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Blog A toda vela - Carlos García-Ovies

Carlos García-Ovies

Siempre he sido 70% de la Villa del Adelantado y 30% luanquín, aunque ahora vivo entre mallorquines. Estudio periodismo y cada domingo pierdo unos noventa minutos de vida, los que dura un partido en el Carlos Tartiere.


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  • 08
    Octubre
    2012

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    Esa maravillosa indiferencia

    Cuando esta mañana sonó el despertador de mi habitación, la luz aún no se colaba por la ventana. Y eso que, a estas alturas de la temporada, todavía tengo la necesidad de dormir con ella abierta. Como en realidad el despertador que había sonado era ya la cuarta o quinta de las alarmas que suelo programar 'por si acaso', el tiempo que empleé entre ducha y desayuno fue más propio de una parada en boxes de fórmula uno que del desperezamiento de un universitario.

    De camino al autobús realicé la parada de rigor en el quiosco y compré el periódico. No diré cual porque cambio más de diario que de muda, así que no es relevante. El caso es que ni lo miré, pues lo suelo reservar para la 'hora muerta' que tengo entre una clase y otra. Como es principio de curso y aún intento poner mis cinco sentidos en atender a la explicación, tampoco abrí tuiter, ni feisbuc, así que hasta que no abrí el periódico en la cafetería y llegué a la sección de deportes, no me di cuenta. "¡Hostia! Es verdad, si ayer se jugó el clásico".

    Y eso que llegué a ver diez o quince minutos del partido. Pero, ¿qué le pasaba a la gente? ¿Por qué nadie hablaba de ello? ¿Por qué no se protestaba sobre los doscientos mil penaltis que el árbitro no había pitado el día anterior? En el típico círculo de fumadores de los descansos (en el cual no me incluyo) se hablaba, sobre todo, de la lesión de Joao Víctor (el pobre tiene para siete meses), y de la mala suerte que los de Caparrós están teniendo con las lesiones. De hecho creo que hay más gente en la enfermería del Mallorca que en Son Espases, que para quien no lo conozca, es el Hospital Universitario de Baleares. Lo cierto es que me sorprendió (gratamente) esa maravillosa indiferencia hacia el siempre omnipresente 'clásico'. Tampoco en tuiter me encontré con lo que esperaba: hordas de pseudoaficionados radicales (y digo pseudo porque no son aficionados, sino fanáticos) soltando bilis; unos en dirección a la capital y otros hacia la ciudad condal. Aunque bien podría ser porque haya elegido bien a quién seguir y a quién no.

    Algún resquicio quedaba del encuentro por las redes sociales, claro. Pero ya no se palpaba esa tensión post partido que tanto cargaba hace unos meses al resto de los aficionados. Salvando a 'los cuatro de siempre' y a los que quieren hacer del fútbol un arma política (este ya es otro tema en el que no entraré ahora), que bien podrían ser los cuatro de antes, la cosa estaba bastante tranquila.

    Quizás sólo sea imaginación mía, porque, cuando los dos pesos pesados de nuestro país en lo que al balompié se refiere se ven las caras, trato de desconectar todo lo que tener un smartphone con internet me permite. O quizás no. Quizás sea la situación económica actual. La preocupación de la población española por el futuro de un país cada vez  más ahogado va en aumento, y desde Alemania no aflojan la soga. Es posible también que, simplemente, la tontería se haya acabado. La gente se suele cansar cuando se produce un exceso de información y, en los últimos tiempos, bastaba con pegar una patada a un árbol para que cayesen unos cuantos Mourinhos, o unos cuantos Guardiolas. En cualquier caso, lo importante es que eso parece haberse acabado o, al menos, haber amainado. Como ya dije, esa maravillosa indiferencia al día siguiente, no se puede comprar.

     

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