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Blog Memoria en Negativos - Miki Lopez

Miki Lopez

Fotoperiodista de La Nueva España y músico en excedencia. Contemplo la vida a través de una cámara. mikilopez@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Tal vez una imagen valga más que mil palabras pero normalmente me quedo corto.


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  • 23
    Noviembre
    2016

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    Ráfagas al cielo

    Ráfagas al cielo
    Moteros. Puerto del Palo. © Miki López/2013
    Por suerte o por desgracia soy motero. He recorrido casi medio millón de kilómetros sobre las dos ruedas de dos Yamahas, una Kawasaki, una Aprilia y una Honda. Crucé montañas y carreteras desiertas bajo un sol implacable, bajo una tormenta perfecta. La mayoría de las veces, movido por cuestiones de trabajo que me llevaban de un lado a otro con la misma velocidad con la que las noticias cotidianas perdían actualidad. Mi trabajo es una crónica diaria de reportajes, sucesos, alegrías y tristezas con las que he aprendido a convivir, también por suerte y por desgracia. Cuantas veces he parado mi moto al lado de los hierros irreconocibles de un coche destrozado en un impacto mortal. Cuantas veces empaticé con la viuda, los hijos y los padres de aquel motero inerte que yacía junto a su moto, empotrada entre el aluminio afilado de unos guardarrailes asesinos. Tras el accidente llega el silencio. Un silencio sobrecogedor aliñado con olor a gasolina y aceite, lúgubremente adornado con las luces intermitentes de las ambulancias y los coches patrulla de Tráfico. Un silencio roto por el rodar sordo de los neumáticos de unos coches que pasan despacio convertidos en una procesión de conductores asustados por el fatal resultado que presagia la escena caótica del desastre.

    Y un día, cuando vuelves de esa rutina cotidiana de un contador de historias, el destino decide darte una lección más. Un día lluvioso, una autopista conocida y unas líneas resbaladizas en la carretera. De pronto la moto se desliza sobre la pintura, agarra de nuevo sobre el asfalto y, tras el latigazo, salgo despedido de mi montura. Y en 15 segundos vi la muerte venir. Con el casco rozando sobre la carretera y desorientado por la caída, mi cuerpo indefenso esperaba el golpe final. Aunque parezca increíble, en esos eternos segundos solo pensaba en mis dos críos, en Elsa, en mis padres y hermanos...cuando conseguí dominar la inercia brutal de la caída y detener la horrible arrastrada, me di cuenta de que había sido enormemente afortunado. Me acordé de mi padre, fallecido pocos meses antes, casi convencido de que aquella fría tarde de septiembre, mi ángel de la guarda llevaba su nombre. Camino del hospital, dolorido y asustado, me sentí enormemente aliviado, consciente de que un accidente como ese la mayoría de las veces se paga con la vida. Y en ese momento no busqué razones, sencillamente solo podía dar las gracias por continuar vivo. Y reconozco que me emocioné profundamente cuando vi a mi familia en el hall de Urgencias, cuando Nel pasó de la sonrisa al llanto en apenas dos segundos contagiando a su hermano Iyán. Una tremenda angustia volvió a inundarme por lo que podría haber pasado. Y yo no tenía la culpa. Una flecha en el suelo, pintura deslizante...en mi caso pudo haberse convertido en la línea más cara del mundo y en la tristeza más profunda de una familia .

    Tristemente, este domingo reviví las sensaciones de hace un año. El mismo lugar, la misma circunstancia y distinta suerte. Las ambulancias se iban y llegaba el silencio de la muerte. La crueldad del destino hizo que hubiese fotografiado a Julio Heres precisamente en una concentración en favor de las víctimas de accidentes de tráfico apenas dos horas antes. Sentí rabia, impotencia y un inmenso desasosiego. Recordé las noches sin dormir, reviviendo aquellos terribles segundos que, al final, me habían dado una segunda oportunidad. Ayer, un montón de amigos despidieron a Julio. Ayer una carta de Fomento desestimaba mi reclamación al considerar que no estaba demostrado que mi accidente lo hubiese provocado una pintura deslizante. La culpa había sido mía por no haber adecuado la velocidad a las condiciones de la vía. Quien sabe. Tal vez tengan que ser ustedes los que adecuen las vías a las necesidades de los usuarios. Tal vez alguno de esos técnicos y burócratas tendría que subirse a nuestra moto, un día de lluvia, y cruzar esa mierda de autopista a 100 km/hora, una velocidad nada adecuada para las nefastas condiciones de la vía. Solo me gustaría que sintiesen solo una mínima parte de la angustia de una caída en moto a esa velocidad, que viviesen la incertidumbre del que tira una moneda al aire sin saber si saldrá la cara de la vida o la cruz de la muerte, que sintiesen la impotencia del que no tiene la culpa de resbalar sobre una flecha de pintura deslizante. Ojalá nunca terminen empotrados contra un quitamiedos asesino. Ojalá puedan seguir contándolo. Aquí seguiremos luchando. Ráfagas al cielo Julio Heres. Siempre en nuestro recuerdo.

     

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