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  • 09
    Agosto
    2013

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    C'EST VIRGINIE

     

    LUANCO.- A veces las inclinaciones que cada uno tiene por tal o cual personaje, no son exclusivamente por la admiración que despierta su cometido o labor que realizan. Ese tipo de sentimiento, se va tejiendo por actitudes a veces lejanas o colaterales, a la actividad por lo que son conocidos. Un ejemplo gráfico de lo que quiero decir es el caso de Nadal; son muchos los no aficionados al tenis que admiran al manacorí,  por su conducta y valores fuera de las pistas.

    Uno tiene sus debilidades por jugadores que no figuran entre la crème de la crème; eso no quita, ni mucho menos, un ápice de admiración por los top. Si les digo que prefiero ver un partido de Monfils antes que uno de Berdych, muchos me tacharán casi, casi de hereje ¿Pero qué quieren que les diga? Me identifico más con el concepto lúdico que tiene Gael del tenis, que el académico, plano y hasta cierto punto previsible del checo.

    En ocasiones a alguien que figura en tu particular top de los que no ves un partido de ellos si no es por imperativo profesional, acabas siendo un fan de él y te alegras de sus triunfos como si uno de tus favoritos se tratara; hablo concretamente de Ivo Karlovic, su tenis no me gusta en absoluto; es más me aburre. Mi conversión a la causa del croata no es otra que por su actitud ante la adversidad en forma meningitis, que felizmente superó y volvió a sentirse tenista e incluso ganar el ATP de Bogotá hace escasas semanas.

    Pero si existe un personaje por el que tengo una especial devoción en por la jugadora Virginie Razzano. Quizá esta querencia venga por haber hecho la mayor parte de mi carrera profesional en Francia o porque ella me ha hecho vivir uno de los momentos más emotivos que he tenido en mis más de treinta años deambulando por las pistas de tenis, bien jugando, entrenando o de comentarista como en la actualidad.

    Aquella tarde de la primavera parisina del 2011, fue la Marianne  de todos y cada uno de los espectadores que abarrotamos la pista aquel día,  identificados con el símbolo de los valores de la Republica encarnados en la figura de la tenista, que pocos días antes de fallecer su entrenador y pareja sentimental, Stéphane Vidal, a causa de un tumor cerebral, le había pedido que pasase lo que pasase debía jugar en Roland Garros.  

    Virginie salió a la pista, cinco días después de enterrar a Stéphane, cumpliendo así la promesa hecha y luciendo a la altura del corazón un lazo negro en recuerdo y homenaje del que tantos años fue su mentor y compañero. Ese coraje fue recompensado con la mayor ovación que recuerdo en el estadio de los aledaños de La Porte d’Autuil.

    Estos días la francesa está participando en la gira de verano en EE.UU, previa al US Open, último Grand Slam del año, en el  WTA-Premier de Carlsbad, ha cosechado su mejor resultado de lo que se lleva de temporada, llegando a semifinales donde cedió ante Samantha Stosur, a la postre campeona del torneo, no sin antes batir a jugadoras dentro del top-30 como son Svetlena Kuznetova, nuestra Carla Suárez y la 7ª jugadora del mundo Petra Kvitova.

     

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