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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 15
    Noviembre
    2014

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    Inmersión cromática

    Carlos Coronas
    Lampyridae
    Del 4 de Octubre al 14 de Noviembre
    Galería Guillermina Caicoya

     


    El gran atractivo de la obra de Carlos Coronas (Avilés, 1964) es que partiendo de presupuestos pictóricos, entendida la pintura más en su vertiente conceptual que formal, deriva en enunciaciones escultóricas y planteamientos espaciales. De tal manera que la estrategia pictórica que supone utilizar la luz artificial provoca la ruptura de los límites bidimensionales de la pintura, facilitando diálogos lumínicos y cromáticos. Estamos en el dominio de la decadencia pictórica que viene arrastrándose durante todo el siglo pasado y llega hasta nuestros días recogiendo la herencia de, entre otros, Dan Flavin o James Turrell. Pero este sentimiento crepuscular que afecta a la mayor parte de la producción contemporánea de más interés, tienen en los últimos trabajos de Carlos, a pesar de que siguen un insistente tendencia hacia la pureza pictórica con la línea y el color como esencia, un cambio en la escena, un sutil desplazamiento con el fin de envolvernos de pintura, llevarnos a un escenario cromático.

    De hecho “Lampyridae” hace referencia al nombre científico de la luciérnagas (lampíridos), que destacan por su mecanismo de atracción sexual bioluminiscente. Y Coronas, traduce esta luz, la química que precipita el proceso del cortejo nocturno con sus destellos pautados, en una instalación formada por diferentes piezas poligonales de gran formato con reminiscencias orgánicas, estructuras geométricas de madera, tubos de fluorescentes y cables, expuesta, en 2013, en “Mustang Art Gallery” de Elche; si bien con anterioridad, en el 2011, ya había ensayado con este tipo de obras en la Galería Del Sol St. en Santander. Los últimos trabajos que presenta en Oviedo continúan en esta línea de habitar la pintura. Cada pieza tiene su propio color y ritmo, una intensidad que varía, mediante un sistema electrónico, en ciclos de varios segundos, una respiración que baña el suelo, las paredes de la sala, con diferentes tonos e intensidades, creando diversas atmósferas pictóricas que envuelven al espectador en la experiencia de la luz.

    Las cortinas cromáticas que se suceden en el espacio, en función de las fases establecidas en cada pieza modulan la luz y el color y mantienen las constantes vitales de la pintura, su deseo y excitación, su potencia y capacidad de seducción. Pero, además, el cableado que recorre las estructuras, que posibilita la vida lumínica, contribuye a la sensación de organismo, ahondando en el atractivo y efecto llamada que tienen en común las luciérnagas con los letreros luminosos. 

    Carlos Coronas mantiene una interrelación con la arquitectura, cabe recordar una de sus mejores instalaciones “Lux Aurea” en el Museo Barjola en 2005, pero ha sabido, también, relacionar lo industrial con su vertiente más poética y desmaterializada de la obra de arte, afirmando la luz en cuanto pintura y mostrando su soporte físico –los fluorescentes- y sus entramados eléctricos, partiendo de estructuras minimalistas para llegar actualmente a una complejidad lumínica que provoca una inmersión cromática en el espacio.

     

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