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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 27
    Diciembre
    2012

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    Estamos en derrota, nunca en doma

    La cultura está viviendo durante este año una de sus peores épocas desde la llegada de la democracia. Los recortes presupuestarios de las diferentes administraciones públicas, la subida del IVA hasta el 21%, el retraso, si no el olvido, de la ley de Mecenazgo, la primacía de los factores económicos sobre los de cualquier otra índole y el retorno de modelos que estaban superados como la diferenciación entre cultura y entretenimiento nos obligan a volver a plantear lo básico, máxime cuando empieza a calar la idea de que la cultura es algo superfluo, prescindible sin mayores consecuencias. Habrá que recordar que la Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural aprobada en el año 2001 recoge en su artículo quinto que «los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos» y el artículo octavo habla «del carácter específico de los bienes y los servicios culturales que, en la medida que son portadores de identidad, de valores y sentido, no deben ser considerados mercancía o bienes de consumo como los demás».

    La cultura tiene que ver con la creatividad, pero, también, con la cohesión social, con el reconocimiento del otro, con la producción de conocimiento, con la construcción de una visión crítica que enriquece la democracia, «con el conjunto de señales -como expresaba Josep Ramoneda- que nos ayudan a superar la soledad y nuestro abismo existencial». Y, sin embargo, con la crisis como excusa, asistimos a un desmantelamiento de las políticas culturales sin precedentes. En el «Informe sobre la cultura española 2011» de la Fundación Alternativas Enrique Bustamante recoge algunos datos significativos. Por ejemplo, desde 2008 a 2011 los Presupuestos Generales del Estado para cultura han pasado de 1.220 millones de euros a 789 millones de euros (147 menos que en 2010), con una caída de más del treinta y cinco por ciento. Y se sabe, aunque no se disponga todavía de los datos oficiales, que los recursos de las CC AA y de los municipios se han desplomado mucho más, en algunos casos hasta el setenta por ciento. Si a ello unimos un considerable descenso de espectadores al destinar las familias menos recursos para consumo cultural, el panorama es ciertamente preocupante.

    Como resultado nos encontramos con teatros sin presupuestos, una atonía, cuando no desaparición, de la producción audiovisual, un mercado del arte en caída libre, el desplome de festivales y ciclos musicales, el entorno del libro y de la lectura seriamente amenazado y los centros culturales en proceso de desmantelamiento o con presupuestos tan mermados que apenas pueden mantener una programación continuada y de calidad. La Laboral, que este año ha cumplido su quinto aniversario y es uno de los proyectos culturales de mayor interés de Asturias, se reinventa como centro de producción, como plataforma de intercambio de conocimiento, pero reducidas significativamente las aportaciones públicas y privadas corre el riesgo de no poder desarrollar muchos programas, en un momento en el que más se necesita apostar por el I+D, también, en cultura. Y el Centro Niemeyer, sacudido por la polémica, no encuentra su sitio, que las características de su arquitectura definen como un espacio de encuentro, un lugar donde reconocerse y construir la comunidad, la memoria de lo social.

    Cierto que en los años de bonanza económica se cometieron excesos culturales, como sucedió en otros muchos campos, pero no es menos cierto que la capacidad de emanar cultura y distribuirla aporta riqueza y un plus de prestigio a cualquier comunidad, si no que se lo pregunten a los americanos cuyas industrias culturales y creativas, protegidas por el Estado, se consideran esenciales para el país. Por ello hay que trazar las líneas que nos permitan superar los desequilibrios que en estos momentos está produciendo la crisis mediante el diálogo y la colaboración entre instituciones culturales y con los diversos actores implicados, el regreso a una cultura menos espectacular, sin la búsqueda de resultados a corto plazo, pero comprometida con el conocimiento y la investigación, la creación y la fidelización de nuevos públicos reconociendo diferentes sensibilidades, el fomento de la participación y la democratización cultural aprovechando los canales tradicionales y las redes sociales, la distribución gratuita de la producción de los centros, desde conferencias hasta catálogos, en internet y trabajar en el modelo cultural que queremos para las próximas décadas. Y, por último, expresar el convencimiento, como dice el verso de Claudio Rodríguez que me recordó, recientemente, otro poeta, de que «estamos en derrota, nunca en doma».

     

     

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