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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 18
    Octubre
    2012

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    Un mundo sin rostro

    Los retratos fotográficos de Javier Bejarano (Madrid, 1980) son el resultado de un largo proceso de transformaciones que se resuelven en un producto ajeno a cualquier ideal de belleza, cuestionando la identidad y por tanto el propio género del retrato. Si en «La soledad del corredor de fondo» (El Arte de lo Imposible, 2007) desplegaba un diario visual impregnado de soledad, en «Vestigio» (2010) los objetos se convierten en protagonistas de un recorrido melancólico y sentimental. Actualmente trabaja en la serie «Portarit» en la que el rostro humano recupera toda su fuerza e individualidad. Bejarano ha sido seleccionado en los Certámenes de Artes Plásticas 100x100 de Móstoles (2002) y Nacional de Arte de Luarca (2010) y ha sido uno de los cinco elegidos para diseñar camisetas conmemorativas del quinto aniversario de Laboral Centro de Arte y Creación Industrial, centro con el que ya había colaborado como comisario del ciclo «LABmúsica» (2008). Miembro fundador de la agrupación fotográfica Labiche y codirector de la sala de exposiciones Spazio Labiche (2001-2009), ha codirigido los encuentros internacionales Trendelenburg de arte sonoro y visual de Gijón (2010, 2011 y 2012).


    Este artista que cuestiona el retrato sigue la estela de la modernidad. Y desde el «Frankenstein» de Mary Shelley que con su criatura dio paso a una estética de pastiches y collages, sin atribuciones identitarias, pasando por «Los ojos sin rostro», película de Georges Franju en la que un médico enloquecido secuestra a una serie de jóvenes para trasplantarles las caras a su hija y devolverle la belleza perdida tras un accidente, o las numerosas operaciones quirúrgicas a las que se sometió Orlan para rehacer su rostro según cánones de belleza, y más cercano a nosotros Germán Gómez con la serie fotográfica «Compuestos» que reconstruye al retratado a partir de fragmentos, los cambios en la fisonomía, remezclando carnes, cicatrices o imágenes para componer una realidad esquiva, un retrato híbrido, forman parte de la normalidad narrativa de esta época que elogia al monstruo.


    En este sentido ha trabajado Bejarano, llevando al extremo el usos de las imágenes como recurso visual, captando con su cámara fotográfica directamente del libro o de la pantalla de la televisión, una imagen que modifica en el revelado y que digitaliza tras su manipulación para posteriormente imprimirla sobre el papel y trasladarla al lienzo, donde sufre un nuevo proceso, mediante la aplicación de pigmentos naturales y la superposición de papeles. Fotografías, «collages» y «decollages», pinturas y, también, una visión expandida de la escultura que modela el rostro en las diferentes transformaciones, con las capas visuales que se la aplican. La influencia cinematográfica, en concreto el expresionismo alemán, se encuentra tras estas imágenes, de las que se apodera y descontextualiza, consiguiendo, como señala Rocío Alés en el texto del catálogo, rescatar «estas visones, estos rostros, imprimiéndoles un nuevo carácter».


    Pero en estos retratos reciclados, híbridos, ya no se encuentra el individuo, su mirada, su intimidad y personalidad, las imágenes de Bejarano reflejan un mundo sin rostro en el que nadie se reconoce en el otro.

     

     

     

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