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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 03
    Agosto
    2011

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    Las dentelladas de la pintura

    Javier Soto

    Haai op die aas

    Del 15 de Julio al 13 de Agosto

    Vorágine

     

     

    La frase en afrikaans «Haai op die aas» significa, según relata Peter Benchley en un texto para National Geographic, «el tiburón ha mordido el cebo». Y los animales se encuentran muy presentes en la obra de Javier Soto (St. Gallen, Suiza,1975) representado una alegoría del comportamiento humano. No es extraño, por tanto, que los escualos protagonicen sus últimos trabajos, todo un festín carnívoro con la pintura devorando la sala Vorágine, a dentelladas sobre la pared creando un mural acuoso o en telas de gran formato que elevan la tensión dramática de lo pictórico mediante un sutil uso del «collage» y una turbulenta acumulación de diferentes capas de pintura y diversos restos orgánicos. Este joven artista ha realizado numerosas exposiciones individuales, si bien cabe destacar «Euforias y Demonios» (2010) en la sala Rekalde, «Todo el arte del mundo» (2007) Salas de Cultura de la BBK, Bizkaia; «Nato» (2003) en la Casa Municipal de Cultura de Avilés y ha explorado la performance en colaboración con el laboratorio electroacústico Kuraia (2002) en el Instituto Central, Bilbao. Entre sus participaciones más recientes en exposiciones colectivas figuran la Galería Carreras Múgica (2008) Bilbao y «Entornos próximos» (2006) Artium, Vitoria-Gasteiz. 

     

    Javier Soto reivindica el lenguaje pictórico como un medio eficaz para expresar las vivencias y reflejar la realidad, pero lo real entendido como momentos salpicados por lo simbólico, lo laberintico y lo monstruoso. Hay que entender esta obra como una «explosión de relaciones semánticas -escribió Leire Vergara- y líneas narrativas que acaban entrelazándose», una acumulación de micromundos que contribuyen a cuestionar los límites ente la figuración y la abstracción, y obligan a una lectura reposada de los diferentes niveles que estructuran el relato. Desde una primera mirada se descubre un paisaje caótico formado por diferentes espacios, con un fondo difuso y un primer plano fragmentario. Pero a medida que se avanza en la contemplación se ahonda en este carácter anárquico con diferentes elementos, descentralizados y sin jerarquías, que muestran la capacidad del artista para integrar el dibujo, la pintura, los moluscos, ojos y bocas recortados de revistas y el spray que conecta con un modo de expresarse ágil y nervioso. Todo un revuelto barroco, con la pintura en el altar, adorándola sin cuestionamientos, una fe deudora de la tradición española, en la línea por la que apostaba Julián Gallego en la exposición «Caleidoscopio español» (Alemania, 1984) «sin servidumbres agobiantes, estéticas, filosóficas o políticas: pintando por pintar, que no es poco». 

     

    Este cosmos tiene su continuidad en las pinturas realizadas con sangre de cerdo sobre recortes de tablas de surf, un soporte que resulta todo un descubrimiento, evidenciando una obra, salpicada de referencias vitales. Cabe recordar que Soto es un entusiasta surfista que dedicó toda una serie a reflejar instantáneas de este deporte. Pero en estos trabajos lo monstruoso -un cuerpo de hombre con la cabeza de tiburón- deviene grotesco y paródico. En sus delicadas acuarelas lo onírico toma el mando y los excesos dejan paso a un entorno poético con toques emocionales. 

     

    El banquete pictórico que Soto ha montado en la sala Vorágine pone de manifiesto las muy diversas mordeduras de la pintura, a la que Soto se acerca como si de un tiburón se tratase, fascinado por su salvajismo y exhibiendo orgulloso las cicatrices que van dejando los feroces encuentros.

     

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