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Blog A toda vela - Carlos García-Ovies

Carlos García-Ovies

Siempre he sido 70% de la Villa del Adelantado y 30% luanquín, aunque ahora vivo entre mallorquines. Estudio periodismo y cada domingo pierdo unos noventa minutos de vida, los que dura un partido en el Carlos Tartiere.


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  • 23
    Febrero
    2013

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    Música y cubatas en la adolescencia

    No recuerdo cuando fue la primera vez que entré en una discoteca, pero supongo que sería con apenas quince años. El caso es que, de aquella, me ponía bastante nervioso; la edad mínima para entrar en el garito de turno eran dieciséis años y, claro, ¿qué pasaba si te pillaban? El sistema, no obstante, era relativamente sencillo: buscabas a un amigo que ya tuviera la edad y que, a poder ser, se pareciese a ti; después esperabas a que tu colega entrase y le pusieran el sello para que, minutos después, te dejase su DNI -el cual te sabías de memoria, nombre de sus padres incluido- y, de esta forma, accedías. Entonces, con tres míseros lustros a tus espaldas, te diriges al interior del antro de moda y te sientes poderoso. Nadie puede arrebatarte ya tu noche de fiesta. 

    Una vez dentro, caminas orgulloso de haber burlado al portero y, entonces, entre la ensordecedora música escuchas a tu amigo: "Vamos a por la consumición". Y piensas: "Joder, por fin me voy a poder pedir un cubata, ¡perfecto!" Te diriges pues hacia la barra y, tras un buen rato abriéndote paso a codazos entre anónimos que tienen unos cuantos años más que tú, consigues ponerte en primera fila. Pero, una vez allí, te entra el pánico. "Mierda, ¿qué pido? ¿Ni puta idea de bebidas ni de mezclas. Vamos, yo aquí soy debutante". Estás perdidísimo, así que le preguntas disimuladamente a tu colega que qué es lo que se va a pedir y te dice que un bacardí limón con limón. El nombre te suena estúpido -"ha dicho dos veces limón"-, pero si él lo dice, será que se bebe, así que te haces el dubitativo unos segundos y le confirmas que pedirás lo mismo. Más adelante aprendes que el malibú con piña es otro interesante brebaje -yo el vodka negro me negué en su día a probarlo, y hasta hoy-. Tras otra media hora esperando a que una de las múltiples camareras guapas te atendiese, el único macho que hay tras la barra te sirve la copa en un vaso de plástico tan estrecho que, si no tuviese culo, podría servir de pajita.

    Y a bailar. O no. Te quedas un rato mirando a tu alrededor a ver cómo se mueve el resto de gente y mimetizas sus movimientos sin exagerarlos mucho mientras le das un par de sorbos al bacardí limón con limón, pero sin pasarte, que a ver qué narices haces con la mano sobrante si se te acaba. En la pista de baile, tus colegas te miran mientras agitan una mano sin parar esperando a que tú hagas lo mismo, hasta que, finalmente, accedes con la esperanza de que centren su atención en otro. No sabrías decir si te lo estás pasando bien; al menos se supone que deberías estar pasándotelo bien, pero de repente miras el reloj y: "¡Joder! ¡Si ya son las nueve de la noche!" Tus padres te dijeron que a las once en casa y aún tienes que coger el bus. Corres por las calles lo más rápido que puedes mientras vas dejando atrás compañeras que intentan hacer lo mismo que tú, pero descalzas. Te dan lástima, pero nadie les apuntó con una pistola para ponerse unos tacones de diez centímetros con quince años. 

    Y una vez llegas a casa, allí está tu madre, que te pregunta: ¿Qué tal te lo has pasado? Y tú respondes que genial, cómo no, si  has ido con todos tus amigos a una discoteca. 

     

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