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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 28
    Noviembre
    2010

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    Melodía crepuscular

     

      

     

    Ramón Rodríguez
    Luz última (Close your eyes)
    Del 11 de Noviembre al 4 de Diciembre
    Galería de Arte Amaga

    Más de un siglo separa la «Impresión atardecer» (1872) de Claude Monet de la afirmación de Oliver Mosset «pinto contra el hecho de no poder pintar» (2005) pero, entre estos dos momentos, se puede situar la gran aventura de la pintura, sus rupturas y su agonía, las dudas sobre su porvenir y los esfuerzos para mantenerla con vida, asegurándole un futuro en una época en que la pintura es más una forma de pensar que una manera de intervenir sobre la materia. Estas fricciones llevaron a Ramón Rodríguez (Avilés, 1943) a reflexionar sobre la práctica pictórica y como consecuencia a desprenderse de los pinceles dejando que el ratón digital tomara el mando para, a finales de la década de los noventa, producir sus primeros trabajos infográficos.

    Estos procedimientos creativos, por entonces novedosos en Asturias, le hicieron rastrear en la historia de la pintura, tal vez buscando una legitimidad que sentía cuestionada al abandonar las técnicas pictóricas convencionales. Y, como consecuencia, emergieron, en su obra, rastros, desde el impresionismo a las primeras vanguardias, reafirmando una tradición de la que siempre se consideró deudor. En este sentido las imágenes de esta serie tienen relación con las impresiones, lumínicas y sentimentales, que produce un paisaje, tan próximo para el artista, como el de Avilés, al que se enfrenta por primera vez, primando, en este desafío, la retina sobre la mente, el color sobre la narración.

    Pero en esta serie no se encuentra la melancolía que traían los «Ecos de la noche blanca», ni la añoranza de una Venecia que, en la obra de Rodríguez, se desvanece entre reflejos de agua, sino que se resuelve con la letra crepuscular de la canción de James Taylor, «Close your eyes» (Cierra los ojos), estrofas que el artista ha elegido para acompañar este viaje a lo local, el periplo por una ciudad que bajo los efectos de la luz y del color se transforma en un mundo difuminado, que acaricia el pasado y provoca una sensación placentera; un mundo reconocible, pero en los lindes de lo visible, acercándose a la abstracción.

    El tratamiento de las imágenes desemboca en una atmósfera que entrega, con la última luz del día, una gran variedad de destellos lumínicos y cromáticos, efímeros por definición, que modulan el tiempo y el espacio. El color que brota entre la claridad y la oscuridad, más atemperado que en otras etapas, «constituye -como acertadamente ha señalado Javier Hernando Carrasco- la verdadera médula conceptual de su pintura» y va creando diferentes relaciones con los tonos rojizos, anaranjados, amarillentos y violetas estallando o difuminándose según declina el sol y llega la noche. La pintura, construida en el ordenador, coloniza a la fotografía, sometida a distintos tratamientos digitales hasta provocarle una perdida de nitidez y de identidad, obteniendo como resultado una zona pictórica autónoma, a pesar de que lo fotográfico ha sido el origen de todo el proceso.

    Este recorrido pictórico se convierte en un viaje romántico, en una travesía por lo íntimo, en un canto de amor a Avilés, el refugio que, en el ocaso, Ramón Rodríguez ha encontrado para interpretar, con sabiduría, una melodía cromática.

      

     

     

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