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Toño Suárez

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  • 16
    Marzo
    2016

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    Oviedo Deportes

    CITIUS, ALTIUS, FORTIUS

    Que tire la primera piedra el que nunca se haya emocionado viendo a un ciclista subiendo como un misil por un desnivel imposible, una de esas cuestas que solo de percibirlas desde el sofá del salón provocan un desfallecimiento infinito, dejando atrás uno a uno a todos sus rivales tras un ataque violento, seco, letal. Pocos momentos hay tan intensos en el deporte para el espectador como cuando se perpetra un demarraje a gran escala, sin nocturnidad pero con mucha premeditación y toneladas de alevosía. Un deporte éste del ciclismo en el que, como en muchos otros órdenes de la vida para los que ya disfrutamos de una cierta edad, el pasado siempre fue mucho mejor.

    CITIUS, ALTIUS, FORTIUS

    La noticia estallaba con estrépito hace unos días en los medios de comunicación: la camorra había manipulado los resultados de unos análisis de sangre hechos al ciclista Marco Pantani, al parecer por un asunto de apuestas, para que diera positivo por niveles no permitidos de hematocrito en sangre y fuera expulsado del Giro del 99. En aquel momento, el italiano era líder destacado de la prueba tras ganar cuatro etapas, lo que le situaba a más de cinco minutos del segundo clasificado. El posterior contra análisis realizado confirmó un positivo amañado que acabó con la carrera del que fue el mejor escalador de su generación. El final de la triste historia que El Pirata vivió a raíz de aquel suceso culminó con su muerte en la habitación de un hotel de Rimini en febrero de 2004.

    La exigencia con la que cargamos a nuestros deportistas es desproporcionada, insana. Todas nuestras frustraciones, nuestra rabia acumulada por un día a día que nos rebasa, todos los sueños rotos de lo que quisimos ser pero no pudimos conseguir descansando sobre los hombros de unos ídolos con pies de barro, con los que nos identificamos en la victoria que celebramos como nuestra y repudiamos con vehemencia en la derrota, un hecho, tanto uno como otro, demasiado casual, demasiado fortuito: un segundo, un milímetro, un juez, una mala decisión tomada en un momento de máxima tensión, un golpe de viento…; demasiados parámetros incontrolables que hay que tener en cuenta antes de salir con los tanque a la calle.

    El forofo existe. Y si no existiera habría que inventarlo. Los propios deportistas lo demandan y sin ellos este negocio llamado deporte no tendría ni sentido ni razón de ser. Se alimenta por y para ellos. Pero: ¿Dónde está el límite? ¿Quién define las fronteras? ¿Quién nos da derecho a utilizar al deportista como diana? ¿Qué porción de responsabilidad tienen los medios de comunicación sobre el linchamiento, cuando se produce? ¿Qué pensamos cuando vemos a alguien abandonar porque no puede amoldarse al envoltorio que le hemos confeccionado? ¿Cómo deberíamos sentirnos cuando el juguete se rompe?

    CITIUS, ALTIUS, FORTIUS

    “Citius, altius, fortius”. Este lema, ideado por el fraile dominico Henri Didon y que el barón Pierre de Coubertin, padre de los Juegos Olímpicos modernos hizo suya, simboliza lo que se ha dado en llamar el espíritu olímpico. Una cita redonda, sin duda, que logra expresar con rotundidad la desproporcionada batalla que cualquier deportista libra contra sí mismo y contra sus rivales por llegar a ser más rápido, más alto y más fuerte. Quizá tendríamos que darle una vuelta a la cita para ver si el sentido original de la misma coincide fielmente con lo que ahora entendemos como deporte.

     

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