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Humberto Gonzali

(Figareo, Mieres, 1961) Escritor y promotor cultural


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  • 30
    Octubre
    2010

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    Xosé Antonio García y el dolorido sentir

    Xosé Antonio García y su poesía eran hijos de un lugar y de un tiempo, del Mieres de aquel entonces y de unas décadas donde el particular mundo marcado a la vera del Caudal (el Ríu Grande de los antiguos) produjo nombres importantes para la cultura de esta Asturies nuestra. Él consiguió darnos una imagen rigurosa de la humanidad y las muchas contradicciones que la pueden conformar, sin deformaciones infecundas ni artificios vacíos. Reunió, con metáforas directas y pensamientos del más logrado lirismo, la oscuridad que anida en los rincones del alma y el presagio de la destrucción. Después de su segundo poemario, Alcordances d’un home muertu, Xosé Antonio García moriría físicamente pero iba a transformarse en residente de esa eternidad primigenia que liga a los asturianos en la tierra que nos perpetúa.

     Su gusto por el latín, griego y árabe clásicos, cuando estudiaba Filología Románica e Hispánica, le facilitó un conocimiento de primera mano de numerosas obras insertadas en las más productivas tradiciones de la literatura mundial, encontrando por ello un bagaje cultural que pocos literatos en asturiano tenían en esos años y que, digámoslo también, hasta hoy pocos más se han dispuesto tenerlo. Y así, cuando se publica el excelente Cuartetu de la Criación, de la mano del Ayuntamiento de Mieres, algunos no nos sorprendimos. Xosé Antonio ya había anunciado, en las revistas “El cuélebre literario” y “Malku”, ese generoso camino, clasicista, fruto de la propia y dura experiencia y de un legado tan vigente y presente como el aire o el agua. Ese libro era poesía surgiendo a oleadas, con una vitalidad reivindicativa de la esperanza, aunque sus paisajes injertados entre el amor y el dolor transcurrían a menudo por los silencios que la duda generaba. Cuando pienso en Xosé Antonio recuerdo siempre una larga conversación nocturna que mantuvimos apoyados en la barra de un pub, en torno al platonismo en la poética de Garcilaso de la Vega y sobre la capacidad del clásico para descubrir la añoranza que la propia existencia produce. Le dimos mil vueltas a los versos que decían no me podrán quitar el dolorido sentir, si ya primero no me quitan el sentido, y el caso es que no pudimos darle final satisfactorio a los argumentos que allí nacían. Nos emplazamos para otra noche, en la misma barra de pub, pero el destino no lo quiso permitir. Pudo más la muerte y, mientras íbamos hacia el nuevo siglo, parecía que tras ella iba a llegar el olvido. No sé, o quizás sí, por qué pasamos tantos años sin reconocer la relevancia de Xosé Antonio para nuestra literatura, por qué al mismo tiempo que se loaba a lo bueno, pero también a lo penoso, como si fuese también bueno, ignorábamos su existencialista voz. Felicitémonos por el acto de justicia que supone la dedicatoria de la Selmana de les Lletres a su persona y a su obra. Pero tras pasar ésta, no quedemos otra vez sin remembranza de aquel “dolorido sentir”, el que amó la muerte y escribió versos con nombres de aflicción para vengarse del hombre donde habitaba.

     

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