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Si no hacemos nada, hasta los muertos, convertidos en fantasmas con birrete blanco, emergerán de las tumbas para exigir justicia.


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  • 13
    Octubre
    2013

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    LA INMIGRACIÓN Y LOS HIPÓCRITAS

     Las imágenes de los inmigrantes muertos cuando intentaban llegar a la isla italiana de Lampedusa han vuelto a situar sobre la mesa un problema extraordinariamente grave, que afecta a muchos países de Europa y que amenaza con poner patas arriba el entramado político-social que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial.

     

    Para algunos países europeos el fenómeno no es reciente, tanto Francia, como Reino Unido han tenido millones de inmigrantes hace ya bastantes años, los galos los recibían principalmente de Argelia y los británicos de sus excolonias, sobre todo asiáticas. También había una inmigración de gente que viajaba dentro de la propia Europa, como bien sabemos los españoles, que iban de los países menos desarrollados a los que tenían las economías mas pujantes. España y Turquía aportaron miles de trabajadores a Bélgica, Holanda, Francia y Alemania.

    Aquella inmigración intereuropea, como ha ocurrido en la mayoría de los casos a lo largo de la historia, tenía un carácter puramente económico, las personas no dejan sus casas y su tierra si no es para buscar un futuro mejor, pero la mayoría de aquellas gentes regresaban a sus países de origen después de unos años de grandes sacrificios para hacerse con un pequeño capital. Ese factor y el desconocimiento del idioma y las diferentes costumbres, influyeron bastante en la escasa integración social de esos emigrantes que, como he dicho, lo fueron solo temporalmente y que, por tanto, no provocaron tensiones culturales o étnicas importantes.

    Pero, lo que estaba ocurriendo en Francia y en Gran Bretaña era muy distinto. Allí había millones de inmigrantes sin trabajo que habían llegado para quedarse y que, además de ser una sangría creciente para las arcas de las distintas administraciones de los Estados, tampoco se integraban social ni culturalmente, proliferando los ghetos en los barrios de las grandes ciudades de donde eran expulsados los vecinos nacionales. En los años 70 ese fenómeno ya se estaba produciendo en ciudades como París o Marsella y sucedía de la siguiente manera: a una comunidad de vecinos llegaba una familia argelina con muchos miembros, que enseguida empezaban a causar problemas a los demás pisos de ese portal y a los comerciantes del lugar, que sufrían hurtos continuamente. Cuando algún vecino, harto, se mudaba a otro barrio, otra familia magrebí ocupaba ese piso, que, lógicamente, tenía ya un alquiler mas barato. Lo mismo sucedió con el pequeño comercio. Así se transformaba primero una manzana y luego barrios enteros. En España, aunque en algunas ciudades han pasado cosas parecidas, el proceso fue diferente. En los últimos 10 años hemos recibido una verdadera avalancha de inmigrantes en una cantidad que ningún país europeo ha soportado (cerca de 6 millones). Al contrario de lo que sucedía en otros sitios, aquí la mayoría eran indocumentados que pasaban a engrosar un verdadero ejército que era explotado en la economía sumergida, presionando a la baja los salarios y las condiciones de trabajo. No pagaban impuestos, pero disfrutaban de los servicios sociales y asistenciales. Llegaron ingentes cantidades de marroquíes, búlgaros, rumanos e hispanoamericanos, muchos de los cuales lograron un nivel de integración mayor que el que se había producido en otros lugares de Europa. Incluso hay un alto porcentaje que sirve en nuestras FF AA. Otros, sin embargo, como los subsaharianos o las decenas de miles de prostitutas procedentes de distintos países, constituyen un mundo aparte que es dominado por las mafias.

    Cundo se instaló la crisis económica todo cambió. Ya no hacía falta mano de obra barata sin cualificar. Algunos inmigrantes regresaron a sus países, pero otros, los mas pobres entre los pobres, siguieron llegando, procedentes en su mayor parte de países africanos y asiáticos asolados por las guerras que ha promovido y promueve Occidente. Es curioso, sino fuera por sus riquezas naturales, como en África, un continente en el que solo hay un país, Sudáfrica, que tiene una modesta industria bélica, la gente puede estar armada hasta los dientes.

    La falta de perspectiva y la ligereza con que se ha tratado este asunto va a deparar desagradables sorpresas en Europa. En Francia, por ejemplo, la ultraderecha que lidera la hija de Le Pen, Marine, ya es la primera fuerza política en intención de voto.

    Deberíamos ser conscientes de que una gran parte de las lágrimas derramadas ante los féretros de Lampedusa eran de hipócritas cocodrilos.

     

     

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