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Blog Celuloide sin revelar - Christian Franco Torre

Christian Franco Torre

Tras fracasar estrepitosamente en su intento de convertirse en extremo derecho del Barça, Franco Torre centró sus esfuerzos en el estudio de la Historia del Cine. Colabora con LA NUEVA ESPAÑA y es autor del libro: Edgar Neville. Duende y misterio de un cineasta español (Shangrila Textos Aparte, 2015...

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Curiosidad científica, espectáculo, vehículo de propaganda, disciplina artística... Desde su nacimiento, el cine ha jugado múltiples papeles. Pero su historia y su incidencia social quedan a menudo soslayados por su popularidad como espectáculo y por su capacidad para crear iconos.


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  • 13
    Julio
    2015

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    Federico García Lorca Edgar Neville

    Federico García Lorca y Edgar Neville: historia de una amistad

    Un retrato del poeta granadino Federico García Lorca observaba, desde la portada del diario madrileño ABC, a los sorprendidos lectores aquel domingo, 6 de noviembre de 1966. Desde el asesinato del poeta en agosto de 1936, las referencias a Lorca en la prensa española habían sido más bien escasas. Su muerte había sido uno de los principales argumentos de la propaganda republicana durante la Guerra Civil y, ya en la posguerra, un motivo de fricción entre el falangismo disidente y el resto de facciones que convivían bajo el manto de la dictadura. Puertas afuera, el asesinato de García Lorca era una mácula que el régimen de Franco jamás pudo limpiar. Sólo a partir de 1956, cuando Le Figaro Littéraire publicó un artículo de Jean-Louis Schonberg que atribuía la muerte del poeta a una disputa entre homosexuales y descartaba cualquier condicionamiento político, encontró el régimen una ventana desde la cual afrontar sin vergüenza –o más bien desde la desvergüenza– un debate público sobre el crimen. Con todo, las referencias a García Lorca en la prensa franquista fueron más bien escasas en la década siguiente, aunque a cambio se permitiría reeditar y distribuir su obra literaria.

    Mas en ese otoño de 1966, con un cierto retraso, desde un diario tan apegado a los postulados franquistas como el ABC se pergeñó un número-homenaje sobre Lorca, amparado en el 30 aniversario de su muerte, que contó con la colaboración de figuras de relieve de la cultura española que, además, habían tratado en vida al poeta. Salvador Dalí, José María Pemán y el hispanista Ian Gibson, entre otros, colaboraban en ese número, que en su página cuatro recibía al lector con un titular que sonaba a proclama: “La obra de Federico, bien nacional”.

    El autor del artículo era el escritor y cineasta madrileño Edgar Neville, que había sido amigo personal del poeta y que, este sí, no había dejado de reivindicar su memoria, de manera más o menos soterrada, en las tres décadas que habían transcurrido desde el crimen de Fuente Grande.

    El inicio de la amistad entre Lorca y Neville se sitúa en torno a 1920, en el marco de ese Madrid que experimentaba una explosión cultural de primer orden. Neville, aspirante a escritor y con el único bagaje de un vodevil cuyo estreno frustró la autoridad un par de años antes, comenzó a frecuentar las tertulias literarias de la ciudad. 

    Federico García Lorca y Edgar Neville: historia de una amistad

    La tertulia del Café de Pombo (José Gutiérrez Solana, 1920)

     

    La Sagrada Cripta de Pombo, la mítica tertulia que lideraba Ramón Gómez de la Serna, era parada preferente de la intelectualidad madrileña. Neville, ingenioso y perseverante como el que más, se hizo un hueco entre aquellos notables y se ganó el respeto de Ramón, influencia decisiva en toda su trayectoria posterior.
    Fue allí también donde Neville conoció a García Lorca, tal y como él mismo se encargaría de relatar a Marino Gómez-Santos, en una entrevista publicada por capítulos, en el diario Pueblo, entre abril y mayo de 1962:

     

    “Por allí”, relata Neville, “andábamos Tono, López Rubio, Jardiel… De vez en cuando asomaba un poeta nuevo de Granada. Era el pobre Federico, que desde entonces fue nuestro mejor amigo”.



    Neville y García Lorca, de edad similar toda vez que el poeta había nacido en 1898 y el futuro cineasta en el 99, trabaron amistad de inmediato.

     

    “Mi amistad con Federico”, afirmaría Neville, “estaba mezclada de admiración por su talento. Aún no había publicado nada, pero nos recitaba sus primeros poemas, sus canciones, y nos contaba sus ideas sobre el teatro. La fuerza de su personalidad, su bondad y su simpatía, eran tantas que le mirábamos todos como el prodigio que iba a ser”.

     

    En marzo de ese mismo año de 1920, el granadino citó a Neville en su cuarto de la pensión Málaga, que estaba en plena calle de Alcalá. Allí, García Lorca, entonces un autor aún inédito, leyó a su amigo el borrador de una singular obra de teatro.

     

    “Allí fui”, relata Neville, “y en un estrecho cuartito interior me leyó El maleficio de la mariposa. Aquella misma tarde se la llevó a Gregorio Martínez Sierra, que había conseguido hacer un teatro de arte con su compañía del teatro Eslava, en donde admitía todas las ideas, por extravagantes que parecieran, si tenían la necesaria calidad artística. Logró que Catalia Bárcena se vistiera de cucaracha, que los actores se vistieran de gusanos y de otros insectos y que recitaran los versos de Federico con fondo de unos admirables telones de Barradas”.

     

    La obra se estrenó, efectivamente, en el teatro Eslava, el de Martínez Sierra, el 22 de marzo de 1920. Pero el público asistente no recibió de buen grado el singular experimento formal que proponía García Lorca, lo que derivó en una trifulca en el patio de butacas, que tuvo incluso eco en los diarios de la época. Francisco Aznar Navarro, crítico teatral de La Correspondencia de España, trazó al día siguiente una expresiva descripción del accidentado estreno en las páginas del periódico:

     

    “Eslava.- De milagro no se produjo anoche un grave conflicto en el teatro de Martínez Sierra. Los espectadores, divididos en dos bandos durante la representación de El maleficio de la mariposa, llegaron a increparse– hubo, en las localidades altas, quien pronunció un discurso, interrumpido por ruidosas protestas–, y no faltó gran cosa para que recurriesen al empleo de los puños. ¡Nada tan parecido a una plaza de toros!
    ¿Por qué así? Muy sencillo. Habíase congregado en Eslava un buen golpe [sic] de amigos del autor con el plausible propósito de prestarle ayuda en la realización de una noble empresa de arte. Un núcleo mayor de espectadores entendió desde el primer cuadro que El maleficio de la mariposa no era teatral. Empezó el ruido, y nos quedamos a medias. [...] Echemos la culpa a quien ha podido evitar ese mal paso al estimabilísimo poeta Sr. García Lorca. Los nobles intentos del teatro poético nada van ganando con eso. Para que haya teatro poético, hay que pensar ante todo en hacer teatro.”

     

    Cuatro décadas después, en la citada entrevista con Gómez-Santos, Neville daría cumplida réplica al crítico y a todo el público del Eslava, situando en perspectiva aquella controversia:

     

    “Sí; fue una batalla, y el pateo, monumental. Había que ver la indignación de esos señores que se solazaban viendo La mala ley, en Lara, o las comedias chistosas, para “troncharse”, cuando se encontraron con una cucaracha diciendo poemas... Pero había que dar esa batalla, para que, unos años después, el país entero se aprendiera de memoria el Romancero gitano y se extasiase ante el teatro de nuestro pobre amigo.”


    Neville aún tardaría algunos meses en estrenarse como escritor. En el otoño de 1921, el madrileño se alistó voluntario para servir en el Rif, siendo destinado al regimiento de húsares de la Princesa. Desde allí, envió unas crónicas del frente, publicadas en el diario El Sol bajo el pseudónimo de “El voluntario de Ben-Aquí”
    Su servicio en Marruecos, no obstante, se alargaría apenas cuatro meses. Neville retornaría a España a finales de año, tras abandonar el regimiento por unos problemas de salud. De vuelta a la capital de España, el madrileño retomaría su relajado ritmo de vida, retornando a unas tertulias en las que haría gala de su recién estrenada posición como escritor.

    También volvió a frecuentar la compañía de García Lorca, a quien acompañaría, ya en junio de 1922, a Granada. El destino de los dos amigos era el «Primer Concurso de Cante Jondo», organizado por Manuel de Falla para tratar de recuperar el «Arte Grande», muy devaluado en la época.

    Federico García Lorca y Edgar Neville: historia de una amistad

    Recepción de la asociación de prensa a los participantes en el concurso de Cante Jondo de Granada, junio de 1922 

     

    Para asistir al certamen, Neville logró una credencial de prensa, y tras el evento escribió una crónica para el diario La Época, aunque son más reveladores los comentarios que realizaría, de nuevo, en su entrevista con Gómez-Santos.

     

    “Le acompañaban a Falla en esa tarea Zuloaga y Ramón, en la parte plástica y en la literaria; en la técnica, don Antonio Chacón y Ramón Montoya, el guitarrista. Falla quería, y consiguió, detener la decadencia del cante, que en aquel momento llegaba a zonas abisales. Se habían olvidado los cantes grandes y sólo imperaban unos insoportables cuplés aflamencados, unas afeminadas colombianas y toda una serie fandanguillos de gorgorito a cual más ridículo. Nadie sabía escuchar las ‘tonás’, ni las ‘deblas’, ni los ‘martinetes’, ni las ‘siguiriyas’, ni la ‘caña’, ni el ‘polo’, ni las ‘serranas’, con su preludio de ‘liviana’. Falla era de una severidad total, y eliminó en las pruebas a todos aquellos folklóricos del momento, que sólo sabían los cantes ‘gachones’ de las cuevas del Sacromonte y las cantiñas para patio de vecindad”.

     

    El concurso se cerró con gran éxito, y el descubrimiento de un genio del Cante que habría de marcar este arte en las décadas siguientes: Manuel Ortega, in arte “Manolo Caracol”. Pero además, García Lorca encontró otros alicientes en la sierra granadina.


    “Federico había encontrado una vieja ciega que pedía limosna en El Albaicín”, rememora Neville, “y que era la única que empezaba las ‘serranas’ cantando la ‘liviana’, entonces un cante perdido. Porque Federico ya andaba por entonces recorriendo pueblecillos de la sierra y recogiendo de viejos y viejas los antiguos cantes populares, a los que él ponía orden poético y musical y que tanto deleitaban a Falla cuando, a la caída de la tarde, nos reuníamos en su Carmen”.

     

    Para entonces, García Lorca ya se había hecho un nombre, y Neville comenzaba a destacar en diarios y revistas por su ingeniosa pluma. En el concurso de Cante Jondo, además, el madrileño sacaría un rédito adicional, ya que trabaría amistad con los catedráticos de derecho de la Universidad de Granada. Merced a esas relaciones sociales, Neville lograría desencallar sus estudios de derecho y, previo traslado de matrícula a la ciudad andaluza, logró graduarse. Con el título, y haciendo gala de su condición nobiliaria, Neville se orientó hacia la carrera diplomática. En 1924, el madrileño accedió previa oposición al Cuerpo Diplomático. Aún tardaría cuatro años en recibir su primer destino, aunque sería decisivo en su trayectoria vital y profesional: la embajada española en Washington.

    Desde la capital norteamericana, Neville se desplazó a la primera ocasión que tuvo a Hollywood, donde gracias a unas cartas de recomendación, y a su condición de Conde de Berlanga de Duero, logró hacerse un hueco entre la aristocracia hoollywoodiense, siempre fascinada por el lustre de la nobleza europea. A su llegada, Neville trabó amistad con figuras notables de la industria, especialmente con Charles Chaplin y Douglas Fairbanks, e incluso entró en el selecto círculo de amistades de William Randloph Hearst. En el ámbito sentimental, el madrileño inició una aventura con una genuina estrella de Hollywood, Constante Bennett, lo que motivó una primera crisis en su matrimonio con Ángeles Rubio-Argüelles, con quien se había casado en 1925.

    Neville alargó su estancia en Hollywood hasta septiembre de 1929. Tres meses antes, en el mes de junio, el propio García Lorca había cruzado el Atlántico para iniciar su propio periplo norteamericano. En su caso, su destino principal era Nueva York. Para entonces, Lorca ya tenía un prestigio consolidado gracias a sus libros Canciones y Romancero gitano, publicados en los dos años anteriores. Este éxito literario, sin embargo, se había visto oscurecido por algunos problemas afectivos, principalmente la ruptura de sus relaciones con el escultor Emilio Aladrén y su distanciamiento con Salvador Dalí. Al igual que le pasaría a su amigo, el periplo norteamericano fue esencial en la trayectoria de García Lorca, que incluso escribió en tierras americanas un poemario fundamental, Poeta en Nueva York, que no vería la luz hasta después de su muerte. 

    La estancia de García Lorca en Nueva York se prolongaría hasta el 4 de marzo de 1930, cuando abandonó la ciudad para dirigirse a Cuba. Apenas dos meses después, la Metro Goldwyn Mayer presentó a Neville una oferta irrechazable: retornar a California, contratado por la productora, para el Spanish Department de la compañía, sección que se encargaba de las versiones en español de las películas dialogadas.

    Hagamos un inciso para situar esta experiencia: a raíz del éxito en 1927 de El cantor de jazz y, ya en 1928, de El loco cantor, dos películas con fragmentos sonoros protagonizadas por el cantante Al Jolson, las grandes productoras de Hollywood se embarcaron en una acelerada conversión de sus sistemas de producción al nuevo medio sonoro. Mas en el proceso se encontraron con un muro difícil de superar: la distribución en el extranjero. Durante el período silente, era sencillo: bastaba con sustituir los intertítulos en inglés por otros en el idioma del país. Pero con la llegada del sonoro la cosa se complicaba.

    Las productoras norteamericanas, un oligopolio consolidado, trabajaron en tres frentes. Por un lado, el subtitulado, que tenía la evidente limitación de su ineficacia en entornos con elevados índices de analfabetismo. Por otro, el doblaje, que daba resultados defectuosos debido, en gran medida, a que las propias técnicas de sonorización no estaban maduras (ni lo estarían hasta el desarrollo del postsincronizado). Por último, las Majors ensayaron el sistema de las dobles versiones: básicamente consistía en rodar la misma película varias veces, cada una en un idioma distinto, en función de los mercados idiomáticos en los que se pretendía distribuir. Para cada versión, se contaba con actores diferentes y con equipos en los que podían variar algunos responsables, principalmente el director. Pero en todas se tendía a usar los encuadres de la versión original en inglés, y el guión era una adaptación directa de aquel.

    Federico García Lorca y Edgar Neville: historia de una amistad

    Créditos de El presidio, versión española de The Big House (George W. Hill, 1930)

     

    La labor de Neville era, precisamente, adaptar al español los diálogos del guión en inglés. A esas labores se dedicaría durante un año, obteniendo un éxito de calado con la versión española de El presidio y llegando a trabajar con Ernst Lubitsch en la adaptación de La vie est Belle, obra de teatro de Marcel Achard. Un proyecto fallido, pero que permitió a Neville conocer y trabajar con uno de sus referentes.

    Las propias contradicciones de este sistema de versiones múltiples determinó su fracaso. Resumiendo: el sistema de estudios de Hollywood se apoya de manera fundamental en una serie de pilares, entre los cuales destaca el Star System, o sea, la preeminencia de los actores y actrices “estrella”. Eso se negaba con las versiones múltiples: el público quería ver a Bela Lugosi interpretando a Drácula, no a Carlos Villarías, que daba vida al vampiro en la versión española, por mucho que ésta versión, dirigida por George Melford, fuese incluso mejor que la original de Tod Browning.

    Neville permaneció algo más de un año en Estados Unidos. A su regreso a España hizo valer su experiencia en Hollywood y se integró en la industria del cine, afianzándose como una de las grandes promesas del cine nacional, especialmente tras su participación como guionista en La traviesa molinera, película dirigida por Harry d’Arrast que está considerada la joya perdida de la cinematografía republicana, y su primer largo como director: El malvado Carabel, adaptación de la novela de Wenceslao Fernández Flórez.

    Federico García Lorca y Edgar Neville: historia de una amistad

    Edgar Neville en el rodaje de La señorita de Trevélez (1936)

     

    García Lorca, por su parte, se embarcó junto a Eduardo Ugarte en el proyecto de “La Barraca” y profundizó en su faceta de dramaturgo, reforzando su condición de autor mayor de las letras hispanas.

    Federico García Lorca y Edgar Neville: historia de una amistad

    García Lorca, en "La Barraca"

     

    Las trayectorias de ambos se truncaron con el alzamiento del 18 de julio de 1936. Edgar Neville, recién retornado de su tercer viaje a Estados Unidos –un periplo destinado en este caso a fascinar a su joven amante, Conchita Carro–, se encontró por última vez con García Lorca en vísperas de la rebelión, más concretamente el 15 de julio de 1936, aunque la fecha podría no ser precisa. En aquel encuentro, según revelaría Neville tres décadas más tarde, el poeta le comunicó su intención de trasladarse a Granada al percibir que la escalada de violencia que se estaba produciendo culminaría con un conflicto armado y le obligarían a tomar partido por alguna facción.

    Probablemente, lo que realmente moviese a García Lorca era la inseguridad que se había registrado en la capital en los meses anteriores, y la sensación de que en su entorno familiar estaría más seguro. Pese a que varios de sus amigos trataron de disuadirle de esa idea, García Lorca terminó abandonando Madrid, en algún momento entre el 13 y el 16 de julio.

    En tierras granadinas, Lorca se refugió en casa del también poeta Luis Rosales, en cuya familia había destacados falangistas. Allí permanecería hasta que el 16 de agosto una cuadrilla de guardias civiles, asistidos por un grupo de cedistas liderado por el exdiputado Ramón Ruiz Alonso, se presentó en la casa e hizo preso a García Lorca. A partir de una denuncia del propio Ruiz Alonso, García Lorca fue acusado de espionaje y homosexualidad, además de ponerse de relieve su amistad con el socialista Fernando de los Ríos. Tras pasar por el Gobierno Civil de Granada fue trasladado al cercano pueblo de Víznar, donde había un importante centro de detención. Tras una breve reclusión, García Lorca fue fusilado, en compañía de otras tres personas, en el camino de Víznar a Alfacar, el 18 o 19 de agosto de 1936.

    Las circunstancias que rodearon a la muerte de García Lorca aún generan controversia. El hispanista Ian Gibson, quizás el mayor experto en la materia, aporta una demoledora reflexión:

     

    “García Lorca fue asesinado por un sistema cuyo objetivo principal era aterrorizar a la población granadina y aplastar toda posible resistencia al Movimiento, cualquier conato tendente a recuperar el terreno súbitamente perdido por los leales a la República. […] Los sublevados estaban decididos a matar a todos los partidarios del Frente Popular, a todos los ‘rojos’, reales o imaginados. Entre ellos […] destacaba García Lorca, tanto por su conocida postura política, adoptada abiertamente en declaraciones a la prensa o en actos públicos, como por su amistad con republicanos e izquierdistas de renombre. Hubiera sido difícil, nos atreveríamos a decir que imposible, que Federico escapara de aquel holocausto”.

     

    Edgar Neville, en cambio, sí que logró escapar. Haciendo valer su condición de diplomático y sus contactos sociales, logró que le destinasen en la embajada española de Londres. En paralelo, y con la ayuda de Marcel Achard, Neville logró que Conchita Carro se trasladase a París, con un falso contrato como actriz. Una vez que su amante estuvo a salvo, el madrileño desertó y se unió a ella en la capital francesa.

    Desde Francia, Neville comenzó a preparar su adhesión al bando de los insurgentes. Lo lograría merced a la mediación de amigos como Agustín de Foxá, Marichu de la Mora o Dionisio Ridruejo, aunque al final de la guerra sería sometido a un duro proceso de depuración que superó con una sanción administrativa.

    Ya en la posguerra, Neville se asentó como uno de los principales cineastas de la industria nacional, para muchos investigadores el más relevante de la década de 1940, firmando películas como La torre de los siete jorobados (1944), La vida en un hilo (1945), Domingo de carnaval (1945), El crimen de la calle de Bordadores (1946), Nada (1947) o El último caballo (1950), que hoy son consideradas auténticos clásicos de nuestro cine.

    Una de las claves para entender la obra cinematográfica de Neville es el hecho de que siempre mantuvo el contacto con el cine que se hacía fuera. Y también con varios cineastas foráneos. Sin ir más lejos, en octubre de 1950 el madrileño sirvió de cicerone a George Cukor durante una visita a España. Un viaje en el que el cineasta norteamericano estaba acompañado por un buen amigo: el fotógrafo George Hoyningen-Huene.

    Federico García Lorca y Edgar Neville: historia de una amistad

    Sara Montiel, Hoyningen-Huene y Cukor, en Madrid, en octubre de 1950

     

    Tras la partida de Cukor, Hoyningen-Huene permaneció en tierras españolas, y trabajó con Neville durante varios meses en un proyecto para una serie de cortometrajes folclóricos en color para distribuir en la televisión norteamericana, que se debían iniciar con “Song of Spain”. El proyecto, no obstante, tropezó con diversos problemas burocráticos y Hoyningen-Huene, desesperado, acabó desplazándose a Grecia con su proyecto.

    Neville, por su parte, redefinió la propuesta en base a sus propias coordenadas estéticas. Aliado con el productor Cesáreo González, Neville puso en pie un gran documental en el que, a la manera de un Romancero gitano en movimiento, fue recopilando los distintos cantes y bailes flamencos. Un proyecto de evidente aliento lorquiano, titulado Duende y misterio del flamenco, en el que Neville incluso introdujo un evidente homenaje al poeta granadino, al que incluso monta el funeral que nunca tuvo, en pleno Sacromonte…

     

    http://multimedia.lne.es/videos/ultimas-locales/20150713/duende-misterio-del-flamenco-1410569.shtml

     


    Córdoba, lejana y sola.
    Jaca negra, luna grande,
    y aceitunas en mi alforja.
    Aunque sepa los caminos
    yo nunca llegaré a Córdoba.
    Por el llano, por el viento,
    jaca negra, luna roja.
    La muerte me está mirando
    desde las torres de Córdoba.
    ¡Ay qué camino tan largo!
    ¡Ay mi jaca valerosa!
    ¡Ay que la muerte me espera,
    antes de llegar a Córdoba!
    Córdoba, lejana y sola.

    Ese verso que Neville introduce, inmediatamente después del funeral e ilustrando la poética imagen de ese jinete que avanza hacia la ciudad, es del poema “Canción de jinete”, escrito por García Lorca en 1924 y publicado en su poemario Canciones (1921-1924). Un homenaje evidente que sin embargo pasó muy desapercibido en España, donde las obras de García Lorca estaban proscritas desde el final de la guerra. Neville comenzaba así a dejar atrás su actitud más o menos prudente de los años precedentes para reivindicar la memoria de su amigo. Pero habrían de pasar aún diez años hasta que el cineasta madrileño se atreviese a reivindicar de manera abierta y explícita la figura del poeta.

    Sería en 1962, en la citada entrevista con Marino Gómez-Santos, cuando Neville aludiría por vez primera a la talla de García Lorca. Pero el cineasta, por entonces ya retirado, iría aún más lejos en 1966, con motivo del número homenaje que le haría el diario ABC al poeta. En su texto, “La obra de Federico, bien nacional”, Neville planteaba de manera diáfana la necesidad de exhumar los restos de García Lorca para darles un enterramiento digno:

     

    “El pasado verano se han cumplido los treinta años de la muerte de Federico García Lorca.
    A esta distancia nadie podrá creer que pretendemos atacar a un régimen que como tal, no tuvo la culpa del drama. Cometió sólo el error de dejarse arrebatar la bandera de su cadáver por gentes que no eran ni amigos del poeta.
    A Federico lo mató el desorden de los primeros momentos, cuando los malvados de cada campo aprovecharon el barullo para saciar su instinto y vengarse de sus enemigos o del éxito ajeno. Fue un crimen pueblerino, casi se puede decir que personal, como lo fueron en el otro lado el de millares de inocentes, algunos de ellos poetas, también autores, escritores que nada tenían que ver con la política ni sabían nada de ella.
    Nosotros lamentamos todos esos crímenes, pero, claro está, nos duele más hondo el estúpido sacrificio de los que eran compañeros más entrañables y además gloria de las letras españolas; genios, como Federico.
    La idea del monumento a los caídos de ambos bandos es una idea noble que prueba que pisamos terreno firme y que hace más incomprensible el que durante tantos años se nos hayan puesto inconvenientes para hablar sobre el asunto.
    La obra de Federico está por encima de los partidos y de las disensiones, es un bien nacional como la obra de los Machado, de Juan Ramón o de Lope.
    Y su figura particular, tan mal conocida, tan intencionadamente mal aclarada, es cosa que debemos definir los que tuvimos la inmensa suerte de ser amigos suyos desde la época de estudiantes.
    Federico habló conmigo el 15 de julio de 1936, el día en que por desgracia se iba a “su Granada”: “Me voy—me dijo—, porque aquí me están complicando con la política, de la que no entiendo nada, ni quiero saber nada. La otra noche me han organizado una encerrona en el Teatro Español, con ministros, etc. Yo no quiero eso, soy amigo de todos y lo único que deseo es que todo el mundo trabaje y coma. (Todo esto es textual.) Me voy a mi pueblo para apartarme de la lucha de las banderías y de las salvajadas”.
    Y se fue, huyendo de las “salvajadas” sin pensar en lo que le esperaba.
    He ido buscando su huella—tal vez el trocito donde yace—a Bíznar [sic]. No hay indicación donde arranca el camino que sube al pueblo; está como a 600 metros de la entrada de la Cartuja. Es estrecho pero el piso no está demasiado mal y sube entre barrancos, hoy floridos, donde flota el drama para los que venimos de peregrinación.
    Hemos hablado con un cabrero viejo: “Cualquiera sabe dónde está”… En el pueblo, muy bonito por cierto, cuando ven llegar a un coche de cierto porte ya desconfían. Nadie sabe nada: los jóvenes, porque no habían nacido; los viejos, porque aún les dura ese miedo a comprometerse que es tan típico en las gentes del campo.
    Parece ser que una parte de los culpables han muerto ya, pero quedan otros que esquivan el bulto cada vez que se intenta sacarlos a la vergüenza pública.
    Nosotros, en Bíznar [sic], pensábamos en que al cumplir los treinta años habría que ejecutar el deseo de Antonio Machado y llevar el cuerpo de García Lorca a la Alhambra para que repose en un marco digno del poeta que ha glorificado por todo el mundo a España. Hay que trasladarle con todos los honores oficiales, si es que los hay para los poetas, y sin que se quede fuera nadie de esta ceremonia nacional, que nos debe unir a todos.
    La Alhambra espera en sus jardines una losa que diga: “Aquí reposa Federico García Lorca, uno de los más grandes poetas que enalteció por el mundo el nombre de España.”

     

    Pese a su clara intención reivindicativa, el texto de Neville generó cierta controversia. La hispanista francesa Marcelle Auclair, la misma que en 1965 reclamó al régimen un informe oficial sobre la muerte del poeta, recientemente dado a conocer, mostraría su desacuerdo con el artículo en una carta remitida al médico granadino Manuel Orozco:

     

    “Mientras que uno no pueda ir a Víznar sino a escondidas, mientras no se pueda pronunciar allí el nombre de García Lorca ¿qué significan esos homenajes? Que digan donde están sus despojos por lo menos. Para los que lo han querido bien todo lo que se haga sin llegar al fondo del problema no es más que avivar la pena, ¿no te parece?”

     

    No fue la única en criticar a Neville. Otro hispanista, Ian Gibson, también se mostró disconforme con el texto, en este caso en su libro Granada, 1936: El asesinato de García Lorca:

     

    “Es extraño que Neville, al redactar palabras tan innobles y necias, no se diera cuenta de que se sacaba a sí mismo a la ‘vergüenza publica’. ¿Quién, en la España de entonces, trataba de identificar a los culpables de la muerte de Lorca? Dado el hecho de que aquella muerte se había llevado a cabo oficialmente, era evidente que nadie podía sacar a la vergüenza pública a los culpables sin responsabilizar al mismo tiempo al régimen franquista de la muerte de varios miles de granadinos inocentes”.

     

    Estas críticas, en todo caso, encerraban una cierta injusticia, en tanto en cuanto el texto de Neville había sido manipulado, antes de su publicación, por la dirección de ABC. Lo deja claro el propio Neville en una carta remitida a Miguel Pérez Ferrero, histórico periodista del diario y conocido crítico de cine, faceta en la que se refugiaba bajo el pseudónimo “Donald”. En su misiva, titulada “Otra vez Lorca” y exhumada por Andrés Trapiello para la reedición de 2010 de su libro Las armas y las letras, Neville lamenta profundamente estas alteraciones:

     

    “A veces, circunstancias ajenas a la voluntad del autor, hacen que una obra de teatro o de cine o un simple artículo de periódico tenga que sufrir una merma aquí y otra allá y al verlo corregido no se dé cuenta de que lo que queda ya no quiere decir lo que se intentaba, ni el estilo tiene la contundente claridad que pretendía tener y que la falta de un párrafo anulaba la base de la tesis sostenida.
    Últimamente me sucedió con mi artículo sobre Lorca y su muerte. Y muchas gentes me han acusado de tibio, y con razón.
    Yo contestaba a otro periodista amigo que se quejaba que sólo llorásemos a nuestro poeta amigo diciendo que la diferencia fundamental es que a los del otro lado, aparte de nuestra pena, había habido una Causa General que había castigado en la medida de lo posible a los asesinos, mientras que los que mataron a Federico gozaban de inmunidad inconcebible y nadie les había molestado lo más mínimo.
    Algunos pretendían que se dieran detalles del drama y nombres de los culpables sin darse cuenta de que aunque sabíamos detalles y nombres no es el momento oportuno de lanzarlos al vuelo…
    Ya se dirán si llega un tiempo en que sea propicio, y además esas son cosas que no se pueden hacer con ligereza sin las comprobaciones más minuciosas que nos lleven a la verdad y nos eviten el horror de un posible falso testimonio.
    Todos saben o creen saber quién denunció el refugio en que se hallaba, todos sabían que R. A. mandaba el pelotón que lo prendió, el procedimiento empleado para sacarlo de la cárcel con otros 4-5, el nombre del chófer que lo condujo hasta el lugar de la ejecución, quién pudo salvarlo y no quiso, quién cogió su cartera y su reloj y dio aire legal al crimen, se sabe su nombre, sus señas, pero…
    Fue un crimen aislado en aquella isla que fue Granada los primeros meses de la guerra. El 19 de Agosto no había gobierno en Burgos, una junta que sólo se ocupaba de cuestiones de guerra, se formo el gobierno siete meses después de la muerte… y ordenó la formación de la causa y luego se le dio carpetazo, pero alguien, sabemos también quién, tendrá en su cajón el expediente.
    Por el mismo amor a la justicia que nos mueve a averiguar los detalles del hecho, queremos librar de una culpabilidad a quien no tuvo arte ni parte en aquella salvajada, y no dejar resquicio para que repitan aquello de 'los españoles lo mataron…'
    No, no es cierto, unos cuantos miserables cuyo nivel intelectual era lo bastante elevado para saber el valor real de su presa y su total inocencia e inocuidad política, se dieron el gusto de atravesar con un plomo aquella cabeza llena de ideas, de belleza y de bondad.”

     

    Neville falleció unos pocos meses después, el 23 de abril de 1967. Fue despedido en un multitudinario funeral, al que asistió lo más granado de la intelectualidad madrileña. Sus restos reposan en el cementerio de San Isidro. Los restos de Lorca, en cambio, permanecen aún hoy en la ignota fosa común en la que fueron sepultados tras su asesinato en el verano de 1936.

     

     

     

    Fuentes y bibliografía:

     

    AZNAR NAVARRO, Francisco, "Informaciones teatrales. Estrenos: 'El maleficio de la mariposa', de Federico García Lorca, y 'En capilla', de Antonio Ramos Martín", La correspondencia de España, Madrid, 23 de marzo de 1920, p. 4.

    FRANCO TORRE, Christian, Edgar Neville. Duende y misterio de un cineasta español, Santander, Shangrila Textos Aparte, 2015.

    GARCÍA LORCA, Federico, Antología poética, Madrid, Aguilar, 1973.

    GIBSON, Ian, Granada, 1936. El asesinato de García Lorca, Barcelona, Círculo de Lectores, 1987 [1ªed. Crítica, 1979].

    GÓMEZ SANTOS, Marino, "Edgar Neville cuenta su vida", serie de entrevistas publicadas en el diario Pueblo en marzo -abril de 1962 [reproducidas íntegramente en GÓMEZ SANTOS, Marino, 12 hombres de letras, Madrid, Editora Nacional, 1969, pp. 303-307].

    JARVINEN, Lisa, The Rise of Spanish-languaje Filmmaking. Out from Hollywood's Shadow, 1929-1939, Nueva Brunswick, Rutgers University Press, 2012.

    NEVILLE, Edgar, "La obra de Federico, bien nacional", ABC, Madrid, 6 de noviembre de 1966, p. 4.

    IDEM, Flamenco y cante jondo, Ponferrada, Rey Lear, 2006 [1ª ed. Librería Anticuaria El Guadalhorce, 1963].

    RAMOS, Ramón, "Marcelle Auclair cautivaba desde la primera mirada", El Mundo, Madrid, 6 de junio de 2015 [ed. online: http://www.elmundo.es/andalucia/2015/06/06/5571906046163fa33f8b4584.html ]. 

    TRAPIELLO, Andrés, Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (1936-1939), 2ª ed. Revisda y ampliada, Barcelona, Destino, 2010 [1ªed. Planeta, 1994].

     

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