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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 16
    Marzo
    2011

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    Desbordamiento floral

    Miguel Ángel Lombardía

    Flores

    Del 3 al 28 de Marzo

    Galería Amaga

     

    Las flores con su fragilidad, su delicadeza, su armonía y sus colores nunca han dejado de conmovernos y nos aproximan, más que ninguna otra naturaleza, al concepto de belleza, término en desuso, prácticamente excluido de la creación artística contemporánea que prefiere utilizar lo grotesco, lo repulsivo y la fealdad como materia creativa. La belleza se entiende como algo débil, un peligro para el pensamiento. Sin embargo, las flores han representado en todas las épocas la idea de armonía y júbilo y, también, la manera de comunicar nuestro amor sin palabras, con un lenguaje romántico, caducado en la actualidad. Además, diversos estudios han demostrado que las flores transmiten emociones positivas a los humanos y, tal vez, sea esa la razón por la que nunca hemos podido dejarlas de lado y continúan seduciéndonos, aliviando lo inhóspito de nuestra existencia y acompañándonos en la muerte. 

     

    Aunque, también, Baudelaire nos descubrió las flores del mal y la biología nos reveló su aspecto más prosaico, como «estructuras reproductivas características de las plantas llamadas espermatofitas o fanerógamas», sin que por ello hayan dejado de cautivarnos. En cualquier caso los artistas no se han olvidado de las flores, y algunos como Peter Hutchinson o Marie-Jo Lafontaine las convierten, todavía, en protagonistas de sus relatos fotográficos o videográficos, con una visión diferente a otros tiempos, más subjetiva, narrativa o asociada al erotismo. 

     

    Tampoco el universo floral de Miguel Ángel Lombardía (Sama de Langreo, 1946) participa de la idea de armonía, más bien mantiene un compromiso con lo convulso y alejado de cualquier aroma dulcificado. De hecho su identidad artística siempre se ha movido, como ha señalado Julia Barroso, «entre la tensión y la ruptura de cánones», en una línea de búsqueda que inició con sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y su posterior estancia en la Academia Española de Roma y que ya no abandonó nunca. Estamos ante uno de los pintores mejor dotados de su generación, con influencias desde Bacon al grupo Cobra, complejo, para quien la pintura «sigue siendo -como apuntaba Javier Barón- como un desbordamiento», con una dicción intensa y emocionada en series como «La Mina», más vitalista en «Nocturno con figuras» o resueltamente comprometida en el tríptico «Despojos». 

     

    Si bien en 1971 ya pintó «Río y flor», obra que puede considerarse precursora de su temática floral, no sería hasta los inicios del año 2000 cuando la presencia de las flores se intensificó en su obra hasta resultar ciertamente relevante en su producción, como lo atestigua la edición de «Flores, Flores para Manhatan y otras flores». En esta exposición avilesina presenta una serie, fechada a principios de milenio, en la que la materia disuelve la forma, se impone como un elemento determinante en la construcción del espacio y junto con el color -amarillos, azules, verdes- configura una escena pictórico de gran intensidad, marcada, a pesar de un aparente desorden, por el sosiego. Estos trabajos se alejan de las naturalezas muertas para erigirse en una reflexión sobre la pintura, sobre la representación y los lindes difusos entre lo real y lo abstracto. 

    Ciertamente Lombardía consigue en estos cuadros de pequeño formato, ya sin ansiedades estéticas ni necesidad de demostrar nada, ejercer su magisterio: convertir la materia pictórica en desbordamiento floral.

     

     

     

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