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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 08
    Noviembre
    2012

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    La reanimación de la pintura

    Bernardo Sanjurjo

    Del 26 de Octubre al 8 de Diciembre

    Galería Gema Llamazares

     

    ¿Cómo describir los rojos intensos, palpitantes, las texturas y la fluidez, las espesuras, los matices del negro, los grises que se apagan? ¿Cómo narrar esa primera impresión en la que la pintura te empapa de color y la mancha te envuelve en energía? ¿Cómo desentrañar esas intensidades, las variaciones tonales, la esencialidad? Porque Bernardo Sanjurjo (Barres, Castropol, 1940) ha vuelto a hacerlo: ha reanimado la pintura buscando ese absoluto, un enigma de cromatismo y de formas, que desde sus inicios pictóricos no ha dejado de perseguir y que, en su madurez, lo está rozando con los dedos. Un roce que es realmente una entrega física, agotadora, al espacio pictórico, sin caer en el desenfreno pero aventurándose en campos de libertad, en instantes de meditación, profundizado en el conocimiento, pero sin desligarse del gesto, de la pulsión, de lo vital.

    «El arte -lo escribía Clement Greenberg en 1954- es estrictamente una cuestión de experiencias, no de principios, y lo que cuenta en el arte, en primer y último lugar, es la calidad». El crítico norteamericano, que fue junto con la CIA el mayor impulsor durante la guerra fría del expresionismo abstracto, movimiento utilizado para contraponerse a la rigidez del realismo soviético, sabía que la abstracción había derogado cualquier ilusión espacial en el cuadro, cualquier representación y el relato de lo que pasaba en el exterior se arrinconó favoreciéndose lo subjetivo, dejando que aflorara el interior del artista. En este sentido la obra de Sanjurjo reúne experiencia, calidad y subjetividad, pero a lo largo de su trayectoria lo matérico y las relacionas entre forma y color han generado acentos representacionales, resistencias, muy acusadas en esta serie, que pueden codificarse como imágenes de la naturaleza, sobremanera en la obra de pequeño formato, con la mancha ennegrecida compartiendo espacios de melancolía con los tonos grisáceos.

    Pero en los trabajos de gran formato la pintura alcanza su plenitud. El misterio y el dramatismo empapan muchas de las piezas en las que el relieve y el volumen iluminan la oscuridad como una representación de la luz y las tinieblas al principio de los tiempos, imágenes germinales en la mejor tradición del expresionismo abstracto, buscando el grado cero de la pintura. Formas básicas y densas que se desplazan por la tela, prologándose mediante diversos movimientos que conducen a la disolución. Acostumbrados a mirar los cuadros grandes desde lejos esta obra requiere un acercamiento, tocar con los ojos las rugosidades, las concentraciones cromáticas, los diferentes matices. Pero muy diferente a esta tenebrosidad resultan las obras con el color rojo como protagonista, resueltas con gran economía de medios. Especialmente significativo es el tríptico, de 200x 366 centímetros, de un rojo envolvente, en la estela de «Vir heroicus sublimis» (150-1951) de Barnett Newman, del que difícilmente puede escaparse al crearse una gravitación pictórica absorbente, de una gran fuerza e intensidad.

    Estas piezas, aunque puedan dar la sensación de parecerse unas a otras, no responden a ningún cliché y siempre resultan diferentes, como resultado de una continua labor de exploración y experimentación, digna de elogio. Y esta exposición es la última prueba de una línea investigadora que lejos de agotarse se renueva en cada muestra. La obra de Bernardo Sanjurjo no se puede esquivar y se encuentra inmersa, universal y meditativa, en la historia del expresionismo abstracto asturiano.

     

     

     

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