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Pepe Monteserín Corrales

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  • 11
    Mayo
    2011

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    Envidia

    Nuestra envidia corroe Asturias, aunque uno jamás reconocerá ante terceros este desorden del alma. Cervantes trató la envidia en «El hospital de los podridos»; «Y tú, ¿de qué te pudres?», pregunta un enfermo a otro. Díaz-Plaja asegura que los envidiosos buscamos en el admirado algo que lo enturbie: «Qué bien escribe el h. de p...»; nuestro desahogo permite el buen concepto anterior, ¡no vamos a elogiarlo gratis! Quien más sufre la envidia, no obstante, somos los envidiosos; fatiga que medre el vecino. Pero cuidado, la envidia, advierte Machado, hizo a Caín criminal. La envidia debería ser incompatible con las causas judiciales; cuando un magistrado observara en el rostro del acusador un verde ínvido, o auscultara el dolor del bien ajeno incrustado en ese pecho, bastaría para desestimar la demanda e ingresar al miserable en el hospital de los podridos.

     

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