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Antonio Romero

Sobre este blog de Sociedad

Explorando los rincones de España en sus paisajes, caminos, pueblos o ciudades. Historia, arquitectura, naturaleza, cultura o gastronomía de norte a sur y de oeste a este.


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  • 01
    Noviembre
    2016

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    viajes
    Canal de Castilla

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada

    Cuesta entender el Canal de Castilla. Asomarse a su historia es como hacerlo por primera vez a su horizonte de agua sin fin ni explicación.

    Esta especie de río artificial, construido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, fluye aún por las provincias de Palencia, Valladolid y, en un breve tramo, por la de Burgos, y es quizás la obra civil más desconcertante y olvidada de España.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Vista de un tramo del Canal de Castilla. Foto: A.R.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Una de las esclusas ovaladas. Foto: A.R.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Un fábrica abandonada junto al canal. Foto: A.R.

    Mucho antes de la primera autovía, España copió la idea que otros países ya habían desarrollado proyectando un canal de agua en plena meseta en busca de una salida al mar para el trigo y otros productos agrícolas. En barcazas, los excedentes debían llegar hasta Reinosa, en Cantabria, y de allí a la costa en carretas para su comercio por mar.

    El plan se forjó durante el reinado de Fernando VI, con el impulso del Marqués de la Ensenada y bajo la dirección del ingeniero Antonio de Ulloa.

    Aunque hoy a la prima de riesgo le daría la risa, el canal nació como un proyecto revolucionario de la Ilustración, clave para la economía del país por las dificultades para el transporte por tierra.

    Pero el sueño ilustrado acabó enterrado por los retrasos en su ejecución y al final por el tren, que lo convirtió rápidamente en pasado. Los alrededor de 400 kilómetros planeados, hasta Segovia, se quedaron en algo más de 200, formando tres ramales, una especie de ‘y’ invertida con los extremos en Alar del Rey, en Palencia, al norte –donde toma las aguas del río Pisuerga–, y Medina de Rioseco y Valladolid, al sur. El canal se bifurca hacia sus dos destinos meridionales en un paraje cercano a Palencia. Antes, en Calahorra de Ribas, se nutre del caudal del Carrión. En todo su recorrido, el cauce de agua oscila entre una anchura de 11 a 22 metros y una profundidad de 1,80 a 3 metros.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Campos de cereal junto al canal, un paisaje constante Foto: A.R.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Vista de un tramo del canal junto a Calahorra de Ribas. Foto: A.R.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Mecanismo de la compuerta de una de las esclusas. Foto: A.R.

    Pese a todo, el canal sí llegó a usarse como vía de transporte y también como fuerza para molinos y fábricas, hasta quedar después apenas como canal de riego. Hoy, reconocido como Bien de Interés Cultural y Conjunto Histórico Artístico, la obra y el tiempo han deparado un espacio y un paisaje singulares.

    La mejor manera de explorarlo es, seguramente, a pie o en bici, mi opción preferida, pese a que hay ofertas para conocerlo en recorridos de barcos turísticos, en piragua o hasta en burro. Hoy es posible hacerlo por los caminos de sus riberas, los llamados caminos de sirga, desde donde las mulas, la primera fuerza motriz del canal, arrastraban con cuerdas las barcas que lo surcaron algunos años.

    Por eso el Canal de Castilla es, quizás sobre todo, un camino, una gigantesca vía verde, en su mayor parte un oasis lineal en medio de la inmensidad de los campos de cereal y del cielo de Castilla.

    Sobre el lento y opaco flujo de agua, el camino se extiende durante gran parte de su recorrido a la sombra de álamos, sauces, chopos o fresnos que han crecido junto a la vegetación de ribera, exuberante muchas veces frente a las tierras de secano.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Camino junto al Canal de Castilla. Foto: A.R.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Una de las esclusas del canal. Foto: A.R.

     El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Vegetación junto al canal cerca de Medina de Rioseco. Foto: A.R.

    Pero la grandeza de la obra se descubre, quizás sobre todo, en sus esclusas, sus verdaderos iconos. Cuarenta y nueve de estos ascensores de agua, de una o hasta de cuatro alturas, permitían a las barcazas salvar los desniveles del terreno. Diseñadas y construidas con piedra de sillería, jalonan el recorrido casi integradas en el medio, y hoy, testigos del fluir el agua y poco más, conservan un magnetismo especial con su misterio hidráulico.

    Siguiendo el canal, el paisaje se vuelve fantasmal por momentos en la soledad de los molinos y las fábricas de harina hoy en ruinas o junto a las antiguas casas de los escluseros. Pero siguen ahí los puentes sobre el canal y también los puentes sobre los que el canal, de repente, se convierte en acueducto -un acueducto navegable-, como el espectacular ejemplo de Abánades, en Melgar de Fernamental.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    El acueducto de Abánades, todavía navegable. Foto: documental 'Canal de Castilla. El sueño ilustrado'.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    La esclusa cuádruple de Frómista, con peregrinos a Santiago. Foto: A.R.

    El Canal de Castilla, por la ruta de una obra olvidada
    Atardecer el Támara de Campos, en el entorno del Canal. Foto: A.R.

    Más al sur, cerca de Frómista, el canal comparte recorrido con un camino diferente: el de Santiago. Es el cruce del 'camino de la razón' y el 'camino de la fe', según las palabras del escritor Raúl Guerra Garrido, quien seguramente mejor lo ha descrito.

    Antes de asomarse a la única esclusa cuádruple, en este tramo se rompe la absoluta paz del canal por el éxito de la ruta jacobea. Pero basta continuar para reencontrarse con su abandono. El Canal de Castilla sigue como un túnel verde abierto en la meseta, y también como una puerta a tantos pueblos olvidados en su entorno, muchos consumiéndose lentamente a pesar de su patrimonio en el ocaso rural castellano.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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