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Toño Suárez

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  • 20
    Abril
    2016

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    Oviedo Deportes

    El tercer tiempo

    Desde que las ruedas de prensa posteriores, y anteriores, a los encuentros de la máxima se han convertido en una parte fundamental del show bussines en el que se ha convertido el fútbol, vivimos en un completo sinvivir. No sé cuando éramos más felices: si cuando leíamos un estricto resumen de las declaraciones más interesantes de los protagonistas arrinconado en una esquina de la prensa diaria o ahora, que tenemos la opción de verlas en directo, en diferido, enlatadas, transcritas e interpretadas, en forma de editorial y editadas, con comentarios del Director.

    Las ruedas de prensa están de moda: y nosotros, con estos pelos. En este nuevo escenario, en el que al parecer no solo se suman puntos extra dependiendo de la labia del protagonista, sino que también se restan al rival en función de lo incendiario de sus declaraciones, se mueve como pez en el agua ese nuevo tipo de periodismo que espera como agua de Mayo el desliz del protagonista, esa palabra altisonante, ese titular fácil que te solucione unos minutos de programa cuando la actualidad no acompaña. Y, si no, se provoca.

    El tercer tiempo

    Los entrenadores y los medios juegan su tercer tiempo en la sala de prensa. Analizan, desmenuzan, sueltan lagrimillas de cocodrilo, si se tercia; algunos ironizan, provocan… y los más lo intentan; conceden importancia de líder al siguiente rival, aunque sea el equipo de casados, que se diferencia del de solteros, en que está algo más fondón. Desvían la atención del baño y masaje recibido en el rectángulo culpando a los imponderables, las inclemencias o al anticiclón de las Azores, depende de por dónde sople el viento y de lo exigente de un auditorio tan acostumbrado al caviar que ya no tolera el pan aunque las penas con él sean menos, ya se sabe. Y, mientras tanto, las grabadoras echando humo.

    Alguno es desagradable, incómodo o maleducado. Y el periodista se rebela y se ofende. Y empieza otro juego. Se olvidan las columnas vomitadas contra el protagonista cuando las cosas no iban del todo bien y comienzan los golpes de pecho, los pedidos masivos de cascos anti metralla para acudir a la cita semanal y, en algunos casos, los insultos contra el que denuncias que te insulta, normalmente cuando se carece de otros argumentos más coherentes y articulados. Y el bucle no se detiene, infinito.

    Llegó el punto en el que lo aceptamos, lo jaleamos o lo detestamos, porque ya forma parte del juego. Aceptamos que ambos mundos se necesitan y nos adherimos tomando partido activo en redes sociales, poniendo, quitando, subiendo, bajando, encumbrando o dilapidando en cuestión de segundos. Son los tiempos en los que nos toca sobrevivir, algo más complejos que aquellos en los que lo único que nos preocupaba era la salud de la lírica.

    Germán Coppini lo sabía.

     

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