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Toño Suárez

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  • 17
    Marzo
    2017

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    Oviedo Deportes Guardiola Manchester City

    El pavor del mediocre

    Cuando los carroñeros del teclado español inyectaron todo su veneno escrito a dos dedos en la yugular de Pep Guardiola tras la eliminación de su Manchester City a manos de un Mónaco infinito en la última eliminatoria de la Copa de Europa (espero se me permita la licencia romántica) reafirmó mi certeza de que en este País se lleva muy mal el talento ajeno, se traga mucha bilis con el éxito del vecino y se llega a disfrutar más con la derrota ajena que con la victoria propia: llamar fracasado al técnico catalán tras su eliminación en octavos de final es solo un ejemplo de que, cuando se saca a pasear la guadaña sin control el que queda en evidencia es el segador, el medio que le da la munición y los palmeros que no ven más allá del resultado puntual ni de sus enormes narices.

    El nuestro es un problema educacional que viene de lejos. Somos una generación a la que no le enseñaron que un niño que rellena los márgenes de la hoja de su tarea de matemáticas con dibujos alucinantes de mundos en los que ya estuvimos pero que no recordamos, no se merece una reprimenda porque los “pájaros” que tiene en la cabeza no le dejan centrarse en las sumas y las restas y sí un estímulo para que esos fantásticos dibujos que genera su cabeza y que su mano puede llegar a plasmar de una manera tan fidedigna salgan a borbotones, sin que nada ni nadie le reprima. El talento no debe ser una amenaza a nuestras vidas de nueve a dos y de cuatro a seis si no la ventana a la que debemos asomarnos a respirar cuando nos sintamos ahogados. Nuestra ventana o la del vecino si se respira mejor allí.

    El pavor del mediocre

    El talento de Guardiola es el fútbol: lo tuvo como jugador y lo elevó a su máximo exponente desde el banquillo. Y, por mucho que intentéis engañaros, por mucho que os joda en vuestro fuero interno, por mucha bilis que traguéis, vocingleros de bufanda y zapatillas, jamás volveréis a ver jugar en vuestras grises vidas a un equipo de fútbol como lo hizo el Barcelona de Guardiola. Y no hay vuelta de hoja. Os negasteis a disfrutarlo y, mientras los demás lo veíamos y no lo creíamos vosotros, hombrecitos, esperabais callados en la sombra aguardando a que tropezara para poner en tela de juicio su destreza.

    Aprovechad el aire fresco que pronto volveréis al subsuelo y allí, se respira peor.

     

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