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Carlos García-Ovies

Siempre he sido 70% de la Villa del Adelantado y 30% luanquín, aunque ahora vivo entre mallorquines. Estudio periodismo y cada domingo pierdo unos noventa minutos de vida, los que dura un partido en el Carlos Tartiere.


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  • 15
    Septiembre
    2013

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    Lucifer, patrón del botellón

    “El botellón no es ocio, sino un trastorno que deberíamos tratar desde la base”. No sé si los tertulianos del pasado martes en el debate de TPA estaban escogidos con la intención de provocar vergüenza ajena o si realmente piensan todo lo que soltaron por la boca. Tampoco sé cuál de las dos cosas es más grave, pero seguramente nos encontremos ante la segunda.

    Del botellón se ha hablado mucho, pero casi siempre para demonizarlo y casi nunca con los que de verdad entienden lo que significa y lo que se hace en él. Tampoco me voy a poner trascendental, el botellón no encierra ninguna ceremonia compleja que signifique nada realmente especial para los jóvenes, pero no se acerca mucho a la idea que normalmente se tiene desde ‘fuera’. Y es que los detractores utilizan siempre los mismos argumentos. No falla. “Es vergonzoso ver a niños de trece años tirados en el suelo”, decía en el debate una psicóloga. También a mí me parece una vergüenza que un chaval que sigue viendo Cartoon Network se coja una melopea de aúpa, pero eso no es problema del botellón, sino de sus padres.

    Otro de los mitos del botellón es que sólo hay vomitadas y meadas por todos lados. Entre eso y las hordas de niños de trece años tirados por el suelo, casi no hay sitio para hablar tranquilamente con tus amigos. Perdón. No sé por qué he dicho “hablar” cuando quería decir gritar. Porque eso es lo único que hacemos cuando salimos de fiesta: beber, gritar, mear y vomitar. En bucle, por supuesto. A nadie le importa que el precio de las copas esté tan alto que haya que subir a L'Angliru para poder verlo, ni entiende que un bar no ofrece el mismo tipo de ocio que una noche al aire libre con multitud de gente. Y es que, aunque parezca una tontería, éste punto es uno de los más importantes. Cuando voy a un bar voy sólo con mis amigos. Y me lo paso de lujo, como no podía ser de otra manera. Pero el botellón ofrece más alternativas. Todo (o casi todo) el mundo está en un espacio reducido, así que tan sólo tienes que dar unos pasos para poder relacionarte con gente con la que no sueles hacerlo. Puedes hablar sobre lo bien que le va a fulanito con su novia o sobre la decisión del Banco Central de mantener los tipos de interés. Sí, sí. Entiendo que resulte extraño, pero algunos jóvenes hablamos sobre cosas serias cuando nos juntamos. Leemos el periódico, vemos el telediario y nos indignamos (ojo a la prostitución que ha sufrido éste término en los últimos dos años) con los casos de Bárcenas, Griñán, Urdangarín y compañía. Las siglas y el color del escándalo casi que dan lo mismo. El caso es que entre vomitada y vomitada nos da tiempo a debatir sobre temas importantes como si fuéramos gente normal y decente. Y, cuando te apetece, o das más pasos y saludas a más gente, o vuelves sobre los anteriores y regresas con tus colegas. Es algo complicado de explicar sobre el papel, pero confío en haberlo logrado.

    La solución no pasa por prohibir ni por multar, sino por que los ayuntamientos establezcan una zona para que los jóvenes podamos divertirnos sin molestar a los demás, o causando la menor molestia posible. Incluso sería más sencillo para los servicios de limpieza, pues lo tendrían todo en el mismo lugar. El ocio es necesario en una ciudad y, si alguien no está de acuerdo, existen casas rurales a muy bajo precio. El botellón, a fin de cuentas, es como un cuchillo: se puede utilizar para cortar una manzana o para degollar a una persona. De cada uno depende el cómo usarlo.

     

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