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Francisco Fresno Fernández

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  • 10
    Enero
    2014

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    EL ARTISTA, UN GRAN BIEN SOCIAL

    No siempre se manejó el concepto de arte y artista como hoy. Desde el Renacimiento para acá este concepto añadió otro valor a lo gremial y a lo artesano. Pero para el caso da igual. Sin artistas no hay arte. Y sin arte quedaría muy reducido lo humanístico.

    Una forma de ver el papel y la relevancia del arte, y en consecuencia de los artistas, es el de imaginarlo todo en negativo, como ausencia. Imaginemos que desde la Prehistoria nunca hubiera habido representaciones gráficas ni simbólicas, ni metáforas como traslaciones mentales comparativas, ni las formas que dibujó nuestra conciencia al vernos diferenciados de nuestro entorno.

    Dando un gran salto desde nuestros orígenes hasta hoy, imaginemos solo algún ejemplo, como las religiones sin su imaginería, o los organismos oficiales y las empresas sin logotipo alguno, o una ciudad como Madrid sin el Museo del Prado y sin el Reina Sofía, o Bilbao sin el Guggenheim.

    Sin todo ello, y sin muchísimo más, tampoco existirían las galerías de arte, ni las casas de subastas, ni los curators, ni la crítica de arte, ni las imprentas imprimiendo catálogos de exposiciones, ni los transportistas trasladando obras de arte , ni las aseguradoras asegurándolas, ni facultades de Bellas Artes, ni escuelas de Artes Aplicadas, ni los profesores de arte, ni todos los proyectos de arquitectura para edificios vinculados a lo artístico, ni empresas constructoras que los construyan, ni otras empresas y profesionales que los mantengan, ni eléctricas suministrándoles luz, ni equipos directivos dirigiéndolos, ni administrativos administrándolos, ni ordenanzas, ni guías, ni muchos movimientos turísticos con sus viajes y estancias...

    Y sin embargo, socialmente está aceptado como normal que la mayoría de los artistas ni siquiera vivan de sus creaciones a lo largo de su existencia, y que en los escalafones y jerarquías del mundo del arte muchos se les suban a las barbas utilizándonos como mero pigmento de su paletas para hacer sus mezclas de poder y vanidades, y de autoridad muy mal entendida...

    Todo ciudadano es un bien social si cumple bien con sus funciones personales, intelectuales, familiares, ciudadanas, educativas, profesionales, políticas, éticas, etc. Pero parece claro que los artistas somos, sin lugar a dudas, un gran bien social desde el principio de los tiempos, empezando por las aportaciones a la evolución del desarrollo humano en lo cognitivo y en la conexión de las inteligencias (habilidades), en lo simbólico, en lo expresivo, en lo técnico, en la creación de nexos para el grupo, en la educación de la mirada, en la apertura y ensanchamiento de otras extensiones de la realidad y su percepción... Pero también, cómo no, en un gran territorio de lo social, pragmático y económico. Pensemos en cuántos empleos y cargos desaparecerían si nunca hubieran existido los artistas, los directos y los indirectos. Y aún así, en demasiados casos, se nos considera en la práctica como los últimos de la fila, con las jerarquías cambiadas en los tinglados de todo lo que se mueve alrededor del arte.

    También hubo y hay excepciones: mecenazgos, apoyo, apuestas, difusión, entendimiento y complicidad cercana por una parte de la ciudadanía sin la que no sería igual el campo de la creación. Sin embargo, aún así, el artista con demasiada frecuencia suele pagar un alto precio al encontrarse profesionalmente mal nutrido de por vida, sin contar con los mínimos reconocidos de otras profesiones, y en algunos casos con el contraste perverso de los grandes negocios millonarios que se hacen con él después de muerto. Pero no piensen en Van Gogh, que al menos tuvo el privilegio de contar con un hermano que lo escuchaba y mantenía. Piensen mejor en las parafernalias y los espectáculos actuales que llenan los escaparates de banalidades para que la verdad y el arte de los hermanos no se vea.

     

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