era nada... pisábamos los charcos, tan lejos estaban"

    Como no soy nadie y no encuentro explicación válida a lo que sucede, sencillamente porque solo soy capaz de oir ruido, me veo en el derecho a reclamar silencio, nada más. Después de un pausa sincera, oxigenante, sugiero escuchar con atención a Jorge Drexler y sus verdades como puños. Este músico, médico y poeta es, sin rimbombancias, un analista agudo de lo que ve y además lo plasma en sus canciones sin atronar a nadie, sin molestar a nadie, pero sin callarse nada. Es capaz de meter gentilicios y al mismo tiempo hacer que se pueda aplicar a cualquier lugar, aunque hoy me tenga que acordar de uno en concreto. Creo que para gritar verdades, ...es muy importante hacerlo sin desafinar. 

    Déjame que vuelva al uruguayo. Me dejó alucinado en esta charla contando como las fronteras son quimera y cómo arroparse bajo ciertos símbolos es más peligroso que tomar el sol sobre un polvorín. Lo hace gracias a la historia de la décima. Explica cómo la música viaja tanto y tan deprisa que lo que unos reivindican como una rima propia, resulta, que después de dar tantas vueltas es de todos, desde hace tanto tiempo que se les olvida que eran parte de ese todo.

    Hoy pido silencio y me contradigo a mi mismo proponiendo canciones, tienes toda la razón, pero vas a  dejarme que te ponga una última de John Martyn que descubrí por causalidad cuando vivía en Dublín. Me la enseñó un chaval que de aquella tenía 23 años y que iba a ser padre de gemelos con una chica que se acababa de divorciar después de tener un hijo con su ex-marido. Te contaba su propia telenovela, con un aplomo imposible de olvidar, igual que no olvido las recopilaciones que me regaló cuando cerró la agencia en la que trabajábamos los dos, entre las que estaba esta canción. Es una de esas que consigue transmitir mucha paz y acalla como pocas el ruido que nos rodea y que estos días se hace difícil de soportar.

    Así es la música, conciliadora. Sus extremos siempre entonan, buscan armonía, porque si no desafinan.

    Otro día más música,... pero a mi ritmo.

     

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