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  • 29
    Julio
    2013

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    Coll

     Coll (1923-1984) dibujó desde siempre y desde siempre trabajó; a los doce años ya lo hacía en una cantera, aunque intento compaginar su empleo con los estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona. Trabajó de albañil hasta que en 1957 el TBO, consigue hacerle sobrevivir de las viñetas.

    Sus historietas eran breves y lo que parecía un argumento sencillo, era un gag visual muy destilado, el fruto de un gran trabajo de concentración, por eso parecían tan sencillos, algo que sucede en los esketch de Chaplin o de Buster Keaton, el resultado de muchas horas de planificación, para que el final fuese imprevisible, sorprendente. Coll “era un maestro en el arte de sublimar humorísticamente los temas más sencillos e intrascendentes”. Su dibujo, extremadamente elegante, lleno de movimiento y minimalismo, era un ejemplo para los seguidores de la línea clara en los ochenta.

    Sus historietas no estaban protagonizadas por personajes fijos —como las de Vázquez o Ibáñez— por Anacleto, el Botones Sacarino o Mortadelo y Filemon, sino que sus héroes eran anónimos: el náufrago, el motorista, el vagabundo, los indígenas africanos, el cazador… Sus personajes, altos y desgarbados, recordaban a el Sr. Hulot de Jacques Tati. Esto producía una duda en el artista, a veces esto le parecía bien ya que así no estaba atado al guión (que además podría escribir otra persona) que reduciría su libertad creativa; por el contrario la falta de personajes fijos le impedía tener asegurado el salario que representaban una páginas contratadas. Esta dicotomía mal resuelta le llevo a abandonar el tebeo para volver al trabajo de albañil entre 1964 y 1981.

    A pesar de su reconocimiento, que le llevó, incluso, a exponer en galerías de arte, y de la fama que había alcanzado en el TBO seguía cobrando lo mismo que quince años atrás. “Yo más que un dibujante que hizo de albañil, soy un albañil que hizo de dibujante”. Coll seguía la tozuda realidad patria, “escribir en España es llorar”, de Larra.

    En los años ochenta, la revista Cairo, abanderada de la estética de la línea clara, intenta recuperar a Coll para el cómic, haciéndole un homenaje, ya en su primer número, en 1981 y encargándole la portada de algún otro ejemplar.

    Pero el 14 de julio de 1984 encontraron a Coll en su bañera, con un cable eléctrico alrededor del cuello. 

     

    http://www.lloviendopiedras.com/2013/07/coll.html

     

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