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Vicente Montes

Periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Aprendiz de mucho, maestro de nada. Tuiteo en @vicentemontes y puedes contactar conmigo en el correo vicente.montes@epi.es

Sobre este blog de Sociedad

Ciencia e historias al margen


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  • 21
    Abril
    2016

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    Clima Magufadas Parapsicología Pseudociencia

    Los "científicos" que querían cambiar el clima... con la mente

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    ¿Se imaginan a decenas de supuestos científicos tratando de frenar el cambio climático con ceremonias indias y “buenos deseos”? Pues no se sorprendan. A veces se visten de apariencia científica bastantes “magufadas” (palabra que nace de la contracción de mago y UFO) que se cuelan como investigaciones serias para mantener el aura de misterio en el cosmos.

    Me encantan, lo reconozco. Me declaro fan de Jacques Bergier y Louis Powels. Guardo como tesoros aquellos ejemplares en tapa dura de la colección “Otros mundos” que Plaza y Janes publicó en los años setenta. Adoro los documentales sobre civilizaciones extraterrestres que nos visitaron en el pasado, las hilarantes historias sobre mitología antigua o criptozoología, las teorías sobre la orientación de las pirámides y cualquier otra chorrada similar que se les ocurra. Se darán cuenta a medida que avance este blog. Es algo así como leer Mortadelos y ver “Fringe” al mismo tiempo.

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     Sí. La prestigiosa Universidad de Princeton, en la que Albert Einstein pasó sus últimos años de vida avanzando en la Relatividad General, buscando variables ocultas en la Mecánica Cuántica y persiguiendo el sueño de una Teoría del Todo, esa misma Universidad de Princeton, mantuvo durante décadas un programa que indagaba los efectos de la mente en la realidad, incluyendo telequinesis y técnicas de adivinación.

    Llevaba el nombre de Princeton Engineering Anomalies Research (PEAR), pertenecía a la Escuela de Ingeniería y Ciencia Aplicada de la prestigiosa universidad y su emblema era, claro, una pera. Durante 28 años se dedicó a analizar la posible influencia de la conciencia humana en experimentos aleatorios

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    El proyecto PEAR fue fundado en 1979 por Robert G. Jahn, ingeniero eléctrico relacionado con la carrera aeroespacial, y para ello contó con financiación nada menos que de James S. McDonnell, exalumno de Princeton y responsable de la empresa de aeronáutica McDonnel Douglas. También participó, entre otros, el magnate Laurance Rockefeller.

    Jahn tuvo a una fiel colaboradora en Brenda Dunne, psicóloga de la Universidad de Chicago. Ambos formaron un tándem cuyos experimentos dieron pie a las más variopintas elucubraciones sobre el efecto de la mente en la realidad y alimentaron miles de libros pseudo-científicos. En teoría, el objetivo del proyecto PEAR era “estudiar la vulnerabilidad potencial de los dispositivos de ingeniería y sistemas de procesado de información a la anormal influencia de la conciencia del ser humano”. 

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    Durante años, buscaron fenómenos extraños en las relaciones entre máquinas y humanos, con el objetivo de demostrar que el pensamiento y las emociones eran capaces de influir en la realidad física. En el fondo, aquello no era más que un laboratorio de parapsicología rodeado de aparatos. Eso sí, los investigadores se cuidaban mucho de emplear términos que, directamente, les hubiesen calificado de charlatanes. Así, para referirse a la telequinesis (capacidad de mover objetos con la mente) empleaban el circunloquio de “transferencia anómala de información en la corriente de datos”.

    Obviamente, aquel laboratorio fue vergonzoso para el resto de científicos de la Universidad de Princeton, en especial para el departamento de Física. Pero Robert G. Jahn y Brenda Dunne continuaron adelante con sus investigaciones durante casi tres décadas. En 2007 anunciaron el cierre del proyecto y dijeron que la causa no estaba en la polémica que le había rodeado, sino en que básicamente ya habían completado los objetivos por los que iniciaron su investigación. Ante la clausura de PEAR, la Universidad de Princeton guardó el mismo silencio que había mantenido durante los 28 años de su existencia.

    Creo que al poco tiempo Jahn se jubiló y sigue como profesor emérito. Dunne impulsó una empresa, Psyleron, que fabrica aparatos que generan información aleatoria, de modo que cualquiera pueda comprobar si es capaz de cambiar esa aleatoriedad sólo con pensarlo. También vende unas bonitas lámparas de mesita que cambian de color y que se publicitan como capaces de responder “a la intención humana o a la conciencia de grupo”. Se recomienda no sólo como objeto decorativo sino como “herramienta de meditación o juego en grupo”. Según sus creadores, su aleatoriedad está basada en una corriente sujeta a efecto túnel cuántico que actúa sobre el aparato generador de eventos. Cuesta 189 dólares, cantidad que, vaya, ahora mismo no tengo a mano.

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    Pero vamos al estudio sobre la influencia mental en el clima. Uno de los integrantes del proyecto PEAR fue Roger D. Nelson, psicólogo experimental que tras el cierre del laboratorio terminó fundando el Global Consciousness Project, algo así como Proyecto de la Conciencia Global, cuya página web está alojada también en los servidores de la Universidad de Princeton.

    En 1997, Nelson quiso saber si los habituales buenos deseos de la gente para que salga el sol y no llueva tenían algún efecto real. (Sí, no me pregunten cómo llegó a la conclusión de que sería interesante analizarlo). Así que decidió investigarlo. Para hacerlo reparó en que la Universidad de Princeton celebraba numerosas actividades al aire libre y en bastantes ocasiones hacía buen tiempo y no irrumpía la lluvia para chafarlas. Lanzó la hipótesis de que eso podría estar influido por la gran suma de personas cargadas de buenos deseos que asistía a esas actividades.

    Se lanzó a los archivos de datos meteorológicos y comparó el tiempo que hacía en Princeton los días de fiesta univesitaria con el que se registraba en otras seis localidades próximas: Trenton, Moorestown, Indian Mills, New Brunswick, Boonton y Belvedere. El análisis le permitió concluir que las precipitaciones no solían irrumpir en Princeton cuando se celebraban tres días de fiesta al aire libre y con gran afluencia de personas: la P-Rade, el Class Day y el Commencement.

    Y he aquí la frase definitiva: “Estos intrigantes resultados ciertamente no son los bastante sólidos como para llevar a la creencia (de que el clima responde a la mente), pero el caso presenta una posibilidad desafiante, porque si el análisis es correcto, el único buen candidato para explicar las aparentes diferencias, más allá del azar, parece ser la influencia de un informal pero poderoso deseo común de que se produjese un buen tiempo“. ¡Toma ya!

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    El artículo se publicó en el Journal of Scientific Exploration que, pese al nombre aparentemente científico está plagado de estudios insólitos y ampliamente inútiles, en los que se mezclan ciencia y parapsicología. Nelson no se quedó ahí y en diciembre del pasado año 2015 promovió a través de su Proyecto de la Conciencia Global un día de meditación mundial “para elevar la vibración del planeta”, sea lo que sea que demonios signifique eso, con motivo de la conferencia sobre el Cambio Climático. Esa meditación estaría acompañada por decenas de aparatos generadores de eventos aleatorios para así estudiar si tal intensidad mental influía en los resultados. El análisis de los datos concluyó que “es dificil diferenciar la señal del ruido” y que… habrá que seguir investigando.

    En fin, que la fuerza nos acompañe. Llevo años cargado de buenos deseos de que me toque la lotería. Os mantendré informados.

     

    Nota: Ninguno de los experimentos llevados a cabo en el marco del proyecto PEAR y que, supuestamente, demostraban anomalías causadas por la acción de la conciencia de sujetos pudo repetirse con idénticos resultados en otros laboratorios independientes.

     

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