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Toño Suárez

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  • 05
    Septiembre
    2016

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    Oviedo Deportes

    Cien pesetas, un euro

    El mercado de verano se ha ido y nadie sabe cómo ha sido. La Premier League inglesa se ha gastado unos 1400 millones de euros gracias, como todos sabemos, a un reparto más equitativo de los derechos de televisión entre los equipos. Cuando saltó la noticia del nuevo contrato que se estrena esta temporada en el fútbol de las Islas, yo hacía mis pinitos en la radio regional. Nos preguntábamos en antena el maestro Chisco García, Don Juan Gancedo y un servidor qué sería del fútbol cuando las libras entraran a espuertas en las cuentas corrientes de los equipos de la mejor liga del mundo. Pues ahí lo tenéis: serie media a dolor, a precios desorbitados, y algún que otro fichaje a precio de oro de futbolistas altamente sobrevalorados. Aviso a navegantes con tendencias a tirarse a la yugular: esto es opinión, no información.

    Una de las pocas cosas buenas que ofrece al consumidor las vacaciones forzosas es que te permite abandonar el Lexatín de las 12 en la oficina y cambiarlo por una caña, una terraza de verano en un bar y un periódico: el cambio es notable como a buen seguro todos alcanzareis a comprender; si a todo ello unes el hecho de que puedes gozar de la compañía que te venga en gana, aunque sea la tuya propia, la cosa solo puede tener una tendencia lineal a mejorar por momentos.

    Ese mediodía todo eran risas y paz interior hasta que el amable camarero me comunicó, vía ticket manuscrito, que mi felicidad tenía un precio: concretamente 5,50€ de vellón. El desmán consistió en una caña, un mosto (y eso que lo pedí sin hielo que, estando Groenlandia hecho unos zorros como está, imaginé que pedirlo encarecería el producto) y una bolsa con cuatro patatas fritas mal contadas. Lo curioso del caso es que muchos pensareis que el dispendio me salió regalado porque en el bar de la esquina de vuestra casa, el mismo menú os sale por un par o tres más de “leuros”. Así que, después de todo hasta te quedas contento porque tienes la sensación de que el festín tuvo un precio regalado. Y es que al final, putas y poniendo la cama, como diría un amigo mío que acabó cura; afortunadamente en aquellos años no existía twitter y de estas y otras celebradas frases suyas no queda rastro, aunque el arzobispo separara las aguas del Mar Rojo para encontrarlas.

    Hace muchos años, cuando Sepp Maier ocupaba aún el marco del Bayern de Munich, los que jugábamos queriendo parecernos a él, no preveíamos que en el futuro los jugadores de fútbol pasarían de ser referencia en la que mirarse a meros objetos sujetos a compra/venta al mejor postor. Nos echamos las manos a la cabeza con los emolumentos que se mueven por sus contrataciones sin tener en cuenta que uno vale lo que otro esté dispuesto a pagar por él: ni más ni menos. Y como somos especialistas en organizar las finanzas de los demás, tendemos a quejarnos porque abandonan unos colores por culpa del vil y bochornosos dinero, cosa que jamás haríamos los demás bajo ninguno de los conceptos: ¿os imaginaís abandonando vuestra empresa del alma por otra que os solucionara la vida, económicamente hablando? Algo completamente inviable, sin duda. Teniendo en cuenta que los que van a vivir de las rentas del fútbol durante toda su vida son habas contadas, que los esforzados de la ruta intenten sanear sus cuentas para tener un futuro más despejado tras finalizar sus cortas carreras profesionales, es una falta de respeto para el aficionado de la grada norte, el de la sur, el de la este y, como no el de la oeste.

    Es una cosa notable cómo hemos interiorizado que los precios hayan subido de una manera tan extraordinaria, cómo hemos modificado nuestra forma de caminar con ella tan adentro y cómo lo haremos cuando nos la metan aún más.En mis años de bachiller en el bar Dolar de la Plaza Porlier, Alfonso y Clara nos permitían ser más felices por mucho menos: un vaso de Casera compartida para cuatro o cinco mientras pasabamos la tarde jugando al subastado y, además, nos ofrecían la posibilidad de llevarnos mil pesetas gracias a una máquina demoniaca que había colocada en el fonde del bar, una especie de petaco con unos cartones de bingo que había que completar siguiendo una secuencia determinada; cuando el premio caía (el talego; no confundir con el talego Bartolo, modalidad de hacer el ridículo que ya os contaré otro día) podíamos permitirnos el lujo de adquirir hasta un paquete de Marlboro y abandonar momentáneamente el trujas que comprábamos a granel en las tiendas de chucherías, por una peseta…y aún te sobraban 875: el rey del mambo era tan miserable a tu lado que incluso tenías que acabar pagándole las cañas al muchacho: angelito.

    Cien pesetas, un euro

    Somos tan adaptables, moldeables, maleables quizá porque no nos queda más remedio y, también por ello quizá, cargamos contra esos que sí pueden elegir un destino laboral aquí o en la Conchinchina, en el equipo de sus amores desde que su tío lo hizo socio nada más nacer.

    Todavía sigo pensando si le debía algo al camarero de alguna otra vez que hubiera parado por el bar y se me olvidara pagar porque aún estoy escandalizado. Como me niego a institucionalizarme, abandonaré esa terraza en busca de otra que me mime más y que, aunque me la acabe metiendo hasta atrás que sea, al menos, con cariño.

     

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