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Roberto Segura

Espectador desde cerca, a veces desde dentro, de políticas y de movimientos sociales, económicos y culturales en Bruselas; y siempre con un ojo puesto en Asturias.

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Visto desde el centro de Europa, lo excéntrico es Asturias y los asturianos.


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  • 31
    Agosto
    2016

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    TURISMO asturias sidra política turística sidrería promoción

    Alianza por la sidra

    Este artículo fue publicado en la edición en papel de LNE el 20 de Agosto de 2016, pag. 29.

    A todos nos gusta que nos regalen el oído. Los asturianos que conozco en Bruselas y yo, cada vez que escuchamos de un extranjero eso de que “yo conozco Asturias… qué paisajes tenéis…” nos hinchamos de satisfacción. Esa es una cara de la realidad, la que podríamos llamar la de la valoración del destino: los que conocen Asturias tienen una valoración muy alta. Pero existe otra cara, desgraciadamente más dura, que es la que habla de los números, y nos dice que Asturias es muy poco conocida fuera de España. Ningún producto cultural, de alimentación, artístico, ninguna imagen de esas que se quedan en el cerebro como inconfundible se asocia espontáneamente con Asturias.

    Y sin embargo, nosotros sabemos que tenemos argumentos que tienen la capacidad de convertirse en símbolo. Casi diríamos que el único problema es elegir uno. O, para centrar la cuestión, por qué criterios elegir uno.

    Veamos por un momento qué han hecho los demás. Escocia tiene una fuerte identidad, extremadamente reconocible. Piensen en todos los iconos escoceses que se les ocurran. ¿Ya? ¿Hemos llegado, el ochenta por ciento de nosotros, a un señor con falda de cuadros que toca la gaita? ¿Y, unida a esa imagen, la bruma, el güisqui, el frío, los castillos, guerras épicas y gente noble? Bien. Digamos que este conjunto de atributos, para abreviar, definen a un país antiguo y auténtico en el que la gente es enormemente confiable.

    ¿Hacemos el mismo ejercicio con Grecia? ¿Hemos pensado casi todos en un sirtaki en un restaurante al borde de una playa, o sólo yo? Si trabajamos un poco más la idea, posiblemente veremos islas en un mar azul, ruinas arquitectónicas, aceite de oliva y queso de oveja. Y todo ello es coherente, o es coherente en nuestra cabeza, porque todos esos productos y atributos giran en torno a una idea, la que podríamos definir como la de la antigua civilización que nos transmite hasta hoy cómo saber comer y saber disfrutar al borde del Mediterráneo.

    Algunos pensarán que estas imágenes son sólo tópicos. La diferencia entre la narrativa y el tópico está en la intencionalidad del discurso. Un tópico se construye accidentalmente, con el tiempo y la repetición. La narrativa obedece a un planeamiento estructurado, a una voluntad de trasmitir una idea.

    Últimamente hemos oído hablar muchísimo de turismo de experiencias. Contar una historia de forma que genere una conexión sensorial con el receptor de la comunicación, de forma que lo que se valore es la emoción que podemos llegar a hacer sentir, se llama storytelling en nuestra jerga; y la característica más importante de su elemento central es que debe servir de precursor, de desencadenante de la mediateca de imágenes y sensaciones que todos almacenamos en nuestro cerebro.

    Ahora, traslademos todo lo anterior a Asturias para facilitar que se nos conozca fuera de España y para responder a la pregunta más arriba, esto es, por qué criterio elegimos nuestro símbolo precursor. Yo voto por la sidra.

    La sidra responde a todas las preguntas que nos interesa que nos hagan. Alrededor de la sidra todo encaja. A través de la sidra se pueden explicar tradiciones que nos hacen originales, y la forma de ser de los asturianos. La sidra sirve para explicar en parte el paisaje y el uso que hemos venido haciendo del territorio, la arquitectura popular y el clima. A partir de la sidra tenemos un campo excepcional para hablar de cocina, de una restauración de altísimo nivel, pero también de productos excepcionales que son consecuencia de un territorio y de unas tradiciones. Los asturianos hemos sabido conjugar la sidra y el ambiente que crea con el disfrute de un patrimonio cercano pero originalísimo. Y, además de todo esto, es un signo distintivo: no hay nada ni lejanamente parecido, si hablamos de seguimiento masivo, a la cultura de la sidra.

    Voto por la sidra y voto por una alianza entre todos los sectores concernidos, que somos muchos más de los que creemos, para empezar a vehicular una narración que es compleja y llena de matices. Estoy convencido de la potencia visual y evocadora que la sidra y su cultura atesoran, y de los beneficios que nos traería divulgarla a todo el mundo.

     

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