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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 24
    Mayo
    2012

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    Gozar de la pintura

    Vicente Pastor

    A vida num para

    Del 11 de Mayo al 3 de Junio

    Galería Octógono

     

    Para Vicente Pastor (Barcellina, Luarca, 1956), Portugal, más que una referencia geográfica, se ha convertido en un lugar de refugio, un entorno que transforma al artista en demiurgo, desbordado de creatividad. En este sentido, cabe recordar sus estancias en Cacela Velha, escenario idílico para sus performances, que remitían a los aspectos más desinhibidos y salvajes de lo pictórico, bañados por una luz que revivía lo ancestral. Las abstracciones de aquella época eran trabajadas en el lugar, convirtiéndose en registros de la naturaleza que reunían pigmentos, arenas, caracoles muertos y restos de pajas y de cañas que llevaba el oleaje hasta la playa. Sus últimas producciones, sin embargo, realizadas en Lisboa, se encuentran infectadas de la melancolía de una ciudad que siempre nos acompaña en la nostalgia de lo perdido. 

    Añorar la pintura pero sin poder definir, en estos tiempos convulsos en que las fronteras entre los distintos medios se han disuelto, lo que es «pintar», sus límites y especificidades, resulta un sentimiento complejo, sumido entre el idealismo y la cruda realidad que todo lo convierte en mercancía. El mercado se impone y direcciona la creación en función de sus intereses, arrastrándonos a una pintura convertida en repetición, rehecha de gestos, mudada en envoltorio, sin nada que contar, salvo su precio. Pero Vicente Pastor se ha negado a admitir la imposibilidad de pintar, y aunque ha expandido el concepto pictórico en sus performances, fotografías y vídeos, logrando creaciones de una gran intensidad, siempre ha sentido la necesidad de pintar conjugando el expresionismo abstracto o derivando hacia principios geométricos. Desde su primera exposición individual, en 1982, en la sala Manos de Mieres, su trayectoria ha sido un reflejo de su intensa relación con la pintura, que sobre muy diversos soportes ha tratado de mostrar en toda su complejidad y con todas sus sutilezas. 

    En estas obras ha abandonado la épica de las grandes dimensiones y se ha vuelto más intimista, aunque sus relatos cromáticos siguen vivos, contagiados de una enorme fuerza gestual, concentrada en obras de pequeño formato. Y mantiene su capacidad para relacionar los colores, produciendo fuertes choques de tonos que impactan en la mirada. Una amplia gama de azules, los rojos intensos, las distintas tonalidades del verde, las pequeñas incursiones del amarillo en forma de trazos, definen una paleta que busca transmitir energía y vitalismo. Frente a la radicalidad de algunas de sus propuestas anteriores ha regresado a la mancha, a los campos de color que interactúan entre ellos y salpican la tabla de conversaciones, con un vocabulario que está hecho de afectos, de vivencias, de relaciones y sensibilidades. 

    Tal vez todo tenga que ver con el título de la exposición, con la melancolía que transmite Lisboa o sean otros los motivos, pero lo cierto es que en esta muestra Vicente ha decidido convertirse en un amante entregado a la pintura, gozarla, indiferente a los que anunciaron su fin. 

     

     

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