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Carlos García-Ovies

Siempre he sido 70% de la Villa del Adelantado y 30% luanquín, aunque ahora vivo entre mallorquines. Estudio periodismo y cada domingo pierdo unos noventa minutos de vida, los que dura un partido en el Carlos Tartiere.


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  • 08
    Diciembre
    2013

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    La decepción por bandera

    Mentiría si dijera que el de este año no ha sido el inicio de temporada más decepcionante que recuerdo. Por primera vez, un equipo con cierto prestigio en la categoría ha podido planificar la temporada con la suficiente estabilidad y el tiempo necesario.

    Pero, por desgracia, las cosas no están saliendo todo lo bien que el oviedismo desearía. Es como si el haber tenido que arrastrarse moribundo y enfermo por Segunda B y Tercera durante una década no hubiese bastado como castigo y haya sido necesario colocarse un cilicio en la pierna. Gracias a la derrota en El Molinón el cilicio aprieta mucho más, y lo hará durante todas las navidades.  No sé si los problemas del equipo se resuelven echando a Granero, como tampoco sé si económicamente el club se lo puede permitir. Dice Xavier Sala i Martín que, en economía, “las soluciones, si no son factibles, son irrelevantes”.

    Lo que sí sé es que el oviedismo corre el peligro de empezar a aguantar los envites del todopoderoso dios del fútbol por mera reiteración de las decepciones del equipo y no por su fidelidad y apoyo incondicional. No se me entienda mal. No trato de decir que el apoyo vaya a desaparecer. De hecho, creo que el sentimiento azul no puede hacer más que crecer, tanto cualitativa como cuantitativamente. Lo que trato de decir es que los golpes que un carbayón se lleva hoy, duelen menos que los de hace unos años. Y no porque sean menos contundentes -al contrario; cuando uno cree que las cosas no pueden ir a peor, ahí está el Oviedo para demostrarle cuán equivocado está- sino por pura acumulación, uno tras otro y en el mismo sitio: el corazón.

    Tantas decepciones y tantos batacazos seguidos acaban por hacer creer a quien los sufre que eso es lo normal. Cuando a uno le pegan tantas veces, llega un momento en el que deja de doler, porque no siente nada. No sé si la situación del oviedismo ha llegado a este punto –esperemos que no-, pero si la situación no cambia, la decepción pronto pasará a convertirse en rutina, y cuando eso ocurra el nivel de auto exigencia bajará, y con ello el 70% de las oportunidades de que el equipo regrese al lugar que por historia le corresponde.

    Después de diez años fuera del fútbol profesional, sin más alegrías que las que resultan de esquivar al de la guadaña, es normal replantearse ciertas cosas. Si tan fácil es salir del pozo, algo se lleva haciendo muy mal durante muchos años. Claro que, también puede ser que salir de ahí no sea tan sencillo y al mismo tiempo no se estén haciendo bien las cosas. Menos por menos, en el fútbol, nunca es más. Bajar el nivel de auto exigencia es algo que se hace inconscientemente. Si no se ha conseguido nada positivo en tantos años, a lo mejor es que no se es tan superior, a lo mejor hay que desprenderse de esa aureola de equipo grande que persigue al Real Oviedo en cada partido, a lo mejor hay que aceptar lo que se es y dejar de anclarse en lo que antaño se fue.

    A lo mejor. Yo creo que todo eso hay que ponerlo en práctica y a la vez no. Me explico. El oviedismo ha de aceptar el lugar en el que está con humildad, pero jamás olvidar la grandeza del club que lleva en su corazón. Hay que dejar atrás fantasmas del pasado y mirar hacia adelante, evolucionar como club para adaptarse lo mejor posible a la situación en la que hoy se encuentra, no en la que se encontraba ayer. Todo ello sin olvidar el pasado, mirar atrás no siempre significa retroceder.

     

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