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Toño Suárez

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  • 28
    Junio
    2016

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    Oviedo Deportes

    Acribillemos al pianista

    En el indómito y lejano far west, esa época de la historia americana que conocemos mejor que nuestro propio pasado, la expresión “no disparen al pianista” se usaba como advertencia a los del gatillo fácil, que no gatillazo, para que no pagaran sus desvaríos con el esforzado artista que amenizaba con su instrumento la noche a los parroquianos del chigre de moda. Bien es cierto que, en la mayoría de los casos, el músico tenía tiempo para salir huyendo indemne del escenario cuando la cosa se ponía fea, quedándose el desmán en un par de agujeros o tres al instrumento y un pequeño susto en el cuerpo.

    Acribillemos al pianista

    En el fútbol, esa deferencia con los artistas no está contemplada, no pegamos tiros al aire, intimidatorios, ni tiritos de una noche de verano loca: aquí tiramos a matar al pianista: y sin Sergio Ramos entre los del fusil, no vaya a ser que mande el disparo a las nubes y tengamos que aguantar unos añitos más al ejecutable; con Vicente Del Bosque no se podía hacer una excepción. Teniendo en cuenta esa sentencia no escrita de que un futbolista, o un entrenador, vale tanto como lo que haya hecho en el último partido, y que como cobran un pastizal, que generan ampliamente en la mayoría de los casos, tienen que aguantar carros y carretas: exigencias variopintas que van desde el juego excelso y sostenido indefinidamente en el tiempo, cargar a sus espaldas con las miserias de un País cuya única válvula de escape son sus goles o contemplar un comportamiento virginal fuera de la cancha ya que dentro, como es bien sabido, el engaño, la trampa y el desprecio por el juego limpio es cosas de ”los más listos de la clase”; son el espejo en el que se miran muchos, quizá demasiados: pero ¿se le ha preguntado a algún futbolista alguna vez si quiere ser ejemplo de algo para alguien?

    Yo no tengo nada que reprochar a Del Bosque, al contrario. Tengo que agradecerle el día más feliz de mi dilatada vida como deportista de salón; quizá siendo ventajista, una variedad muy abundante en esta nuestra fauna futbolera, le diría a toro pasado que debió abandonar el equipo tras el Mundial de Brasil, aunque siga sosteniendo que si él se vio capacitado para dirigir el cambio de rumbo del equipo, se había ganado con creces el derecho de hacerlo.

    En cambio, ese sector de la población futbolera global que no perdona, que se sienta un fin de semana delante del televisor tragándose sin piedad partidos de la liga inglesa, francesa, holandesa… y que piensan que por conocer muchos nombres impronunciables de futbolistas saben algo de fútbol, esos que se tocan hasta quedarse ciegos pensando en Pirlo pero que nunca verán en sus vidas a un jugador tan excelso como Xavi Hernández, se caerán del guindo dentro de treinta o cuarenta años cuando cuenten a sus nietos las hazañas de esta Selección irrepetible y que hoy minusvaloran, esa España que según muchos “no les representa”. Es lo que tiene ganar años: perder pelo y volverte loco por todo lo que huele a naftalina en el desván de tu cerebro.

    Pero seamos serios y comprensivos: ciertamente el fútbol de sofá o de grada, el fútbol de bar, no está concebido para la reflexión ni para la justicia, la calma ni la sobriedad de un análisis sostenible: está pensado para sentir a mil por hora y por ello es tan irracional. Y tan adorablemente desagradecido. Mal que nos pese a algunos, nos hemos acostumbrado a leer cómo se maltrata a Vicente del Bosque sistemáticamente, siempre desde la derrota eso sí.

    Se menosprecia su labor al frente de la Selección, un equipo heredado ( como si no lo fueran todos) y que el salmantino se limitó a destrozar ganando sólo una Eurocopa y un Mundial (¡bendita manera de llevar al desguace a un equipo, pardiez!) lanzándole, entre otras cosas, a Luis Aragonés como arma arrojadiza a la cara; si, niños, Luis Aragonés: aquel al que la Nación entera (también vosotros) linchó sin piedad ni miramientos y colgó de la copa de un pino por los pulgares, mientras miles de hienas le mordisqueaban los dedos de los pies, porque su España pre campeona de Europa no arrancaba ni tirando de starter. Al de Hortaleza le acribillaron el piano, el bombín, el puro y la pajarita aunque luego se apresuraran a rellenar con masilla los agujeros. Como se los rellenarán a Vicente Del Bosque cuando el que venga le haga mejor o cuando la nostalgia de los triunfos, que tardarán en volver, ponga a cada uno en la rivera correcta de la historia.

    Acribillemos al pianista

    Consolémonos, no obstante: la estupidez del aficionado es cosa global y no propiedad exclusiva de unos cuantos: Argentina, sin ir más lejos, lleva clamando contra el mejor jugador del Planeta desde hace años porque piensa que con la Albiceleste no rinde al mismo nivel que con el F.C Barcelona, que no siente los colores, que es un pechofrío. Hoy se les hace el culo gaseosa solo de pensar que Leo Messi no volverá a vestir la camiseta argentina tras perder la final de la Copa América frente a Chile.

    Aquí, mientras tanto, nadie echará de menos a Vicente del Bosque cuando se vaya, el más capacitado para sustituir a Luis en su momento y todo un caballero en los banquillos y fuera de ellos, una actitud totalmente fuera de contexto hoy por hoy, lamentablemente: pero dejen al menos que el pianista se vaya del escenario con dignidad, ovaciónenlo con respeto y recuerden su actuación por lo mucho que nos hizo disfrutar su espectáculo, no por un par de bises que, quizá, no vinieran demasiado a cuento. Si lo piensan con un poco de calma, igual no es mucho pedir.

     

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