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  • 25
    Diciembre
    2012

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    Cuento de Navidad

    Todos los días te veía al salir de la Central, estabas sentada en las escaleras del convento barroco que adornaba las espinas de la ciudad. Tu cara tenía más de cien años aunque seguro que eras más joven que yo. Estabas allí sentada con un tetrabrik de vino y siempre un pitillo en la boca. Mirabas a la gente, les decías con los ojos, sonreías, parecías un viejo barco varado en la costa africana esperando para el desguace. Siempre me seguías con la mirada, hoy fui a la tienda que hay enfrente de tus escaleras, compré una botella de vino y me senté a tu lado. No te moviste, no hiciste ademán de extrañeza, ni de temor, seguiste ajena en tu sitio. Te pregunté tu nombre, te llamabas Ana, tenías treinta y tantos años y venías de otro sitio. Habías recorrido España viajando de centro en centro, con los billetes que te daban en cada ciudad para que te fueses a otra, en una manera como otra cualquiera de esconder la porquería debajo de la alfombra. El vino estaba agrio, pero no importaba, el día había sido duro y este era un momento de relax. Me contaste que te habían ingresado en un psiquiátrico a los veinte años después de un aborto, que te habían dado pastillas hasta no saber tu nombre, que te habían violado hasta que te escapaste y que ahora andabas sin rumbo. Vivías de las limosnas, comías en la cocina económica y a veces te ofrecían unas perras por una mamada, así transcurría tu vida, ya te daba igual. Dormías en las antiguas cocheras de los autobuses entre cartones que ibas recogiendo de los supermercados, era un buen sitio porque estabas sola y no había otros que te molestasen. Te gustaban las escaleras del convento porque daba el sol, y estabas cómoda sentada un poco en alto para ver la gente pasar, así te entretenías mientras ibas acabando el vino, mientras recogías las monedas que te daban para ir a la tienda de enfrente a comprar otra botella. Me hablabas mirando el suelo y a veces gesticulabas, cuando te molestabas con las malas miradas que te echaban los que pasaban, sobre todo las señoras con ese aire de ser las hijas de dios y las putas de su marido. No sabías cuantos días estarías allí, siempre te acababan echando, alguien llamaba a la policía y te detenían, te decían que allí no podías estar y llamaban a alguien de asuntos sociales, pero siempre te daban un billete y te ibas a otra ciudad. Era como un carrusel en el que llevabas metida todo el tiempo que recordabas. Ahora te quedaba ver pasar los días, con las gentes que subían y bajaban la calle ibas juntando las imágenes como si fuesen recuerdos, como si fuesen imágenes de esa vida que no tuviste. Te imaginabas yendo a la compra con una hijita de la mano, te imaginabas andando al lado de un hombre que te quería, que te decía cosas mientras subía la cuesta contigo. Cuando veías a una señora mayor pensabas que era tu madre y que iba a comprarte un regalo para tu cumpleaños. Todas esas gentes eran iguales en todos los sitios, por eso tu casa está allí, donde los veías pasar. Todas esas cosas me contaste mientras nos bebimos el vino acabamos el tabaco. Te dejé en la puerta de tus cartones y me vine dando tumbos a casa pensando en lo poco que nos queda. 

    Imágenes Rocío Pinín

    http://www.lloviendopiedras.com/2012/12/cuento-de-navidad.html

     

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