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  • 05
    Octubre
    2012

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    El Gatopardo

     

     

    El Gatopardo fue escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa durante los últimos años de su vida y fue publicada en 1959 un año después de su muerte, ya que no consiguió en vida que ninguna editorial se la publicase. A continuación obtuvo el más alto premio de la literatura italiana y alcanzó las cincuenta ediciones en 1960.

    La novela narra los acontecimientos históricos que desembocaron en la creación del Estado Italiano. Este proceso se inició con la unificación de las provincias del norte, estallando a continuación una sublevación en Sicilia contra el nuevo rey de Nápoles, Francisco II de Borbón. Para socorrer a los sublevados se organizó en Génova, con la aquiescencia de Cavour, un cuerpo de voluntarios compuesto por gentes de todas clases: oficiales, campesinos, aristócratas, vagabundos, poetas… Fueron la Spedizione dei Mille, los llamados “camisas rojas” al mando del héroe/mito José Garibaldi (1807-1882). El 6 de mayo de 1860 se hicieron a la mar. La travesía fue complicada a causa de la falta de experiencia marinera de los rebeldes. El 11 de mayo se realizó con facilidad el desembarco en Marsala, porque aunque la flota de Francisco II había salido del puerto para capturarlos antes del desembarco, los garibaldinos tuvieron tiempo para llegar al muelle, donde estaban atracados dos barcos ingleses, por lo que la flota borbónica se abstuvo de cañonear el puerto. Garibaldi derrotó en Calatafimi al contingente de tropas enviado contra él, muy superior al suyo, y a los veintiséis días de su desembarco se adueñó de Palermo. En dos meses había logrado reunir bajo su mando a 18.000 hombres. El 28 de julio con la evaluación de Mesina por los napolitanos se erigió en dueño único de la isla. Entre el 9 y el 19 de agosto puso pie en la península y se dirigió en marcha triunfal hacia la capital (Nápoles).

    Garibaldi pensaba establecer la República en Nápoles y ocupar posteriormente Roma y Venecia. Estos éxitos asustaron a Cavour que ideó un plan audaz: cruzar las provincias pontificadas de las Marcas y la Umbría y entrar en el reino de Nápoles para conquistar las simpatías en pro de Víctor Manuel. En una entrevista secreta con Napoleón III, éste dio su consentimiento.

    El plan se ejecutó al pie de la letra. Las tropas sardas entraron en Nápoles, donde Garibaldi acababa de ser aclamado. Tanto en Sicilia y Nápoles como en las Marcas y la Umbría la anexión se hizo a favor del reino piamontés. La voluntad de integración de la población se consiguió a través  de un plebiscito. Garibaldi abandonó su dictadura (9 noviembre 1860) y se retiró a Caprera. Arrastrado por el sueño de la unidad italiana, con Roma como capital, puso por dos veces en movimiento a sus voluntarios. La primera fue gravemente herido en una batalla contra las tropas reales en Aspromonte (1862), en un segundo intento sufrió una grave derrota frente a las tropas pontificias y francesas en Mentana, cerca de Roma y hecho prisionero por el gobierno sardo (noviembre 1867), fue confinado cerca de Spezia durante algunos días, al cabo de los cuales se le permitió retirarse una vez más a Caprera.

    La ayuda prestada por Napoleón a Italia para establecer el equilibrio europeo dio unos resultados distintos a los esperados. El pequeño reino de Piamonte-Cerdeña, con cinco millones de habitantes en 1859, había pasado en julio de 1860, a unos 22 millones, como consecuencia de las sucesivas anexiones.

    El 17 de marzo de 1861 un parlamento italiano reunido en Turín, proclamó rey de Italia a Víctor Manuel de Saboya. Autor junto con Cavour de la unidad italiana, pocos vínculos presentaba con sus antecesores. Rey campechano y alegre no ofrecía coincidencias  con la Casa de Saboya, y menos aún con la de los Habsburgo de la muy católica Viena. Sin embargo resulto un hábil político que supo contemporizar con Cavour, tarea no siempre fácil.

    La obra viene enmarcada por estos hechos, ante los cuales coloca el autor a sus personajes, cada uno reaccionará según el puesto que ocupe y la clase social a la que pertenezca. Los nobles reaccionan con temor inicialmente, temor a lo desconocido (llámese desconocido a Manzini, Garibaldi y la República que ellos traerían), pero el paso del tiempo y la estabilización del régimen ideado por Cavour y encabezado por el “Galantuomo”, a fin de cuentas un rey, un aristócrata como ellos, trocara ese temor por la esperanza de un nuevo sistema mejor que este presente, que en nada los favorecía, ya que tras la perdida de sus derechos feudales, sus fortunas no habían hecho otra cosa que disminuir, cada vez de una manera más alarmante.

    Los burgueses con esperanza, intentando beneficiarse en las ventas de los bienes de la Iglesia expropiados; lo contrario que le sucede al padre Pirrone —representante de la casta sacerdotal en la novela— que reacciona con indignación ante estas medidas y también se verá afectado por pertenecer a La Compañía de Jesús, ya que el ejercito de Dios (del Papa, al que están ligados por un “vinculo especial de amor y servicio”) será expulsado de la Nueva Italia, en un intento del conde de Cavour de acabar con su monopolio en la educación.

    Tal vez podamos pensar que la obra sólo es una visión subjetiva y familiar de unos personajes, que aunque sólidos y muy bien descritos psicológicamente, han sido creados cuatro generaciones después por un descendiente suyo.

    Pero su valor es el de contarnos como pensaban y como reaccionaban los protagonistas ante la situación histórica que les toco vivir, unos hombres y unas mujeres representativos de los distintos estamentos a los que pertenecían, lo que revaloriza la importancia histórica del relato.

    El texto nos es presentado como si de una fuente histórica directa se tratase, como si el narrador estuviese presente en todos los acontecimientos que suceden en el transcurso de la novela y fuese testigo, por tanto, de los hechos históricos que dieron lugar al nacimiento de la nación italiana.

    Frente al romanticismo exaltado del nacionalismo alemán que acabó convirtiendo en cenizas  todo lo que se le opuso, el nacionalismo italiano nos es desvelado como un juego florentino; un ejercicio de diplomacia (vaticana) y cinismo. A fin de cuentas el pueblo italiano nos ha dado ejemplo de que no necesita de un gobierno para sobrevivir. Ya sabemos que “la patria es el ultimo refugio de los canallas” y que nuestros gobernantes se mueven como pez en el agua o mejor como cerdos en el fango, cada vez que nos hablan de Italia o de España que tanto da, monta tanto, Isabel como Fernando o Silvio como Mariano, todo debe cambiar para que todo siga igual.

     

    Mayo 1860

    «Un temperamento autoritario, cierta rigidez moral, una propensión a las ideas abstractas que en el hábitat moral y muelle de la sociedad palermitana se habían convertido respectivamente en una preponderancia caprichosa, perpetuos escrúpulos morales y desprecio para con sus amigos y parientes.»

    Aficionado a las matemáticas y a la astronomía, «vivía en perpetuo descontento aun bajo el ceño jupiterino, y se quedaba contemplando la ruina de su propio linaje y patrimonio sin desplegar actividad alguna e incluso sin el menor deseo de poner remedio a estas cosas.»

    El rezo del rosario nos introduce en una familia religiosa y monárquica, conservadora y orgullosa. Nunca se cuestionará a la monarquía a pesar de que el nuevo rey, Fernando II, sea un «seminarista vestido de general», un hipócrita que sólo busca confidentes. Fabricio compara a la dinastía borbónica con sus palacios, salas de magnífica arquitectura y mobiliario repugnante. Ve en la cara de esta dinastía las huellas de la muerte y se pregunta por el destinado a sucederla ¿Será el Galantuomo o será la República de Manzini? Pero ni la violencia ni la guerra conseguirán arreglar nada.

    No marchan bien las relaciones familiares, su favorito se había fugado de casa y a su primogénito lo tiene por un idiota. Su mujer era ahora demasiado vieja y despótica, lo que le servía de disculpa para visitar a su querida. Su sobrino Tancredi, al que había adoptado cuando era pequeño, era a quien más quería. Con una mezcla de incertidumbre y orgullo observaba los enredos de este con los conspiradores rebeldes: «Sí allí no estamos nosotros estos te endilgan la república, si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.»

    Todo el mundo habla de los futuros pero próximos cambios, los burgueses con esperanza, los clérigos con temor. El príncipe en cambio piensa que «todo seguirá lo mismo, pero todo estará cambiando».

    El 11 de mayo un millar de rebeldes al mando de Garibaldi desembarcarán en Marsala dirigiéndose a Castelvetrano.

     

    Agosto 1860

    Tras haberse unido a las tropas de Garibaldi, Tancredi vuelve a casa convertido en capitán, es entonces cuando piensa el príncipe en la posibilidad de casarlo con Concetta. Gracias a las amistades de su sobrino se consigue que no sea expulsado el padre Pirrone, jesuita.

    Toda la familia se va de vacaciones a Donnafugata, donde todo sigue igual, el mismo recibimiento, las mismas visitas… La llegada es celebrada con una cena de gala, entre los invitados destaca Calogeno Sedara, que de la nada había sabido aprovechar las circunstancias para amasar una fortuna, lo acompaña su hija Angélica cuya belleza perturba a todos los asistentes, en especial a Tancredi.

     

    Octubre 1860

    Tancredi se había ido, hacía más de un mes, al campamento de las tropas reales en Caserta. Mientras el príncipe se hallaba incómodo en la nueva situación y envidiaba a sus feudales antecesores. Recibe una carta de su sobrino en la que le pide su mediación para casarse con Angélica. Fabricio sopesa sangre y fortuna, pero al final accede y habla con don Calogeno al que le parece bien la unión.

    El día 21 se celebra el plebiscito para la unión a la futura Italia, el príncipe contempla imponente el pucherazo y piensa que esta no es manera de empezar ninguna obra.

     

    Noviembre 1860

    Vuelve Tancredi a Donnafugata, viendo con él, Cavriaghi, un apuesto y joven oficial que se enamora de Concetta tal como había planeado Tancredi, para poder disfrutar en libertad con Angélica por las intrincadas estancias del palacio. Ambos esperan la boda con ilusión, ella para emanciparse y él para conseguir el dinero que le corresponde a su apellido.

    Llega a la villa un enviado del prefecto de Cirgenti para ofrecer el cargo de senador a Fabricio, este lo rechaza alegando una serie de tópicos sobre la pereza siciliana.

     

    Febrero 1861

    El padre Pirrone va a pasar unos días a su pueblo, a visitar su familia. Al anochecer se forma una pequeña tertulia en la que sus amigos le preguntan por la situación política, las expropiaciones a la Iglesia y los impuestos producen malestar entre los contertulios que ven como unos cuantos aprovechados se enriquecen.

    El odio y las bajas pasiones caracterizaran este viaje al mundo rural de los hombres con honor, «imbéciles violentos capaces de cualquier matanza».

     

    Noviembre 1868, Palermo

    Después de la venida de los piamonteses, después de los sucesos de Aspromonte, desaparecidos los espectros de expiación y violencia, los bailes y las fiestas estaban en su apogeo, los aristócratas no se cansaban de encontrarse para congratularse de que existían todavía.

    Se celebraba el baile de los Ponteleone, el más importante de aquella breve estación, los Salina presentaban en sociedad a Angélica que a los pocos momentos de su llegada se convirtió en el centro de la atención y admiración de todos sólo ensombrecida por la presencia del coronel Pallavicino, que al mando de las tropas reales derrotó a Garibaldi en Aspromonte.

     

    Julio 1883

    Fabricio enfermo de gravedad viaja a Nápoles para consultar al profesor Sémola, la pesadez del viaje agrava su situación, al llegar a Palermo se desvanece teniendo que ingresar en un hotel. No oía otro rumor que el interior de la vida que se salía de él, en sus últimos momentos pasa revista a sus vida, pequeños recuerdos ocupan su pensamiento mientras siente como se vacía, «no era yo un río lo que brotaba de él, sino un océano tempestuoso, erizado de espuma y de olas desenfrenadas…

    El fragor del mar se acalló del todo»

     

    Mayo 1910

    Concetta y sus hermanas se habían convertido en tres beatas solteronas que luchaban por la hegemonía familiar. El palacio se iba disfrazando poco a poco, convirtiéndose en una especie de santuario o capilla. Concetta pagaba, «con el ánimo indiferente de un padre que salda las cuentas  de los juguetes que a él no le interesan pero que sirven para  que los chicos sean buenos», los caprichos religiosos de sus hermanas.

    Fue este año, gracias a la visita de un amigo de Tancredi, cuando descubrió que este, ya muerto, la había amado y de que «su porvenir había sido matado por su propia imprudencia, por el ímpetu rabioso de los Salina y cedía ahora el consuelo de poder atribuir a los demás su propia infelicidad, consuelo que es el último engañoso filtro de los desesperados».

     

    En 1963 El Gatopardo es adaptada al cine por Luchino Visconti que crea una obra maestra, una obra pictórica a la vez que literaria y cinematográfica, que se convertirá, con el tiempo, en el prefacio o antiguo testamento de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972-1974) como si Don Fabricio fuese el padrino al que Vito Andolini (Robert de Niro Marlon Brando) rinde pleitesía al volver a Sicilia para matar a Don Ciccio, el asesino de su madre y de su padre.

    Burt Lancaster como Don Fabrizio, alcanza una de las cimas de la interpretación anticipando su papel de padrone en Novecento (Bernando Bertolucci, 1976) la película que comienza el día que muere Verdi, el 27 de enero de 1901 y donde se reflejan los lodos de una burguesía que por miedo al socialismo se arroja en brazos de Mussolini en 1922 como ahora lo hacen en brazos de Il Cavaliere porque «si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie».

     

     

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