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  • 31
    Julio
    2013

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    El paisano: una especie en peligro

    Sentado en la galería de mi casa miro el paisaje de alrededor y tras cada brizna de hierba, cada matorral, cada árbol, veo la mano del hombre. La Asturias occidental debe su verde color tanto a la lluvia como al sudor de nuestros ancestros. Durante siglos, el paisano y la naturaleza fueron transformándose uno a otro para poder vivir juntos, creando un maravilloso entorno que mezcla lo doméstico con lo salvaje en la justa proporción. Ese proceso de adaptación es el que hace que el paisano, lejos de su tierra, languidezca como un árbol arrancado de sus raíces. Pero, también en sentido inverso, la tierra, sin unas manos amorosas que la acaricien, perderá irremisiblemente su identidad y su belleza.

    Esto, que parece evidente, ha sido sistemáticamente obviado, tergiversado o, directamente negado, bien sea por atrevida ignorancia o por interés espurio. La maniquea imagen de la bondadosa naturaleza atacada por malvados seres humanos, que puede ser cierta donde concurren grandes intereses económicos, se trasplantó sin más aquí, donde lo que había, sobre todo, era convivencia pacífica. Gracias a eso, ahora mismo, la especie cuya población ha descendido de manera más drástica y que se encuentra en mayor extinción es el paisano. Los datos demográficos son tan esclarecedores como aterradores.

    Los responsables de esta debacle, como de otras muchas, deben buscarse entre nuestros políticos. Imagínese a un individuo que, en medio de la corriente del río, lucha desesperadamente por salir y a otro que, desde la orilla, en vez de lanzarse a ayudarle o tirarle una cuerda, le da instrucciones de cómo debe nadar; que, si no lo hace exactamente como le dice, le tira piedras y que, si consigue salir a pesar de todo, se atribuye el mérito y, además, le multa por bañarse vestido. Esa es, precisamente, la actitud de clase política para con el paisano y se puede resumir en tres verbos: mentir, estorbar y exprimir. Para lo primero, se bastan solos; para lo segundo, cuentan con el apoyo de un tipo especial de “ecologistas”, los domingueros, que les votan y les ríen las gracias; para lo tercero, con la colaboración de especuladores, intermediarios abusivos y empresas que prestan servicios tan obligatorios como superfluos, que medran con el sudor a los ganaderos.

    Sin duda habrá oído a algún preboste hablar de la necesidad de animar a los jóvenes a permanecer en el campo. Yo he tenido la oportunidad de seguir de cerca las peripecias de una joven pareja que quería construir una casa en su pueblo para casarse y establecerse allí. Uno esperaría que recibieran toda clase de apoyos y ayudas, pero no. La cantidad de vueltas y revueltas, papeleos inútiles, trámites absurdos y duplicados y trabas de todo tipo a que se vieron sometidos y la cantidad de dinero que hubieron de gastar antes de poner la primera piedra habrían desanimado a cualquiera que no tuviera la enorme ilusión y el temple que ellos demostraron.

    Y la cosa irá a peor. Saldrán normas cada vez más estúpidas. La próxima vez que salga al monte, si le entran las ganas de orinar, ni se le ocurra ponerse sin más. Tendrá que sacar un permiso y, para ello, habrá que aportar la documentación correspondiente. Para empezar, deberá sacar un certificado de que el Ph de su pis está dentro de los parámetros legales, que le facilitará (por un precio) alguna de las empresas creadas para ello. Después tendrá que hacer un estudio de impacto ambiental para asegurarse de que la zona elegida no esté ocupada por ninguna especie endémica. Por último, habrá que comprobar en el calendario que no sea la época de apareamiento del raitán mariechu, porque dicen que se distraen con el ruido del chorrito y no se ponen a la faena. Entonces ya sólo le falta presentar todos los papeles en la Consejería de Medio Ambiente, pagar los 125 € de tasas y, en tres meses, le llegará la licencia de meada. Otro día les explicare lo que tienen que hacer para sacar el permiso para respirar hondo. Hasta entonces.

     

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