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Toño Suárez

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  • 09
    Marzo
    2016

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    Oviedo Deportes

    LONDON 0 HULL 4

    Con este título enmascarado bajo la apariencia del marcador final de un partido de fútbol, debutaban para el gran público, en formato Lp, The Housemartins, un grupo de música británico florecido en la localidad de Kingston Upon Hull y que adquirió cierto reconocimiento mediático allá por mediados de los años 80. A pesar del marcado componente futbolístico del título, y sin poder negar que lo hubiera, aquel resultado no escondía otra cosa que el orgullo, convertido en infantil socarronería, de aquellos muchachos de la costa norte de Inglaterra, por albergar en su ciudad (eso decían), al menos, cuatro grupos musicales con mayor talento que los que en aquel momento sonaban en Londres: ellos mismos, Everything But the Girl y otros par de ellos más, de cuyo nombre no quiero acordarme, más por desconocimiento que por falta de memoria.

    Al final, aquella abultada victoria se quedó solo en el título de un buen puñado de canciones con gancho, reunidas en un vinilo a 33 rpm. Aquellos chicos que cantaban a capella como nunca nadie supo hacer en Londres y que continuarían su carrera musical unos cuantos años editando un manojo más de discos, tuvieron su cuota de gloria, su mercado, su momento, su minuto warholiano siempre ensordecido, eso sí, por las notas que llegaban más altas y más claras desde la capital o desde Manchester. Momentos puntuales de ensueño que se olvidaban con la misma rapidez con la que llegaban.

    El deporte español ha vivido, en estos últimos años, una época dorada de triunfos. Un País que ha padecido muchos años a la sombra de los múltiples fracasos que nos regalaba el deporte rey al que solo le daba la espalda en momentos puntuales, esos momentos en los que el enésimo fiasco balompédico nos hacía despertar de nuestro cacareado triunfo anticipado y dirigir nuestros anhelos de triunfo hacia otras selecciones nacionales menos rimbombantes y con menos ríos de tinta impresa derramada sobre ellas. Antes de que España saliera a la calle para celebrar un Mundial de fútbol, y también después, nuestros representantes (masculinos y femeninos) en disciplinas tan diversas como baloncesto, waterpolo, natación, tenis, natación sincronizada, pádel, patinaje artístico y otras tantas modalidades, triunfaban por Europa y ganaban campeonatos del Mundo. Como los que lograron en 2005 en Túnez y, nueve años después en Madrid, para más inri, los internacionales españoles de balonmano. Tras pasar por encima de Dinamarca en la final, una de las grandes selecciones de este deporte, cualquier niño que quisiera adquirir la camiseta de uno de sus ídolos en cualquier tienda de deportes del País, sudaría más sangre, vertería más sudor y derramaría más lágrimas al no conseguirla que cualquiera de los muchachos de Valero Rivera derrocharon para quemar eliminatorias y acabar levantando la Copa. Mención especial requiere, por lo esperpéntico del caso, la selección española de hockey sobre patines, dieciséis veces campeones del Mundo de la especialidad y otras tantas de Europa. Ninguneados, olvidados y solo recuperados en momentos puntuales de triunfo que se olvidan con la misma rapidez que llegan, como a los de Hull.

    Cuentan las crónicas (y así lo desvela la página web de información musical Ultrasónica) que aproximadamente veintidós años después de la edición del disco, el modesto equipo de fútbol local, el Hull City, ascendía a la máxima categoría profesional inglesa. En aquella temporada logró vencer a domicilio, y por el mismo tanteador de 0-1, a cuatro de los equipos londinenses que militaban por aquel entonces en la categoría: Fulham, Arsenal, Tottenham y West Ham United. Una vez más la poesía vencía a la corriente, a lo establecido, a la muchedumbre enfervorecida: y todo volvía a recobrar sentido, ese que se pierde tan a menudo en un mundo regido por un negocio que se traviste de deporte y en el que, según el maestro Jabois, “casi siempre gana la prosa”.

     

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