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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 28
    Septiembre
    2011

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    Prolongar el camino

    Cristina Cuesta

    Borrando caminos

    Del 16 de Septiembre al 15 de Octubre

    Galería Octógono

    Resulta difícil escribir de la abstracción pictórica sin perderse en una madeja de términos técnicos que describan estos «espacios de color» y con más dificultad nos encontramos cuando se trata de comunicar las sensaciones que transmiten una obra que, como la de Cristina Cuesta (Avilés, 1966), puede resumirse como un paisaje de emociones que remite a un lenguaje que ya ha cumplido el centenario y ha sido transcendental para entender la modernidad.  En estos escenarios que a principios del siglo XX bullían con los cambios pictóricos, Wilhelm Worringer publicó «Abstracción y Naturaleza» en 1908, asumiendo muchas de las ideas del historiador Alois Riegl, que influyó posteriormente en Greenberg. Pues bien, algunos de los conceptos de los que se hablaba en aquel libro siguen siendo válidos para interpretar los trabajos de Cristina. La aspiración por alcanzar lo absoluto, un deseo de transcendencia, la preferencia por el plano bidimensional y la importancia otorgada a la representación mental postergando la realidad. Surge entonces el problema del significado del arte abstracto, la búsqueda de analogías con la naturaleza que pudiendo percibirse, como ocurre en la obra de Cuesta, pierde importancia ante el impulso emocional o los aspectos formales. 

     

    Frente a una corta etapa anterior dulcificada con un paisaje menos psíquico y más evidente la artista ha recuperado el pulso que siempre caracterizó su obra: un afán experimental, un tono que se mueve entre la levedad y la intensidad y el compromiso con una abstracción que deja entrever contenidos, formas depuradas que sedimentan como ilusiones cromáticas. Y su labor se ha visto reconocida con el primer premio en el XXVIII Certamen Nacional de Pintura de Luarca y en el XV Concurso de Mujeres Pintoras del Oriente de Asturias, además de con el segundo premio en el II Certamen nacional de pintura contemporánea «Casimiro Baragaña» y el accésit del XVII Certamen de pintura «Nicanor Piñole». 

     

    Pero la telaraña de ralladuras y raspados que cubre algunas de sus últimas obras nos adentran en campos emotivos y dramáticos, característicos de esta época que como ya se pudo apreciar en la Galería Gema Llamazares (2010) ha revitalizado su pintura y articulado una nueva arquitectura sentimental. Estas rayas desencadenan auténticas fuerzas sobre el lienzo que resulta violentado, profanado por una tensión que pretende destruir la materia y apelar a lo espiritual para construir un paisaje definido por la intensidad y estos arrebatos que convierten el plano en una batalla cargada de sensibilidad. Las líneas se extienden ampliando imaginariamente el espacio del cuadro, que ya no parece tener límites, ni delimitar nada. Y a la calma le suceden momentos inquietantes, a los colores arenosos un cromatismo azulado y malva, a la simplificación y depuración los enredos barrocos. 

     

    Estos caminos que recorre actualmente Cristina Cuesta no necesita borrarlos sino prolongarlos sabiendo que el arte siempre está en tránsito, que es un viajero de ningún lugar que van dejando notas que nos permiten en palabras de José Luis Pardo «seguir respirando a pesar de la desolación, la muerte, la mezquindad y la estupidez».  

     

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