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  • 22
    Mayo
    2012

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    BIO logical degrowth

     Cristina Ferrández nos trae la naturaleza al espacio abierto por Lola Orato en Oviedo. Relaciona ciencia, arte, economía y naturaleza; mediante vídeos fotos e instalaciones en un intento por hacernos comprender la profundidad del problema y la inmediatez del mal. Quiere utilizar el arte como arma política y ecológica, de denuncia del maltrato del planeta. Las fotografías sirven como referencia de lo que está siendo y no debería ser. La globalización es el nuevo instrumento del capitalismo para extenderse por el planeta sin falta de ocupar el territorio de una manera física o presencial.

    El título de la exposición es un eslogan ecologista que se refiere al decrecimiento como una solución a los problemas económicos del mundo, la búsqueda de nuestras conciencias para que dejemos de limitar nuestros objetivos en el crecimiento continuo, en el consumo masivo, en el quiero más y más; como si solo pudiésemos sobrevivir mediante el expolio de los recursos naturales en que se basa el sistema capitalista, sin darnos cuenta de que los hombres y las mujeres somos un recurso natural más a ser expoliado. El usar y tirar genera un mar de basura, un séptimo continente de mierda flotante donde los plásticos y los mosquitos campan a sus anchas, o mejor: navegan sin temor del uno al otro confín.
    El amor por la naturaleza y la preocupación por su degradación ya nos lo había intentado comunicar Cristina en sus exposiciones anteriores, donde podemos relacionar su trabajo con el Land Art y con la influencia de la obra de Richard Long:
    «La naturaleza ha sido siempre un tema del arte, desde las primeras pinturas rupestres de la fotografía de paisaje del siglo XX. Quería usar el paisaje como un artista de nuevas maneras. Primero empecé a trabajar con materiales de uso poco corriente, materiales naturales, como la hierba y el agua, y esto me llevó a la idea de hacer una escultura de pie, con mis pasos. Esta era una línea recta en un campo de hierba, q ue era también mi propio camino, yendo a ninguna parte. En las obras tempranas mi intención era hacer un arte nuevo, que era también una nueva forma de caminar: el caminar como arte, que era diferente de las demás categorías de caminar, como viajar. Cada paseo, aunque no por definición conceptual, se hizo a cuenta de una idea en particular. Por lo tanto caminar a pie —como arte— es siempre para mí, una manera simple de explorar las relaciones entre tiempo, distancia, la geografía y la medición. Estos paseos se registran en mi trabajo en la forma más adecuada para cada idea diferente: una fotografía, un mapa, o una obra de texto, siendo todas estas técnicas formas de alimentar la imaginación.»

    Tras los incansables viajes de Cristina los mapas han vuelto al papel, cierra el circulo, nos relata lo que ha visto y nos sitúa con atlas, mapas y cartas de navegación en el mundo real.
    Utiliza los mapas porque estos pueden presentar varias lecturas, una primera como simple obra, como imagen bella que nos reclama y otra como icono, como conjunto de signos que nos llevan a una lectura más profunda de lo que son unos dibujos bidimensionales, representan la geografía de un lugar, su estructura y su paisaje, su suelo. Sobre ellos Cristina reproduce la simbiosis, como si los líquenes, en vez de sobre las rocas del bosque de Muniellos, se esparciesen sobre la geografía humana de nuestros pueblos. Los mapas no son tan solo el símbolo de la naturaleza, sino que también son el símbolo de la actuación del hombre sobre el paisaje, trasformándolo unas veces y destruyéndolo otras.
    En los mapas diseñados por Cristina Ferrández encontramos distintos estratos, lecturas superpuestas como si de un museo posmoderno se tratase. Utiliza los líquenes como ejemplo de como la colaboración es útil para la vida y como la creación de redes horizontales frente a las estructuras verticales del poder son imprescindibles para la supervivencia de los miembros de la sociedad.
    En el catálogo reproduce las palabras del filósofo e historiador inglés Robin George Collingwood: «El artista debe profetizar, no en el sentido de que anuncie el porvenir, sino en el sentido de que dice a su público, a riesgo de disgustarle, los secretos que guarda en el corazón.»
    El artista ya no es el héroe romántico, sino más bien el hombre chamán que pintaba bestias en el interior de las cuevas para atrapar el alma de los animales; el artista como eco de la sociedad en la que vive. 

     

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