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Toño Suárez

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  • 05
    Abril
    2016

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    Oviedo Deportes

    Los jueves, milagro

    San Dimas decidió reencarnarse en Pepe Isbert y, envuelto en fuegos artificiales, se dispuso a obrar el milagro semanal, el jueves, en la estación del tren de Fontecilla,que lograra atraer peregrinos devotos a un pueblo al que le sobraban visitantes cuando su balneario, ahora en decadencia, estaba en su pleno apogeo. Pocas personas, ya no solo artistas, lograron reflejar tan fielmente la sociedad española de mediados del pasado siglo como hizo Luis García Berlanga, un pueblo que a base de picaresca y artimañas no siempre demasiado inteligentes, intentaba sacar la cabeza a flote y respirar un poquito de aire antes de que la férrea bota de la dictadura volviera a mandarles de nuevo, de una patada, al fondo del abismo.

     

    Los jueves, milagro

    En Leicester los milagros no se obran los jueves sino los fines de semana alternos. Y se reproducen, los que no toca, en cualquier parte del territorio inglés donde los foxes planten la pezuña. La progresión del equipo a lo largo de los últimos años, es indudable: en el año 2009, los muchachos a los que hoy dirige el técnico italiano Claudio Ranieri, jugaban en tercera división; en 2014 meneaban el balón con criterio en Championship y, un año después, a estas alturas de la película, eran últimos clasificados en la máxima categoría del futbol inglés. A día de hoy, son líderes de Premier League, con siete puntos diferencia sobre el segundo clasificado, el Tottenham, y con solo dieciocho por jugarse.

    Así las cosas, y como no podía ser de otra manera, la gesta del modesto equipo inglés está levantando pasiones en el planeta global que es el fútbol y ganando día a día adeptos para su causa. El Leicester se está convirtiendo en un soplo de aire fresco para los románticos del fútbol que ven en el equipo de la rivera del Soar un motivo en el que creer, un oasis en un desierto reseco que cada vez es más negocio y menos deporte.

    No pretendo quitarle ni un ápice del mérito que indudablemente tiene el Leicester, no se me malinterprete. Y mucho menos aún si se produce en una competición en la que, tras su transformación en el año 1992, solo han conseguido llevarse el trofeo a sus vitrinas cinco equipos distintos: Manchester United (13), Chelsea (4), Arsenal (3), Manchester City (2) y el Blackburn Rovers de Alan Shearer, Chris Sutton, Tim Sherwood y compañía, en una ocasión, con Kenny Dalglish, el único e irrepetible, a los teclados. Pero un equipo que maneja un presupuesto que, en España, solo superan los tres grandes, no cumple ese perfil de Robin Hood, que roba títulos a los grandes para dárselos a los pequeños; eso sí: para mi gusto.

     

    Los jueves, milagro

     

    Los que busquen romanticismo en el fútbol, y lo busquen en las Islas, tienen muchos otros espejos donde mirarse. Hay equipos rescatados de la desaparición con el dinero de sus aficionados, clubes que demoran el inicio de sus encuentros de liga porque faltan aficionados, retenidos en un atasco kilométrico antes de llegar al estadio o damnificados por una huelga de metro. Personas que pueblan la grada de un estadio portando bufandas con los viejos colores de su equipo, renacidas y puestas a la venta para ayudar, con el dinero recaudado, a sufragar el coste de la operación de un antiguo jugador. Aficionados de equipos de tercera y cuarta categoría que abarrotan Wembley para ver a su equipo jugar una final aunque para ello tengan que meterse, entre pecho y espalda, la kilometrada del siglo. Jornadas completas de Conference (la regional preferente española) jugadas en martes de Champions League, con los campos repletos porque lo único que les importa a esos aficionados es su equipo. Estos, y cientos de ejemplos más como estos, son el camino marcado para los que quieran seguir creyendo en un deporte que cada día es menos deporte.

    Los milagros de San Dimas comenzaron a dar sus frutos en Fontecilla y cada vez eran más los fieles que acudían a presenciarlos. Las curaciones originadas por el falso milagro, unidas, eso sí, a una serie de inesperados acontecimientos, creó un gran desconcierto entre los protagonistas del plan, terminando por perder el control de los acontecimientos y confesando la trama, aunque nadie, curiosamente, quisiera creerse la mentira. Los milagros del Leicester son buenos para el fútbol y deseamos que no se queden solo en una mera anécdota ni que se revelen como una mentira, sea piadosa o pasajera. De historia romántica tiene lo justo pero es igual de bonita.

    Esperemos que esta locura se propague por la globalidad. Difícil, pero no imposible.

     

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