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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 08
    Marzo
    2012

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    Genética minimalista

    Jorge Flórez

    Escultura y obra gráfica

    Del 3 al 31 de Marzo

    Casa Municipal de Cultura de Avilés

    La obra de Jorge Flórez (Gijón, 1984) contiene mucho de la genética que definió al minimalismo, con sutiles modificaciones en el concepto -incorporando otras referencias y una mayor flexibilidad- tras quedar la modernidad arrinconada en la historia. Este joven artista, licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, celebró su primera exposición individual en la galería Adriana Suárez de Gijón en 2011, con la que acudió, el pasado febrero, a la feria JustMadrid3, y ha participado en numerosas muestras colectivas en Gijón, Oviedo, Getxo y Palermo.

     

    Sus trabajos, siguiendo la estela que marcaron Donald Judd o Robert Morris, se mueven a caballo entre la escultura y la pintura, borrando los limites y favoreciendo una fusión entre el objeto escultórico y la ilusión pictórica. Como resultado nos encontramos con formas primarias, planchas y bloques de madera estructurados en diferentes planos que contribuyen a resaltar el despojamiento y sutileza de las piezas, pintadas en colores rojos, amarillos y azules, como la única concesión al placer visual.

     

    A finales de los años sesenta los minimalistas experimentaron con la transformación de la escultura, reduciéndola al plano, a la bidimensionalidad, una mirada iniciada por Carl Andre que germinó influyendo a numerosos artistas y que, ahora, en una época «post», recoge Jorge Flórez cuando dispone sus piezas en una posición horizontal o se cuelgan directamente sobre el muro, acentuando su condición pictórica sin perder sus connotaciones escultóricas. Claro, que a diferencia de Andre no se busca tanto la referencia espacial que preocupó al artista estadounidense, sino la enfatización del objeto. Pero la sintaxis concisa, un cromatismo que tiende a la pureza, la dicción analítica, se despliegan como partes esenciales de una obra que tiene, también, un regusto por lo escénico y lo arquitectónico. Resulta indudable que muchas de las piezas, bien por su emplazamiento, bien por su cromatismo tienen una presencia teatral, escenográfica, capaz de imponerse con su discurso y llamar la atención del público.

     

    Pero, además, la mayoría de la obra despliega una vocación arquitectónica que se acentúa en sus pinturas sobre papel en las que juega con la doblez y los distintos planos para construir las referencias a la arquitectura. Todos estos deslizamientos convierten los trabajos de Jorge Flórez en investigaciones de interés, sometidas a influencias y contagios, que reflexionan sobre la escultura y la pintura, en un tiempo de hibridaciones y expansiones, donde cualquier definición resulta difícil, cuando tanto lo pictórico como lo escultórico están en todas y en ninguna parte.

     

     

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