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Si no hacemos nada, hasta los muertos, convertidos en fantasmas con birrete blanco, emergerán de las tumbas para exigir justicia.


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  • 20
    Diciembre
    2012

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    ESPAÑA Y EUROPA

    Corren tiempos en los que mucha gente está poniendo en cuestión creencias y sentimientos, amores y lealtades, porque la crisis que nos afecta, que es mucho mas que económica, obliga a replantearse las bases sobre las que se ha construido el escenario donde vivimos.

    Entre los asuntos donde el escarpelo de la crítica empieza a trabajar a fondo también está Europa, esa entidad supranacional que los españoles anhelamos durante muchos años y que se está convirtiendo en una mala madrastra. No solo nos estamos dando cuenta de hasta qué punto la moneda única nos está haciendo daño en una UE con economías asimétricas, y como el Euro es utilizado sin piedad contra los países del Sur para que Alemania nos venda sus productos y financie gratis su Deuda, también que las instituciones europeas se han convertido en instrumentos al servicio de los poderosos y se han olvidado de los pueblos del Viejo Continente.

    La mayor parte del pasado siglo nuestro país estuvo al margen de la modernidad política y económica que se vivía en el resto de Europa Occidental y eso tuvo consecuencias de todo tipo, no todas malas. Es cierto que España fue un país aislado, muy pobre y atrasado hasta casi los años 70, porque la revolución industrial en manos de los antiguos terratenientes era muy diferente al dinamismo de la mediana burguesía europea y nuestro país no despegó hasta que el Estado tomó en sus manos, con los Planes de Desarrollo, la industria estratégica; pero quizá eso fue lo que nos libró de alianzas que nos abrían abocado sin remedio a las dos guerras mundiales, los mayores horrores que vieran los siglos, donde los muertos, mutilados, huérfanos, etc, se contaron por decenas, de millones, eso sí, nos bastábamos para matarnos entre nosotros mismos.

    Mientras en España reinaba una dictadura que parecía interminable, en la Europa de la posguerra sucedían cosas años antes imposibles. Alemania y Francia se reconciliaban y nacía la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, antecedente directo de la Europa de los seis (Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos) unión que se consagró en 1.957 mediante el Tratado de Roma. El germen de la CEE, que al principio solo tenía carácter económico, fue la consecuencia histórica de la necesidad se sumar esfuerzos para crecer, pero también había una voluntad política de estadistas irrepetibles, como el alemán Konrad Adenauer o el francés Charles Degaulle, con una altura de miras privilegiada. Sin embargo, yo creo que no hubiera sido posible la construcción de la UE sin la decidida voluntad de unos pueblos, muy distintos en sus idiomas y sus culturas, a los que unía la firme voluntad de no repetir las tragedias del pasado trabajando juntos en el futuro.

    A la muerte del general Franco y con la llegada de la democracia nuestro país estaba listo para integrarse en la Europa de las libertades y la de prosperidad económica y social. Solo sería cuestión de tiempo que España entrara a formar parte de la Comunidad Económica Europea (actual UE), lo que sucedió el 1 de enero de 1.986, a la vez Portugal.

    Han sucedido muchas cosas desde entonces, gracias a la integración y a los fondos de cohesión, nuestro país experimentó un espectacular desarrollo y en Europa se pusieron los mimbres para que la unión económica también lo fuera política; incluso se estuvo a punto de conseguir una constitución europea (fue aprobada por los españoles en referéndum nacional el 20 de febrero de 2.005).

    Pero, la añorada y querida Unión se ha quedado convertida en una Europa para los mercaderes y para las decenas de miles de burócratas (solo en Bruselas hay 80.000) que viven de las arcas públicas. Centenares de organismos absurdos, caras instituciones duplicadas con las de los propios Estados y una Comisión a las órdenes de los poderes financieros y las grandes corporaciones.

    Se ha abierto una gran brecha en una UE que ha dado la espalda a sus pueblos, que no tiene unidad política, ni constitución, ni poder ejecutivo y sin otro objetivo que servir de instrumento mercantil y especulativo. Ya no está Adenauer en Bonn ni de Gaulle pasea por los Campos Elíseos, ahora algunos se atreven a llaman PIGS, (Portugal, Italia, Grecia, Spain) cerdos en inglés, a sus aliados del Sur, mientras otros, y otra, quieren gobernarnos a todos sin pedirnos permiso.

    Esta no es la Europa que deseábamos los españoles.

     

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