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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 14
    Abril
    2011

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    Paisajes dinámicos

    José Arias

    Del 31 de Marzo al 20 de Abril

    Galería Amaga

      

     

    Nadie duda de la legitimidad de la pintura para buscar salidas y descubrir nuevos lirismos, no exentos de belleza, en un momento en el que la pintura se define en un sentido conceptual más que material. No se puede cuestionar su vigencia cuando, además, representa, para algunos, el último deposito de recogimiento en un contexto en que la velocidad de las imágenes nos saturan y desbordan. Pues bien, desde hace casi dos décadas José Arias (Gijón, 1953) ha abandonado los pinceles por el vertido con acrílico en un intento de revitalizar el lenguaje pictórico; una técnica que ha venido depurando hasta conseguir un gran dominio y efectos realmente sugerentes, logrando una mezcla entre la ligereza y el peso dramático. En su caso el oficio es fundamental para comprender estos trabajos que responden a un proceso de investigación, de laboratorio. «En la cocina de Arias», ha señalado Ana María Fernández, «cada día hay un ensayo, una nueva prueba. Hay una sorpresa visual inesperada, un desafío sensorial y técnico». 

     

    Se experimenta con los pigmentos, con el color, con los distintos tiempos de secado observando los resultado texturales hasta encontrar el matiz o el efecto que desea el artista. Con la experiencia acumulada se trabajan los fondos previamente, resultando crucial esa atmósfera abstracta, armónica, que subsiste en toda la obra fluyendo desde la interioridad del cuadro. Posteriormente, se vierte la pintura en un ejercicio de movilidad y caos, dos conceptos que, también, manejó la pintura de acción norteamericana, con la que comparte, además, el dinamismo en el espacio y la explosión de energía. Los colores empleados, normalmente fríos -azules, violetas, algunos verdes- se han visto complementados con el plata, un color difícil de manejar con el que, sin embargo, Arias consigue sugerentes calidades. 

     

    Ese azaroso movimiento de la pintura sobre el soporte, tiene sus instantes de orden, logrando formas que recuerdan a la Naturaleza, pues a diferencia de Pollock -que eliminaba cualquier referencia figurativa-, Arias las mantiene como verdaderos descubrimientos de una creación que sugiere más que afirma; un poso figurativo que, en sus últimas obras, empieza a definirse y reconocerse como una auténtica afirmación de lo real. Así se esbozan motivos vegetales, marinas, paisajes acuáticos, en un despliegue de subjetividad que busca fijar la mirada e intensificar la emoción. Y si bien es cierto que en la actualidad se ha disuelto la controversia entre abstracción y figuración precisamente porque los límites entre la mayoría de los creadores se han vueltos difusos, no es menos cierto que la modernidad fue el «desmantelamiento -como afirma Danto- regresivo y sistemático de los mecanismos inventados a lo largo de los siglos para hacer convincentes las representaciones pictóricas del doloroso triunfo de la cristiandad y de las historias de la gloria nacional». 

     

    El artista ha conseguido unas imágenes construidas con ritmos pictóricos, con el azar dominando la escena y una representación que es una combinación entre la lentitud y la aceleración de los fluidos, unos paisajes; en definitiva, transformables, cambiantes, en proceso.

     

     

     

     

     

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